El DT de Estudiantes estuvo a dos minutos de ser campeón del mundo. Habló de la final con el Barcelona, de su duelo con Cocco por quedarse con la 10 de River, de la Chiva Di Meola y de cuando estuvo cerca de venir a Unión.
Alejandro Sabella en la siesta veraniega de Cariló, cuando concedió una entrevista exclusiva a El Litoral.- Foto:El Litoral
Enrique Cruz (h)
No voy a descubrir nada si hablo de las bondades de Cariló, rara mezcla de bosque y mar en armonía con el hombre. Esas calles de arena, la profunda vegetación, los chalets y cabañas, la tranquilidad y ese silencio que mezcla sosiego con misterio convierten a este lugar, ubicado entre Villa Gesell y Pinamar, en una verdadera atracción turística.
Hablan de Alejandro Sabella como un tipo accesible. No obstante, su perfil bajo, sin tanto bullicio alrededor y escapando de los mediáticos que tanto pululan, lo convierte en uno de esos entrenadores a los cuales no le ha llegado ni tampoco le llegará el aturdimiento por el ruido de los éxitos efímeros.
Estuvo a dos minutos de ser campeón del mundo con Estudiantes y de pasar a la historia ganándole al Barcelona imbatible del Pep Guardiola. No pudo ser. Pero la imagen que quedó de su equipo, en ese partido, fue tan buena que rompe con esos moldes que indican que sólo hacen historia los que son primeros. Y que nunca un segundo podrá quedar grabado en la retina de la gente.
Contacto mediante con un amigo -Claudio Gugnali-, apenas hubo que esperar un rato para que Sabella almorzara con sus compañeros y evitase alguna multa por incumplimiento o tardanza. Forma parte de un reglamento interno que se respeta a rajatabla. Y él, como líder de grupo, tiene que ser el primero en dar el ejemplo.
—Alejandro, remontate un poco a tus tiempos de jugador. ¿Encontraste en ese Estudiantes de Bilardo y de Manera tu lugar en el mundo porque Alonso no te lo dejó encontrar en River? —En River, el Beto era indiscutido. Sólo cuando se fue a Francia tuve la chance de jugar, pero River había contratado a Victorio Cocco y a Beltrán. Ninguno de los tres lo pudo reemplazar con algo de eficacia y, cuando el Beto volvió, se quedó otra vez con la titularidad. Allí decidí irme afuera y andaba por Inglaterra cuando me fue a buscar Bilardo. Ya había madurado y ganado en experiencia. Ésa fue mi mejor época como futbolista... Me acuerdo que Carlos fue con dos mangos y hasta me pidió plata para convencer a los ingleses... Y, bueno, hicimos una vaquita y con esfuerzo logramos que viniera a Estudiantes.
—¿Jugaste con la Chiva Di Meola en River? —En reserva y en Primera... La Chiva era un jugadorazo. Tenía de todo, fútbol, calidad, gol. En esa época había dos tipos de “9”, el que se tiraba atrás para jugar con el 10 y el que se quedaba adentro del área para pescar alguna pelota. Y la Chiva tenía un poco de las dos cosas. Grandioso jugador.
—En este fútbol de tantas presiones, ¿sentían que la tenían en aquel plantel de River que no podía salir campeón desde la década del ’50? —Es difícil contestar tu pregunta porque yo empecé a jugar en el ’74 y al año siguiente ya logramos el título. Los que estuvieron antes que yo lo sufrieron un poco más.
—¿Te dirigió el Vasco Urriolabeitia? —Puede ser que lo haya hecho ocasionalmente. La verdad es que no me acuerdo... Lo tuve a Federico Vairo, a Sívori y a Pipo Rossi antes que Labruna... Me parece que no.... Angelito Labruna es el tipo que más recuerdo de aquellos técnicos porque tenía una gran virtud: sabía elegir a los jugadores.
—¿Cuál fue el que más te moldeó? —El fútbol no era tan táctico como ahora. El que trabajaba mucho en ese aspecto era Bilardo. Labruna era un tipo ganador y, como te dije, elegía bien los jugadores. En Brasil lo tuve a Minelli y a Espinosa. Un día, Minelli nos retó porque nosotros teníamos mucho la pelota, pero no pateábamos al arco. ¡Cómo se enojó ese hombre...! Ellos me enseñaron lo que es la lucha por los espacios. Pero Bilardo y Manera trabajaban mucho en lo táctico.
—Hablando de lo táctico..., ¿tuviste alguna duda de cómo plantear el partido con el Barcelona? —Tuve dudas, claro que las tuve... Hubo una serie de inconvenientes. Primero tenía que resolver cómo plantear el partido y, después, cómo resolver las vicisitudes que se podían plantear. Yo no tenía habilitado a Sosa y se me lesionó Carrusca; entonces, no tenía muchas alternativas a los cambios que se podían dar en el partido. Respecto del planteo, ya tenía la idea de jugar con cinco defensores por el sistema de juego del Barcelona, las diagonales de Messi, etcétera.
—¿Qué buscabas? —Tener siempre un defensor más. Pero, si estaba Sosa, no jugaba así, jugaba distinto. Si hubiera jugado con un 4-4-2, nos habríamos entregado mansamente al juego de ellos. Por eso, con cinco defensores pero achicando hacia delante, recuperando rápido y metiendo la contra, podíamos sorprenderlo. En el primer tiempo lo conseguimos, le metimos un gol y tuvimos un par de situaciones, como la de Enzo Pérez, que nos podría haber dado una mayor ventaja.
—¿Y después? —Después se empezó a sentir el peso de las individualidades... Mirá, cuando la Juventus le ganó 1 a 0 a River con gol de Del Piero, le preguntaron a Francescoli si volvería a jugar el partido, él dijo que sí, pero en seis meses, porque había que adaptarse al ritmo de la Juventus. Y acá pasó lo mismo. Nosotros jugamos un tiempo de igual a igual, pero a costo de sufrirlo. Tener a Barcelona a raya durante 45 minutos es complicado, te desgasta y por eso nos quedamos sin piernas, cada vez presionábamos menos y ya entramos en lo que hablé al principio, no tenía demasiados elementos de recambio para echar mano para hacer frente a las vicisitudes del partido.
—¿Es verdad que Guardiola te reconoció que habías planteado muy bien el partido? —Él me dijo, después de la conferencia de prensa, que lo habíamos complicado mucho, que lo había planteado muy bien Estudiantes.
—En esta sociedad triunfalista, donde muchos dicen que del segundo no se acuerda nadie, ¿pensás que para este caso no es válido? —Es verdad lo que decís, lamentablemente parece que el que gana hace todo bien y el segundo, tercero o cuarto hace todo mal y no es así. Pero hay excepciones. Un caso es el de Holanda en 1974, quizás el caso testigo, porque fue una verdadera revolución. Yo creo que hay derrotas que no pesan tanto y pienso que se puede ganar aun en la derrota, y el nuestro es el caso. De esta derrota sacamos cosas buenas.
—Colón jugó la Libertadores. Y la comparación con Estudiantes es válida porque el segmento en el que se mueven es el mismo, a pesar de que Estudiantes tiene logros que no tiene Colón. ¿Cómo hay que actuar? —Los dos planteles son buenos. Jugar dos torneos a la vez no es fácil. Colón tiene un técnico muy inteligente, sabe cambiar sistemas de juego, tiene jugadores versátiles, hace bien los cambios, sorprende. A todos se les hace difícil la doble competencia. Pero es muy sagaz el Turco, lo conozco bien y me parece un tipo inteligente. Se quedó afuera de la Copa, pero podría haber seguido tranquilamente. Fue muy digno.
—¿Cuándo se definen las prioridades? —Mirá, nosotros jugamos en 21 días siete partidos cuando disputamos copa y torneo a la vez. Es difícil elegir. Jugando cada tres días, hay que definirse antes.
—¿Hacia dónde va el fútbol desde lo táctico? —Algunos equipos juegan con tres delanteros. Barcelona juega así y mete wines. El Cholo Simeone es un técnico ofensivo que pone mucha gente arriba; Mohamed, también, porque a veces termina con dos volantes ofensivos jugando de punteros. Bielsa, que mete extremos, como a él le gusta decir, es un técnico muy ofensivo. Hay síntomas en los últimos tiempos de querer abrir la cancha y jugar más al ataque.
—¿No tenés qué arrepentirte de lo que pasó con Calderón? —Yo tengo mucha autocrítica y por allí pienso que podría haber jugado un poco más. Eso es lo que él piensa, es materia opinable. Después, me preguntó si estaba en la lista de 23 y yo le dije que sí. Julián Camino y Claudio Gugnali estaban presentes en esa charla y no dejan que mienta.
—Sos amigo de Passarella, ¿te gusta verlo de presidente? —Es difícil contestar esa pregunta... Es un sueño de él, de hace mucho tiempo. Cuando volvió de Italia escribió en una servilleta que quería jugar otra vez en River, ser técnico y luego presidente. Ser presidente es más difícil que ser entrenador, hay que tomar decisiones muy duras, yo le deseo suerte porque es mi amigo de hace 30 años.
—¿Alguna vez estuviste cerca de ir a Unión? —Sí, sí... Puede ser que entre el ’86 y el ’89, pero se me hacía difícil salir del lugar en que estaba. El técnico de Unión era Leopoldo Luque... Ahora que me lo decís, me acuerdo.
—La última. ¿Por qué “Pachorra”? —Mirá, a mí me decían “Mago”... Creo que fue Perfumo el que me puso ese apodo. Un día jugábamos un partido con River, en Misiones, creo que un amistoso. Llovía torrencialmente. Me tiré en palomita y la pelota me quedó atrás, le pegué de taco y entró. Cuando ingresé al vestuario, Roberto me dijo: “¡Buena, ‘Mago’!”. Y ahí me quedó... El sobrenombre de “Pachorra” me lo puso Marcelo Araujo en un Sudamericano juvenil en Chile. Es que a mí me gustaba dormir la siesta. Era por eso.. ¡No porque no corriera en la cancha!