Edición del Jueves 21 de noviembre de 2002

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Cultura: CULT-01

El viejo Saba y el mar


Nota y traducción de Pablo Ingberg


La resonancia extranjera del triestino Umberto Saba (1883-1957) quedó algo opacada por la de sus contemporáneos Ungaretti, Montale y Quasimodo, entre cinco y dieciocho años menores que él. Nacido bajo el apellido Poli (el padre abandonó a la madre antes de que él naciera), si el seudónimo que adoptó desde sus tempranos comienzos poéticos fuera transcripción de la voz homófona hebrea que significa "abuelo", describiría con acierto la vejez perpetua, vital a su propio modo, que se trasunta en sus versos, de un mesurado y reticente intimismo, completamente apartado de la altisonancia que, bajo diversas caras, fue común a coetáneos de sus orígenes rotulados como decadentistas, crepusculares y futuristas. Una vejez de siempre en la que conviven con discreción el dolor acumulado desde el inicio mismo de la vida y el poco esperanzado amor a la posibilidad abierta hacia adelante: una tragedia en sordina, con una melodía esmerilada sobre formas tradicionales varias.

Cursó estudios comerciales, pero (la convención convoca a una conjunción adversativa que tal vez para él haya sido copulativa) a los diecinueve años ya comenzaba una actividad literaria reflejada en colaboraciones irregulares con revistas y diarios. De vuelta de la Primera Guerra, se instaló en su ciudad natal como propietario y gerente de una librería de anticuario, bajo cuyo sello publicó en 1921 la primera recopilación de sus libros editados hasta ese momento, con el título que seguiría repitiéndose sucesivamente de allí en más para su creciente obra completa: Canzoniere. Las leyes raciales lo obligaron, por su ascendencia judía, a abandonar Trieste durante la Segunda Guerra. Se trasladó entonces a Florencia, y de allí a Roma. La muerte lo encontraría años más tarde en Gorizia, no lejos de su lugar de nacimiento.

El poema aquí traducido pertenece al libro Mediterráneas, publicado en 1946 por la formidable editorial Einaudi de Milán. El título, "Ulises", expande la concentración de sentidos que el cuerpo mismo del poema encierra, con elaborada aunque aparentemente sencilla construcción, entre el principio y el final: de la juventud navegadora al doloroso impulso hacia adelante, imágenes de un recorrido visto como aventura, en la estela homérica que igualó para siempre viaje y vida, pero con una épica transmutada en lírica, donde de la aventura sólo quedan unos pocos momentos en los que no sucede casi nada pero se vislumbra casi todo. En esas pocas pero inmensamente significativas imágenes apenas móviles que van desprendiéndose unas de otras para preparar el remate condensador (ese final que volverá simultáneas y perpetuas la juventud y la vejez, el recuerdo y el deseo), reverberan menos los hechos que la sombra de la posible tragedia, como en aquella melodía con la cual las sirenas pretendían atraer a Ulises hacia las rocas de la destrucción.

Ulisse


Nella mia giovanezza ho navigato

lungo le coste dalmate. Isolotti

a fior d'onda emergevano, ove raro

un ucello sostava intento a prede,

coperti d'alghe, scivolosi, al sole

belli como smeraldi. Quando l'alta

marea e la notte li annullava, vele

sottovento sbandavano piú al largo,

per fuggirne l'insidia. Oggi il mio regno

Ž quella terra di nessuno. Il porto

accende ad altri i suoi lumi; me al largo

sospinge ancora il non domato spirito,

e della vita il doloroso amore.

Ulises


He navegado yo en mi juventud

la costa dálmata a lo largo. Islotes

a flor de agua emergían, donde rara

iba a posarse un ave atenta a presas,

cubiertos de algas, resbalosos, bellos

al sol como esmeraldas. Cuando la alta

marea y la noche los anulaba, velas

a sotavento se adentraban lejos,

para huir de su insidia. Mi reino hoy

es esa tierra sin patrón. Enciende

el puerto a otros sus luces; a mí lejos

me empuja aún el no domado espíritu,

y de la vida el doloroso amor.





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