Periodismo Premoderno en Argentina

Escribas del poder

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El primer número de la Gazeta de Buenos Ayres. Este periódico fue fundado por la Primera Junta en 1810 para publicitar sus actos de gobierno. Inicialmente, estaba escrito por Mariano Moreno con ayuda de Manuel Alberti. Colaboraban Manuel Belgrano y Juan José Castelli.

Foto: Archivo El Litoral

Por Marcela Brizuela (*)

Twitter: @MarceBri_OK

La historia de la prensa periódica -o prensa escrita- en Argentina ha evolucionado desde la existencia de textos que sólo podían remitir al poder hasta el surgimiento de nuevos discursos críticos a ese poder; generando un ámbito de luchas discursivas entre las esferas de representación social e impactando sobre las características de los textos que se publicaban, como información del supuesto interés de los lectores de la época.

La voz del jefe

En la evolución de la prensa escrita argentina, concretamente durante la transición hacia un Estado moderno entre la independencia y la organización nacional (1801-1811), el rol de dicho formato de información; de los periodistas en él; y la construcción -y significación- de sus discursos; fue análoga a la prensa europea. Hasta 1875, se la tomó como modelo a imitar, tanto en sus aspectos formales (tratamiento de algunos temas, usos de términos, estilo de ilustración, etc.) como en la búsqueda del aumento y capacidad productiva de sus impresoras; la organización de sus contenidos; y la tarea de los periodistas. Es así como “la prensa escrita, sobre todo en Buenos Aires, publica por un breve período periódicos característicos del estado mercantilista europeo, pasando luego a prensa de Estado, durante la revolución de 1810, y adoptando una lenta transición hacia una prensa de tópicos burgueses entre 1823 y 1852; mientras que en las regiones del interior del Litoral, la prensa muestra su expansión co-relacionando la guerra y el desarrollo de la sociedad civil. Mostró allí, entre 1817 y 1852, la presencia casi excluyente de la prensa político-militar del Estado, y su existencia casi exclusiva en aquellos puntos de máxima virulencia de la guerra interna; no tanto como herramienta de enfrentamiento de facciones, sino como elemento constitutivo de la prensa en cuanto a sí misma” (1).

En los Estados premodernos, el jefe es el poder, mientras que en los Estados parlamentarios modernos, un gobernante es un elemento concreto y no permanente, en un conjunto de instituciones estables de la soberanía popular, que a su vez se constituyen en un escenario de luchas discursivas y abren camino a la ideología, que al decir de Stuart Hall, “es un conjunto de formas organizadas del pensamiento social -los lenguajes, los conceptos, imágenes del pensamiento y sistemas de representación- que se utilizan para dar sentido, definir, configurar y volver inteligible el modo en que funciona una sociedad” (2). Fue así como en el sistema de caudillos del interior, se había articulado una convivencia forzada entre las relaciones personalizadas; las instituciones propias del Estado moderno, subordinadas al sistema piramidal de jefaturas; y la prensa escrita. Dios, la salvación y la regeneración eran términos recurrentes en la prensa de ese período, circulando un relato de, como dice Stuart Hall, “clasificaciones que constituían el orden cultural dominante, y que se manifestaban a través de dominios discursivos que eran impuestos para captar el reconocimiento de quienes se atenían a esos discursos” (3). De hecho, aún estaba ausente el discurso de la prensa como campo autónomo crítico, y pudo aparecer en Buenos Aires inmediatamente después de la caída de Juan Manuel de Rosas; en tanto que demoró en el interior del país, hasta más allá de la batalla de Pavón.

La voz del pueblo

En la historización y análisis que Jürgen Habermas hace sobre la evolución de los medios de comunicación, empezando por la prensa escrita, sostiene que la transición europea del feudalismo al capitalismo, fue el escenario del surgimiento de ámbitos de construcción y legitimación de discursos y poderes diferenciados, dando lugar a nuevas articulaciones propias de la modernidad entre la esfera privada y los órganos ejecutivo, legislativo y judicial; constituyéndose en lo que denomina como esfera pública; en “el ámbito donde rige el principio de hacer pública la información que refiere a los actos oficiales del Estado, y que hace posible el surgimiento de la opinión pública -o la voz del pueblo- como tarea de crítica y control que realizan los individuos, frente al modo de dominación organizado por el Estado” (4). Porque tanto en Europa como en Argentina, entre 1801 y 1880, la prensa periódica además de ser el medio principal sobre información económica; debates doctrinarios; publicación de leyes y de combates político-militar; fue el vehículo para difundir materiales literarios, que por ausencia de otro mercado editorial firme por fuera de su ámbito, se constituía en el único soporte de difusión. Fue a partir del siglo XVIII que se conforma una esfera pública burguesa, entendida por Habermas como “una agrupación de individuos reunidos en un ámbito privado o público, que reclamaban la existencia de periódicos intelectuales, para confrontar al poder público. Esos periódicos cumplían una función crítica y moral contra lo que le daba legitimación a ese poder” (5). Por otra parte, la prensa periódica también se constituyó en canal para la circulación de mercancías, otorgando espacios a la difusión publicitaria; pasando a ser una vidriera de las formaciones sociales y capitalistas. Pero además de ser un componente económico más, pasó a ser una mediadora política y difusora del discurso religioso y científico y, escenario de legitimación de los campos de las disciplinas artística o cultural.

La mano que escribe

Hasta aquí, hemos visto que en sus inicios, la prensa escrita no era un emprendimiento autónomo en una sociedad civil en desarrollo; por el contrario, era una operación política-militar del Estado. No establecía una mediación de la sociedad consigo misma, sino una representación del poder ante el pueblo. En esa etapa, no existieron periodistas, sino escribas de tiempo completo al servicio del poder dominante, que no formaba parte del universo de objetos de críticas; por el contrario, se encontraba tajantemente fuera de él. El periodista no podía construir críticamente su discurso, todo su potencial interpretativo era subsumido por el poder, y de hecho, el universo de objetos posibles de enunciación le estaba delimitado y censurado. Le restaba exclusivamente la elaboración formal del texto, porque no hablaba por sí mismo, sino que era un escribiente de operaciones retóricas cuyo contenido no le pertenecía.

A partir de que el sistema de caudillos fue reemplazado por el sistema parlamentario, tuvo lugar una nueva articulación de discursos. El poder en la modernidad, se disolvió en el conjunto de las relaciones e instituciones legítimas, estableciendo así el horizonte de la crítica, dentro del cual casi todo es permitido y fuera del cual nada es posible. Así fue como pudo superarse la característica típica del texto de cualidades premodernas, que era no argumental, más bien una sucesión de fórmulas en relación con conflictos cuyos ejes no aparecían en el texto, porque eran sublimados en una retórica rayana en lo escatológico, expresando la eterna y universal dicotomía del bien contra el mal.

(*) Comunicadora Social (Uner).

Referencias:

(1) Moyano, Julio. “Prensa y Modernidad”. Ensayo de análisis para el estudio de los orígenes de la prensa periódica argentina. Facultad de Ciencias de la Educación. Uner. Colección cuadernos. 1996.

(2) Hall, Stuart. “El problema de la ideología. Marxismo sin garantías”, en Doxa: cuadernos de Ciencias Sociales. Nº 18. 1998.

(3) Hall, Stuart. “Codificar y decodificar”, en Estudios Cultuales para Todos. Paidós. 2005.

(4) Habermas, Jurgen. “La esfera de lo público”, en Revista de Ciencias sociales. Madrid. 1980.

(5) Habermas, Jurgen. “Historia y crítica de la opinión pública”. Editorial Gustavo Gilli. Colección Mass Media. Barcelona. 1981.