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El Litoral
Sábado 21.09.2013
17:02

Crónica política

Un Papa argentino para el siglo XXI

Con asombro y placer leí las últimas declaraciones del Papa. Supongo que lo mismo le pasó a millones de personas. En lo personal, me gusta descubrir a un Papa lúcido, valiente y comprometido con los desafíos de su tiempo. Me gusta lo que dice y cómo lo dice. Me complace que nos gusten los mismos libros, la misma música, los mismos pintores y Hoelderlin, Hoelderlin cuando dice “que el hombre mantenga lo que le prometió al niño”. Pero por sobre todo, me importa cómo piensa, cómo concibe la condición humana, su grandeza, su dolor y su esperanza y, sobre todo, cómo entiende las exigencias de las reformas, los reclamos del cambio con las necesidades de la prudencia.


Crónica política Un Papa argentino para el siglo XXI Con asombro y placer leí las últimas declaraciones del Papa. Supongo que lo mismo le pasó a millones de personas. En lo personal, me gusta descubrir a un Papa lúcido, valiente y comprometido con los desafíos de su tiempo. Me gusta lo que dice y cómo lo dice. Me complace que nos gusten los mismos libros, la misma música, los mismos pintores y Hoelderlin, Hoelderlin cuando dice “que el hombre mantenga lo que le prometió al niño”. Pero por sobre todo, me importa cómo piensa, cómo concibe la condición humana, su grandeza, su dolor y su esperanza y, sobre todo, cómo entiende las exigencias de las reformas, los reclamos del cambio con las necesidades de la prudencia. Con asombro y placer leí las últimas declaraciones del Papa. Supongo que lo mismo le pasó a millones de personas. En lo personal, me gusta descubrir a un Papa lúcido, valiente y comprometido con los desafíos de su tiempo. Me gusta lo que dice y cómo lo dice. Me complace que nos gusten los mismos libros, la misma música, los mismos pintores y Hoelderlin, Hoelderlin cuando dice “que el hombre mantenga lo que le prometió al niño”. Pero por sobre todo, me importa cómo piensa, cómo concibe la condición humana, su grandeza, su dolor y su esperanza y, sobre todo, cómo entiende las exigencias de las reformas, los reclamos del cambio con las necesidades de la prudencia.

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Francisco es un Papa que nos trae la buena nueva de los cambios. Su sonrisa es convincente, es una sonrisa alegre, cálida. Foto: EFE

 

Rogelio Alaniz

“Dios es siempre una sorpresa y jamás se sabe cómo y dónde encontrarlo” Francisco.

Con asombro y placer leí las últimas declaraciones del Papa. Supongo que lo mismo le pasó a millones de personas. En lo personal, me gusta descubrir a un Papa lúcido, valiente y comprometido con los desafíos de su tiempo. Me gusta lo que dice y cómo lo dice. Me complace que nos gusten los mismos libros, la misma música, los mismos pintores y Hoelderlin, Hoelderlin cuando dice “que el hombre mantenga lo que le prometió al niño”. Pero por sobre todo, me importa cómo piensa, cómo concibe la condición humana, su grandeza, su dolor y su esperanza y, sobre todo, cómo entiende las exigencias de las reformas, los reclamos del cambio con las necesidades de la prudencia.

¿Un Papa reformista? Sí, un Papa reformista, un Papa que anuncia la esperanza y considera que no se debe tener límite para lo grande, pero hay que concentrarse en lo pequeño. De nada vale proclamar grandes ideales si después me desentiendo con los compromisos de todos los días, el compromiso con los que más sufren, con los postergados, los olvidados como decía Buñuel, o, sencillamente, los pobres, con aquellos a quienes la vida no les ahorró rigores y sufrimientos.

Y, a la inversa, vale de poco atender la caridad cotidiana si no se posee perspectiva, perspectiva histórica, sentido de trascendencia, exigencia de totalidad en un mundo donde todo parece tender hacia lo fragmentado, lo disperso, lo episódico y liviano. Convivir con la tensión entre lo cotidiano y lo grande, entre la rutina y la trascendencia, entre la certeza de la vida y el misterio de la revelación y la gracia, es el gran desafío al que él nos convoca.

Francisco es un Papa que nos trae la buena nueva de los cambios, cambios en el interior de la Iglesia, cambio para las sociedades, pero en primer lugar, cambio en el corazón de los hombres. Un cambio que reclama tiempo, pero no renuncia a sus imperativos. No es un demagogo, no se presenta como un mago o un prestidigitador de destinos. Sus palabras poseen el perfume de la esperanza pero la consistencia del deber. Un demagogo se agota en lo inmediato, sus palabras no convocan a la reflexión sino a la excitación vacía y resentida. Son palabras que movilizan lo irracional y lo atávico, alientan el facilismo y la irresponsabilidad; las palabras de Francisco nos obligan a pensar, nos dicen que las reformas verdaderas deben templarse en el tiempo, que no hay cambios mágicos, que el cambio en definitiva somos nosotros si sabemos decidir entre el bien y el mal, entre la virtud y el pecado, entre la verdad y la mentira, en definitiva, si aprendemos a indagar a fondo en nosotros mismos y a ejercer en plenitud el misterio y el desafío de la libertad.

El Papa es un hombre inteligente y culto, un político sagaz y un líder espiritual a quien le bastaron pocos meses para instalar a la Iglesia Católica en las borrascas y las esperanzas del siglo. Pero, por sobre todas las cosas, yo diría que es un hombre sabio, un hombre dotado de ese don capaz de sintetizar las razones del cerebro con las del corazón, la fascinación de la lucidez con el resplandor de la inspiración. Sus palabras nos dicen muchas cosas que deseábamos escuchar. Son palabras claras, limpias, pero no complacientes, mucho menos livianas o facilistas. Nos exigen a todos, a todos sin excepción, un compromiso con nosotros mismos, pero también un compromiso con el mundo en que vivimos. Un compromiso fundado en valores que no ahogan la diversidad, no anulan el pluralismo, por el contrario lo estimulan, lo alientan y lo consideran la condición necesaria para la constitución de un nuevo humanismo fundado en el encuentro.

Sus palabras calan hondo porque tiene el tono, la vibración sugestiva y esperanzadora de la verdad. Son palabras justas, pero por sobre todas las cosas son palabras que nos incitan a pensar, a pensar por cuenta propia, es decir, a ser libres. Con este Papa, como con cualquier persona, uno puede estar más o menos de acuerdo, pero lo que importa es que uno está dispuesto a creerle, porque es convincente. Así son sus palabras, sus reflexiones, sus críticas y la proclama de su fe. Su sonrisa es convincente, es una sonrisa alegre, cálida y -perdonen el arrebato nacionalista- la sonrisa de un argentino decente.

El Papa habla de una iglesia capaz de cerrar heridas, una iglesia que protege, cuida y sobre todo se propone entender. “Una iglesia como un hospital de campaña después de la batalla”. Pero también habla de una iglesia con una sensibilidad dispuesta a encontrar nuevas veredas. Esa apertura a lo nuevo, a la búsqueda, me parece valiosa. El creyente y el no creyente no pueden rehuir del misterio, su inquietud, su fascinación y su esperanza. Esa idea de Dios como revelación, como novedad, me interesa.

Como agnóstico creo en el misterio y en las consecuencias de ello. Por lo tanto me complace descubrir que un católico también acepte el misterio. En ese punto, en ese sendero, seguramente podremos encontrarnos quienes creen en Dios y quienes aceptamos el misterio, pero nos resistimos a resolverlo con otro misterio. O como le gustaba decir a un marxista italiano: “Padre, no sé si llegaremos a ponernos de acuerdo sobre lo que sucede en el cielo, pero estoy dispuesto a ponernos de acuerdo para no hacer de la tierra un infierno”.

Los hombres debemos aprender a conquistar nuestras verdades, pero esas verdades deben ponerse a prueba viviendo, abriéndose a los otros, aceptando las maravillas de la vida, sus dichas y sus dolores. Creer en Dios o en la condición humana, ser cristiano o simplemente ser un hombre, es apenas un punto de partida, no un dudoso privilegio sino una plena exigencia. “A Dios se lo encuentra caminando en el camino”, dice, y no es muy diferente a lo que decía el gran Antonio Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Seguramente no todos pensamos lo mismo de la homosexualidad o el aborto, pero más allá de divergencias conocidas y previsibles, importa que la máxima autoridad de la Iglesia sostenga que antes que condenar hay que entender y acompañar. Temas como el sacerdocio para la mujer, la comunión para los divorciados, el celibato, el uso de los anticonceptivos, han sido nombrados por primera vez desde la máxima autoridad de la Iglesia. No ignoramos las resistencias de los conservadores recalcitrantes y los tiempos, pero lo que importa es que estos temas ya están legitimados en el debate, ya están en la calle, y esa legitimación es otra de las virtudes que debemos reconocer a este Papa.

Es importante que Francisco se haya reunido con los teólogos de la liberación, no para darles la razón sino para aceptar sus razones. Es importante que recupere los valores centrales del Concilio Vaticano II: el compromiso con los pobres, la lectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea, esa fascinante relación y presencia de Dios en el pasado como huella, en el futuro como promesa y en el presente como hecho concreto. “Buscar a Dios para hallarlo y hallarlo para buscarlo siempre”. A Hegel o a Marx ese balanceo dialéctico les hubiera interesado. A mí me importa la verdad poética de esa frase.

Conclusión. No pertenezco a la Iglesia Católica, pero siempre dije que por razones culturales e históricas pertenezco a la tradición católica. Mi distancia con la iglesia no es diferente a la de muchos, aunque ahora es el Papa quien dice que las razones de muchos de los que se fueron son las mismas que pueden ayudar a su retorno. No lo sé. Sí sé que si para mí la fe era oscuridad, las palabras de Francisco me descubren que puede ser luz; si la fe era sectarismo ahora puede ser apertura; si la fe era ignorancia ahora es inteligencia; si la fe era un dogma ahora es sabiduría; si la fe significaba escapar del mundo, ahora reclama meterse de lleno en él. Y si la fe era el opio del pueblo, ahora puede ser la esperanza de los pueblos y la levadura del cambio.

Creer en Dios o en la condición humana, ser cristiano o simplemente ser un hombre, es apenas un punto de partida, no un dudoso privilegio sino una plena exigencia.

En lo personal, me gusta descubrir a un Papa lúcido, valiente y comprometido con los desafíos de su tiempo. Me gusta lo que dice y cómo lo dice. Me complace que nos gusten los mismos libros, la misma música, los mismos pintores.


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