No podemos salir de las redes sociales

Por Gonzalo Andrés (*)

En las últimas dos décadas, la expansión de las tecnologías informáticas y digitales permitió que las personas se interrelacionen e intercambien información en tiempo real. Las computadoras, tablet y teléfonos celulares pueden ser utilizados como receptores de información, pero también para crear contenidos y lenguajes.

La radio y la televisión se caracterizan por la lógica de un emisor con muchos receptores. En cambio, con estas nuevas tecnologías, la información circula directamente de una persona a otra (una lógica de muchos-a-muchos). Por eso, se incorpora la noción de “red” para explicar estos novedosos modos de comunicar.

A partir de esta posibilidad interactiva, han aparecido entornos virtuales que impulsan la interacción. Por ejemplo, Facebook, Twitter o YouTube fueron desarrollados a comienzos del siglo XXI a partir del entusiasmo de expertos informáticos que querían mantener contacto con otros o disponer de espacios para compartir contenidos. Lenta pero sostenidamente, el número de usuarios de diferentes entornos web y aplicaciones móviles creció y dio lugar a la creación de comunidades de personas con gustos, intereses e ideas similares.

Hoy, nos resulta difícil pensar nuestra rutina cotidiana y laboral sin participar en las redes sociales. En efecto, han adquirido cada vez más relevancia en las formas de socialización. A su vez, los objetivos financieros de las empresas propietarias de estas plataformas tienen gran importancia en el devenir de la economía mundial. La recopilación de los datos personales cotiza muy bien en el mercado.

Aquel que haya participado en alguna red social sabe que las prácticas que puede realizar son acotadas: se puede efectuar diversas actividades en entornos virtuales cuya arquitectura está diseñada para controlar y delimitar las acciones. Estas plataformas cuantifican y miden las acciones de los usuarios: producen sus propias normas de socialización mediante el establecimiento de protocolos de participación y listas de popularidad de los contenidos. Sus algoritmos y configuraciones regulan las experiencias de los que interactúan allí. Logran que las acciones humanas se conviertan en lenguaje computacional. Y una sistematización de esas acciones permite establecer un perfil de usuario bastante exhaustivo. Google, Facebook y Twitter disponen de algoritmos que estipulan qué nos gusta, qué sabemos y qué encontramos. Ya sabemos que nos conocen más que lo que imaginamos, y que convierten ese conocimiento en propuestas personalizadas de consumo.

La meta de estas plataformas es que se pueda realizar múltiples actividades sin salir de ellas: leer los diarios, realizar comercio electrónico, administrar cuentas bancarias, reservar butaca en el cine o mesa en un restaurante. Además, si bien cada red social se especializa en una función determinada, todas van convergiendo hacia las mismas funcionalidades: Instagram imita a Snapchat, Twitter quiere parecerse a Facebook y éste a su vez permite transmitir videos para competir con YouTube. Es decir, van cambiando según las necesidades de sus usuarios y los objetivos económicos de sus propietarios, pero también están atentos a los movimientos de sus competidores.

Tal como plantea la investigadora holandesa José Van Dijck (**), en su libro “Cultura de la Conectividad”, lentamente las redes sociales se fueron consolidando como “un ecosistema tecnocultural que ha devenido en sinónimo de socialidad”. Y, por lo tanto, en alguna ocasión se puede abandonar una o cerrar la cuenta en otra, pero ya no es posible salirse de ellas. Sus estructuras tecnológicas, ideológicas y económicas influyen profundamente en las relaciones sociales. Entonces, es preciso tener en cuenta que actualmente las actividades diarias, las prácticas educativas, la producción cultural y hasta la participación política se desenvuelven en plataformas que responden a modelos de negocios de compañías internacionales.

(*) Dr. en Comunicación (UNR), Lic. en Comunicación (Uner). Becario post-doctoral de Conicet. En Twitter: gonza_andres.

(**) Johanna Francisca Theodora María José Van Dijck es profesora de Estudios Comparativos de Medios en la Universidad de Ámsterdam.

Tal como plantea la investigadora holandesa José Van Dijck, en su libro “Cultura de la Conectividad”, lentamente las redes sociales se fueron consolidando como “un ecosistema tecnocultural que ha devenido en sinónimo de socialidad”.