Rogelio Alaniz
Bashar al Assad no está solo. Cuenta con el apoyo del ejército, dispone de abundantes recursos militares y tecnológicos que le venden sus amigos rusos, mientras que la poderosa e influyente burguesía comercial de Damasco y Alepo le siguen brindando un apoyo casi incondicional, apoyo que va más allá de las identidades religiosas.
Assad no está solo, pero está claro que no dispone del poder de otros tiempos. En 1982, su padre por mucho menos que lo que está pasando ahora asesinó en la ciudad de Hama a más de quince mil personas. Fue una masacre en regla, un verdadero baño de sangre cuyas principales víctimas fueron los árabes sunnitas. El mundo no condenó aquella carnicería porque estaba ocupado en condenar la invasión de Israel al Líbano después de que el país considerado la Suiza de Medio Oriente se convirtiera en un campamento palestino reforzado por el apoyo del ejército de ocupación sirio que desde 1975 imponía sus reglas de juego militar en el país de los cedros.
Assad no está solo en Siria, pero tampoco está solo en Medio Oriente. Su principal aliado es la teocracia de Irán y su rol en la región es la de mediar con las dos agrupaciones terroristas alentadas y financiadas desde Teherán: Hezbolá y Hamas. Siria es el único país árabe que tiene a Irán como aliado. Los demás regímenes árabes -mayoritariamente sunnitas- recelan de las intenciones y el posible poderío nuclear del régimen chiíta de los ayatolás. Lo recelan y le temen. Y no es para menos.
Asimismo, la caída de Assad significaría la ruptura del eje (palabra apropiada para el caso) Teherán-Damasco. Es la apuesta de la Liga Arabe, la principal interesada en romper esta alianza entre Assad y la teocracia iraní. Es también la apuesta de Turquía, que en los últimos tiempos se ha dedicado a alentar y proteger a la oposición siria. Algo parecido piensa el Líbano.
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La vuelta al mundo
Siria a la intemperie
Por Rogelio Alaniz

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