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Miércoles 14.01.2015
21:56

Crónicas de la historia

Guevara y Frondizi: de Punta del Este a Olivos



Crónicas de la historia Guevara y Frondizi: de Punta del Este a Olivos Por Rogelio Alaniz

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Guevara y la revolución. En la reunión de cancilleres de Punta del Este, el Che expone de pie los lineamientos de la Cuba de Castro. foto: wikipedia

 

Richard Goodwin era el representante de Kennedy en Punta del Este. Joven -veintinueve años- inteligente, desenvuelto, una versión latina del “americano impasible”, se reunió con Guevara en la casa de una familia uruguaya que ese día celebraba una fiesta familiar. Allí se terminó de darle forma a la visita de Guevara a Buenos Aires. Los objetivos seguían siendo los mismos: por parte de la diplomacia yanqui, esforzarse para que Cuba no se abrazara a Rusia. Y por su lado, Guevara insistía en que se dejara a Cuba elegir su propio destino.

Goodwin admitió ante Kennedy que Guevara había sido sincero y previsible. Lo describió como un hombre seguro de sí mismo y poco amigo de las sobreactuaciones revolucionarias. Su planteo básico fue que Cuba estaba realizando una revolución, que las empresas norteamericanas expropiadas no serían devueltas, aunque podrían negociarse algunas compensaciones a cambio de ciertas concesiones; que la revolución tenía un líder que se llamaba Fidel Castro; que el rumbo socialista era irreversible y que el sistema político estaría fundado en el partido único.

Importa destacar que en esa reunión, Guevara reclamó para Cuba seguir perteneciendo al concierto de las naciones latinoamericanas y que, si se respetaba el principio de autodeterminación, Cuba se comprometía a no exportar la revolución, no alterar la relación con Guantánamo y, mucho menos, enviar armas a insurrectos de otros países. Aclaró, eso sí, que Cuba no podía impedir que su revolución fuera un ejemplo para militantes revolucionarios latinoamericanos.

En realidad, la reunión se realizó en un clima de escepticismo que los buenos modales diplomáticos no pudieron disimular. Para Kennedy, Cuba era una causa perdida; y para el Che, la revolución, además de irreversible, no tenía otro destino que aliarse con la URSS, un destino que al Che no lo terminaba de conformar pero no tenía otra alternativa. Fiel a su estilo algo burlón y algo arrogante, Guevara no se privó de decirle a Goodwin que le agradecía a Kennedy la invasión de Bahía Cochinos, porque gracias a ella la revolución estaba más fuerte que nunca.

El Che llegó a Punta del Este con toda su comitiva el 5 de agosto de 1961. Tres días después habló en la reunión de cancilleres. Lo hizo de pie y luciendo su traje verde oliva. Por supuesto, fue la estrella de la jornada. Lo acompañaron en esos días amigos porteños y periodistas de izquierda. Un rol importante cumplió Chiquita Constenla, esposa de Pablo Giussani, directores de la revista Che, nombre que no tenía que ver con Guevara.

Constenla, quien parece que en algún momento pudo haberse sentido atraída por el revolucionario, no dejó de destacar que además de burlón y retraído, tenía serios problemas con su asma y una cierta inclinación a la crueldad. Lo importante, de todos modos, fue la propuesta que le hicieron. Según Constenla, le sugirieron que participara en el proceso electoral abierto ese año en la Argentina. En la ciudad de Buenos Aires, Alfredo Palacios era candidato a senador, y su principal bandera electoral era la revolución cubana. Constenla le sugirió al Che que se sumara a esa candidatura, algo que el Che tomó en broma y luego rechazó en toda la línea. “Soy el ministro de una revolución; no tengo ganas de ser un politiquero porteño”. No obstante manifestó sus simpatías por Palacios, a quien le dedicó su libro “La guerra de guerrillas”. La dedicatoria es también una ironía: “Al doctor Alfredo Palacios, que cuando yo era niño ya hablaba de la revolución”. Eso y decirle que se había pasado la vida hablando pero sin hacer nada importante, era más o menos lo mismo. Constenla persistió con sus reclamos. Le planteó a Guevara que si era candidato y ganaba, los militares anularían la elección, un pretexto excelente para iniciar la lucha armada en la Argentina. El Che la escuchó y sin dejar de sonreír movió la cabeza diciendo que no.

En ese clima es que se organizó la entrevista con Frondizi en la residencia de Olivos. La diplomacia del gobierno argentino era, sobre este tema, más o menos previsible. Frondizi reivindicaba la autodeterminación de los pueblos, rechazaba por lo tanto todo tipo de intervencionismo norteamericano, pero al mismo tiempo criticaba el rumbo comunista de la revolución. Con palabras diferentes, ésa era la posición sostenida por la mayoría de los partidos políticos argentinos, incluido el peronismo proscripto.

Para todos, el rumbo de Cuba era evidente e irreversible, pero nadie quería darle luz verde a los yanquis para que hicieran lo que se les diera la gana. En el caso de Frondizi, su táctica diplomática incluía una vuelta de tuerca interesante. Para los dirigentes de la Ucri, la revolución cubana era algo así como un mal necesario del que se podían obtener algunas ventajas.

Así lo expresaron en una de sus intervenciones: la alternativa en América Latina era desarrollismo o revolución marxista. Ese imperativo debía asumir Washington. La Alianza para el Progreso promovida por Kennedy se orientaba en esa dirección. Se hablaba de alrededor de veinte mil millones de dólares para que América Latina iniciara su desarrollo.

O sea que, para Frondizi, la presencia de una Cuba revolucionaria venía muy bien a la hora de presentar sus reclamos ante los Estados Unidos. En ese marco, el presidente argentino dispuso, además, hacer gestiones para que Cuba no saliera del sistema latinoamericano, sin dejar en ningún momento de poner en evidencia que Cuba y la Argentina encarnaban dos modelos opuestos.

Por supuesto que los ignorantes militares argentinos no entendieron ni jota de la sutileza y los alcances de la estrategia frondicista. Como elefantes en un bazar, arremetieron contra el presidente argentino acusándolo de comunista y aliado de Castro. Años después, muchos de esos militares adherirían al desarrollismo, pero ya se sabe que en política se exige tener razón a tiempo.

El Che se fue de Buenos Aires el mismo 18 de agosto, pero los problemas quedaron. Al otro día, una bomba estalló en la casa de su tío Fernando Guevara Lynch, domiciliado en calle Arenales. La tarde anterior, Frondizi sostuvo una reunión de hacha y tiza con los jefes militares, algunos de los cuales se atrevieron a pedirle la renuncia. Frondizi maniobró con su consumada habilidad y una vez más logró que se pelearan entre ellos, aunque siete meses después será derrocado por los mismos militares que en agosto le habían perdonado la vida.

La reunión con los altos oficiales duró casi dos horas. Previendo un golpe de Estado, Frondizi había dejado un discurso grabado para que fuera emitido por cadena nacional. Superada la encerrona castrense, esa misma noche Frondizi se reunió con Rogelio Frigerio, Arnaldo Musich, Cecilia Morales y un jovencísimo Oscar Camilión. Allí informó sobre las tratativas realizadas con Guevara y los pormenores de la reunión con los militares.

Frondizi siempre se refirió con mucho respeto a Guevara. En declaraciones hechas al periodista Hugo Gambini, lo definió como “un temperamento idealista, decidido y convencido de sus verdades, aunque profundamente equivocado”. Ponderó su tacto diplomático y se refirió a sus convicciones revolucionarias a las que se mantuvo leal hasta el día de su muerte. Recordó, al pasar, que refiriéndose a una guerrilla en América Latina, Guevara le dijo que ella no tenía destino porque carecía del apoyo del pueblo. ¿No se lo ocurrió pensar lo mismo en Bolivia? se preguntó Frondizi.

Guevara, por su parte, se limitó a calificarlo como un burgués lúcido, es decir, un político que según su criterio defendía una causa injusta, pero lo hacía honestamente y con el talento necesario como para comprender las complejidades de los procesos históricos.

Como se sabe, Guevara llegó a Uruguay y en el acto marchó hacia Brasil, donde fue recibido por el presidente Janio Quadros, quien le entregó la Orden de Cruzeiro de Sol. Fue el último acto público del presidente brasileño: cinco días después fue derrocado por los militares. El ciclo empezaba a cerrarse y consumía a sus principales protagonistas. Janio Quadros fue el primero; meses después, Frondizi será depuesto en la Argentina; dos años más tarde John Kennedy será asesinado en Dallas; y en octubre de 1967, el Che Guevara morirá en Bolivia.

por Rogelio Alaniz

Frondizi reivindicaba la autodeterminación de los pueblos... pero al mismo tiempo criticaba el rumbo comunista de la revolución.




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