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Martes 17.09.2013
21:52

La vuelta al mundo

La Unidad Popular y la estrategia de la izquierda


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La vuelta al mundo La Unidad Popular y la estrategia de la izquierda Por Rogelio Alaniz

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SALVADOR ALLENDE

era un socialista culto e inteligente, parlamentario, ministro, docente, médico; considerado además, la mejor muñeca política de Chile, es decir, un eximio negociador, un inspirado creador de acuerdos. Foto: DPA

 

Rogelio Alaniz

Años después del Golpe de Estado de 1973, políticos e intelectuales de la derecha chilena justificaban lo sucedido diciendo que los militares se anticiparon a un Golpe de Estado que venía preparando la izquierda, y que si se actuó con inusitada dureza fue porque del otro lado también estaban decididos a hacer lo mismo. Según ellos, en los meses previos a la asonada militar, alrededor de treinta mil personas estaban organizadas en milicias decididas a liquidar a dirigentes opositores, empresarios y militares. Por lo tanto -dicen- lo que hizo Pinochet fue ganarles de mano. Según ellos, la opción de hierro era comunismo o capitalismo y no democracia o dictadura.

¿Fue así? ¿Es verdad que había milicias populares organizadas desde el gobierno y en algunos casos promocionadas por agentes cubanos y soviéticos? Sobre estos temas es muy difícil dar una respuesta concluyente. Es cierto que en Chile había agentes cubanos que no estaban precisamente veraneando; también es cierto que sectores radicalizados del MIR y del propio Partido Socialista insistían en que había que prepararse para pasar a la lucha armada. Pero la presencia de agentes cubanos o las declaraciones exasperadas de dirigentes izquierdistas no dan como resultado treinta mil hombres armados decididos a tomar el poder.

El dato más elocuente de que esto no fue así, es que la resistencia armada al golpe fue casi nula. El gobierno de la Unidad Popular cayó en toda la línea, y de los contados tiroteos que hubo no se puede inferir la presencia de aguerridas milicias populares. Es que objetivamente la Unidad Popular estaba derrotada antes del Golpe de Estado. Si, de acuerdo al clásico principio leninista, las condiciones favorables a una revolución se manifiestan cuando “los de arriba” se dividen y “los de abajo” se unen, en el caso chileno esas condiciones estaban invertidas. Al momento del golpe, la derecha, incluida sus fuerzas armadas, estaba monolíticamente unida, mientras que el llamado campo revolucionario languidecía entre la división y la impotencia. En ese contexto, la victoria de la derecha estaba asegurada antes del 11 de septiembre.

Como se sabe, en las elecciones parlamentarias celebradas en marzo, la Unidad Popular había crecido. Para más de un historiador, ese crecimiento de la izquierda fue lo que decidió a la derecha a dar el Golpe de Estado. Puede ser, pero no es fácil probar esta afirmación. También parece ser cierto que justamente para el 11 de septiembre, Allende había decidido convocar a una suerte de referéndum para reforzar su autoridad política. Para la derecha esa convocatoria era la antesala de la revolución social. Fortalecido por el referéndum, Allende disolvería el parlamento, mientras que las milicias de izquierda liquidarían a militares, empresarios y dirigentes opositores. ¿Fue así? Imposible probarlo.

La pregunta a hacerse en este caso sería la siguiente: ¿la Unidad Popular pretendía ser un gobierno más, actuando en un previsible proceso democrático con libertades civiles, Estado de Derecho, propiedad privada y alternancia? O, por el contrario, ¿se la pensaba como el primer paso hacia una revolución socialista, revolución precedida por una etapa democrática cuyo destino histórico era el socialismo, el socialismo entendido como toma del poder, constitución de una dictadura y nacionalización y estatización de los medios de producción? No hay una respuesta unánime a este interrogante, entre otras cosas porque sobre estos temas en la propia Unidad Popular no había unanimidad.

¿Era sincera la izquierda cuando decía que deseaba una transición pacífica del capitalismo al socialismo? No creo que la palabra “sinceridad” sea la que mejor exprese la subjetividad de una izquierda cuyos dirigentes nunca desmintieron sus intenciones revolucionarias, su identidad con la revolución cubana, su rechazo a Estados Unidos y al capitalismo y sus simpatías ideológicas por el marxismo y las tradiciones revolucionarias del siglo veinte.

Ser de izquierda entonces significaba ejercer la certeza de que la historia está de su parte, una historia que marcha jubilosa en dirección al socialismo. Las tácticas para la toma del poder podían ser diversas, pero la estrategia era siempre la misma. Un rasgo típico de los partidos de izquierda son sus programas mínimos y máximos. Ello se corresponde con una visión que concibe a la revolución como un proceso que se despliega a lo largo de la historia. La metáfora de la locomotora y los vagones es muy ilustrativa. La locomotora es la vanguardia que avanza victoriosa hacia el destino final, los vagones son los camaradas de ruta que acompañan pero se van quedando en las diferentes estaciones.

Los programas mínimos están hechos para avanzar en el interior de las democracias burguesas, preparando las condiciones para aplicar el programa máximo, aplicación que sólo es posible a través de un acto de autoridad máxima consistente en la toma del poder cuando las condiciones estén dadas. No conozco ninguna izquierda marxista que, con los matices del caso, no comparta esta política construida como una visión de la historia, un compromiso ideológico y un supuesto estudio objetivo de las condiciones económicas y sociales de la sociedad que se desea transformar.

¿Mentían los dirigentes de la Unidad Popular cuando invocaban la democracia para después liquidarla? No plantearía el dilema en esos términos. Los dirigentes socialistas y comunistas creían sinceramente que a la democracia burguesa había que ampliarla al máximo, pero la auténtica democracia, la más real y popular, sólo podrá lograrse derrotando al capitalismo, fuente exclusiva de injusticias y autoritarismos, y afianzando el socialismo.

En los años setenta, estas verdades en la izquierda se creían como verdades de fe. A ello se sumaban condiciones propicias para desarrollar una estrategia que se conocerá como la vía chilena al socialismo. Estado de Derecho, un sistema político muy bien desarrollado y la presencia de dos partidos de izquierda, el socialista y el comunista, decididos a avanzar juntos por vía parlamentaria. Asimismo, la vía chilena era coincidente con aquella controvertida declaración del Partido Comunista de la URSS que admitía -para escándalo de trotskistas, maoístas y ultraizquierdistas a granel- que era posible la vía pacifica al socialismo. Digamos, entonces, que en Chile en esos años se jugaban muchas cosas, incluido el gran debate de la izquierda respecto de las vías propicias para acceder al socialismo.

Salvador Allende por su parte reunía las condiciones ideales para liderar un proyecto de esta envergadura. Socialista culto e inteligente, parlamentario, ministro, docente, médico, era considerado, además, la mejor muñeca política de Chile, es decir, un eximio negociador, un inspirado creador de acuerdos. Toda su vida política se desarrolló bajo el auspicio del ideal socialista. Suponer que un hombre como Allende podría transformarse en el Lenin chileno o en nuevo Fidel Castro es disparatado.

En su célebre debate con Fidel Castro, predominan las coincidencias, pero no hace falta ser muy agudo para registrar las disidencias entre un simpatizante de la lucha armada y un político que sigue creyendo en los valores de la democracia parlamentaria. Es en esa entrevista cuando Allende se refiere a un posible golpe de Estado. Textualmente dice: “De la Casa de la Moneda no me van a sacar vivo, tendrán que acribillarme a balazos”. Esto lo dice dos años antes de la tragedia. ¿Premonición, profecía? No lo sabemos, pero podemos permitirnos pensar que Allende presentía el final y, sobre todo, presentía que ese final era al mismo tiempo un fracaso que él no estaba dispuesto a asumir mansamente o escapándose en un helicóptero o marchando a un dorado exilio. Allende era de otra madera, creía en lo que hacía y seguramente también creía en sus propias dudas. ¿Autoprofecía cumplida? Posiblemente. ¿Una tragedia política? Sí, una tragedia política. (Continuará)

 

La vía chilena era coincidente con aquella controvertida declaración del Partido Comunista de la URSS que admitía -para escándalo de trotskistas, maoístas y ultraizquierdistas a granel- que era posible la vía pacífica al socialismo.


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