Tribuna de opinión
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Cuestionamientos al Nuevo Orden Internacional
Por Alejandro Francisco Musacchio (*)
El triunfo de Donald Trump en las recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos así como el triunfo de la opción de la salida británica de la Unión Europea (conocido como brexit) reflejan el desencanto y frustración de una porción importante de la población de estos países con la globalización y sus consecuencias. Precisamente, nos estamos refiriendo a Washington y Londres, los dos centros financieros y económicos más importantes del planeta, y desde donde es impulsado el denominado Nuevo Orden Internacional (NOI), que evidencia a la globalización como uno de sus pilares fundamentales.
El origen del NOI se remonta a la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, gestando una etapa de unipolaridad hegemónica ejercida por los Estados Unidos que se caracterizará por expandir un orden global político, económico y financiero acorde a los intereses de sus grandes corporaciones, sin contar con significativa oposición por parte de otros actores internacionales. Por el contrario, quien no se adhiriera a tal fenómeno permanecería aislado y fuera del sistema, condición percibida como sumamente desfavorable.
Precisamente, uno de los máximos enemigos del NOI es el nacionalismo, el cual es apreciado como factor que atenta contra la estabilidad, homogeneidad y apertura procurada por aquél. El capitalismo financiero transnacional propio de este ordenamiento, necesita de individuos y corporaciones que no se identifiquen con su patria, sino más bien que sean funcionales a la idea de maximizar ganancias. Por ello, no resulta importante el generar puestos de trabajo y empleo en la tierra natal beneficiando a los coterráneos, sino hacerlo en aquellos lugares donde sea más rentable, es decir, donde los costos de producción sean menores.
Este orden unipolar comandado desde Washington recibió un serio impacto con la crisis financiera de 2008, que afectó gravemente a las potencias occidentales. A partir de allí, ha sido una constante la caída de las tasas de crecimiento y empleo en los países centrales, viéndose afectada gravemente la clase trabajadora industrial, que será la que exprese mayormente su descontento ante la globalización propia del NOI. Una de las consecuencias fue el resurgimiento de fuerzas políticas y movimientos de corte nacionalista en los Estados desarrollados que cuestionan este fenómeno, promoviendo la idea de un proteccionismo a nivel económico y un cierre de fronteras frente a la inmigración en lo político. De esta manera, se culpa al inmigrante de quitar trabajo a la ciudadanía local, a la par que se solicita la repatriación de capitales que se encuentren en el extranjero, de modo de generar puestos de trabajo en territorio patrio. Simultáneamente se desalienta el libre comercio y aquellas iniciativas de integración regional que puedan fomentarlo, dando primacía a la protección de la producción nacional frente a la competencia foránea.
Por otra parte, se comienza a gestar una creencia de que la clase política tradicional es cómplice de los malos efectos propios de la globalización por ser funcional al establishment que la promueve, comenzando a optar por los denominados outsiders, es decir, candidatos que en su mayoría provienen del ámbito privado y sin militancia política, que evidencian un fuerte discurso nacionalista y populista que arraiga en el corazón de la mencionada clase trabajadora, seriamente afectada por el fenómeno globalizador. Es el caso de Donald Trump en los Estados Unidos.
Lo cierto es que el NOI -y su consecuente globalización- no entiende de humanismo ni de necesidades. El sistema funciona para generar ganancias cada vez más concentradas en pocas manos, desentendiéndose de la suerte de aquellos que menos tienen. Por ello, no resulta extraño el retorno de corrientes y fuerzas nacionalistas que, para bien o mal, apelan a un discurso populista de fortalecimiento de lo local y de desconfianza hacia lo externo, procurando un cierre de las fronteras nacionales de manera de proteger a quienes están dentro de ellas. Así como la integración regional y la apertura hacia fuera fueron una característica propia del mundo globalizado, interdependiente e interconectado, el proteccionismo y las fronteras menos permeables se presentan como el rasgo distintivo de estos nuevos movimientos político-sociales emergentes en el mundo desarrollado.
(*) Licenciado en Relaciones Internacionales. Magíster en Integración y Cooperación Internacional.