Edición del Domingo 16 de mayo de 2004

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Opinión: OPIN-02 ¿Ante el final de los viejos y buenos tiempos?

Por Joaquín Morales Solá


Alan Greenspan iniciará en las próximas semanas un proceso de suba de las tasas de interés. Brasil tambalea porque esos cambios afectarán a su monumental deuda pública. La propia Argentina tendrá más dificultades para salir rápidamente del default. China, que compra gran parte de la producción de soja argentina, ha decidido bajar sus expectativas de crecimiento para los próximos 15 años. El precio de la soja está en descenso. El mundo que construyó la felicidad argentina del último año y medio comenzó a cambiar.

Eduardo Duhalde tiene la sensibilidad de los baqueanos: presiente ahora, con una sensación casi física, que la época de la exultación política plena ha concluido. La crisis de la seguridad, la escasez energética, una probable contracción de la economía, las distancias del presidente, son conflictos que podrían terminar en una sociedad y una política en estado de crispación. Las encuestas de popularidad de los gobernantes tienen, para él, la función de un termómetro valioso, pero jamás de un remedio.

¿Ha salido a confrontar con Néstor Kirchner? El minué de las fotos no fue casual. El tren de Perón con Duhalde, Jorge Obeid y José Manuel de la Sota fue demasiada estructura peronista para un lugar tan módico. La foto de Duhalde y Raúl Alfonsín en un avión de línea, en dulce tertulia, fue un alarde premeditado. Los fotógrafos no se pasean por los aviones a la pesca de una instantánea ni podrían hacerlo aunque quisieran.

Sin embargo, Duhalde jura y perjura que no quiere confrontación. Ya bastante confrontación hay en el país, dice. Y se mete de lleno en la cuestión que más lo aflige: Kirchner no ha dejado puente por romper ni pelea por entablar. La política es, para Duhalde, el arte de combinar sucesivamente el combate, la negociación y el acuerdo. Pero cree más en la negociación y en el acuerdo que en el combate.

El sentido de aquellas fotos, y el de algunas declaraciones suyas con ciertas asperezas, es contener al peronismo descontento. Pero nada de eso elimina su compromiso de fondo con la administración de Kirchner. Aunque fuere por razones egoístas, por el interés de exhibir al hombre que ayudé como un presidente exitoso, estoy comprometido con él, suele subrayar.

Intuye, no obstante, que el peronismo comienza a insubordinarse en las provincias que importan y en el Congreso; que los empresarios ya no aceptan fácilmente ser siempre maltratados y que los sindicatos podrían comenzar una inoportuna y espantosa puja distributiva. Si esos conflictos se resolvieran mal, podríamos volver a los malos tiempos, conjetura.

Kirchner desafía a la estructura. Cuida la relación personal con Duhalde, pero no hace mucho más que eso: el ex presidente es, para él, una expresión cabal de la vieja corporación política. Hombres suyos han surcado la provincia de Buenos Aires reclamando la presidencia del peronismo para Kirchner. Duhalde se la ofreció en el acto. Kirchner la rechazó, también en el acto. Detesta la idea de convertirse, otra vez, en un ahijado político de Duhalde.

En medio de aquel mundo cambiante y de estas nuevas limitaciones internas, Kirchner volvió a emprenderla contra los dueños del capital. Su brújula tiene el norte en mutación perpetua. Antes le tocó al aguatero. Los franceses que administran Aguas Argentinas pasaron de tener la cabeza acomodada en la guillotina a ser exhibidos como un ejemplo de las buenas privatizaciones.

Ahora, los petroleros. Primero zamarreó a la española Repsol, en Nueva York, cuando la acusó de extorsionarlo escondiendo el gas; más tarde la rescató como la única empresa que aumentó la producción de gas en un 18 por ciento, y, al final, tuvo una reunión volcánica por momentos con su presidente, Alfonso Cortina. Vino de España para que lo ultrajen, lamentaron fuentes empresarias.

Dos empresas petroleras importantes han puesto en venta sus activos en la Argentina. El propio Cortina anunció hace poco, en una asamblea de accionistas, que Repsol tomó la decisión estratégica de "bajar el riesgo Argentina", invirtiendo en otros países. Dijo eso antes de la foto de los piqueteros haciendo destrozos en la sede central de la empresa española, frente a la inexplicable imprevisión de la policía. La confrontación verbal precede, a veces, a la violencia de los hechos, aunque las palabras no busquen tales resultados.

Julio De Vido pasó la mano por la espalda de los españoles un día después. Los quiere invirtiendo, les dijo, en la exploración y explotación de los yacimientos de petróleo y gas que podría detectar la nueva empresa estatal de energía. Esa empresa debe pasar por el Congreso y nadie sabe, aún, qué saldrá del recinto donde se festejó el default como una extraña conquista nacional.

Kirchner ha instruido a Roberto Lavagna, y al propio De Vido, para que esa empresa no sea más que un ente de 40 ó 50 técnicos de muy alto nivel. Pequeña y austera, la definió. La quiere dedicada, fundamentalmente, al estudio de las reservas off shore (en el mar argentino), donde algunos estudios señalan que sólo en la ribera de Santa Cruz y Chubut habría tanto gas y petróleo como en toda la geografía santacruceña.

Empresas privadas, y las estatales de Brasil y Venezuela, podrían hacer luego el trabajo de exploración y explotación, con un puñado de acciones muy minoritarias en manos del Estado argentino. Esa es la idea inicial. ¿Cómo se llegará al final del camino? Nadie puede responder esa pregunta.

La empresa petrolera estatal venezolana zigzaguea por Brasil, Uruguay y la Argentina buscando comprar activos. Está vendiendo sus importantes posesiones en Europa. ¿Se trata de una estrategia económica de la empresa que significa el 80 por ciento del PBI de Venezuela? ¿O es, en cambio, una estrategia política de expansión regional de Hugo Chávez y sus ensoñaciones populistas? Diplomáticos argentinos se inclinan más por la segunda alternativa.

La construcción del gasoducto del sur será una importante señal de la dimensión de la nueva empresa estatal argentina. Lavagna aspira a que otras empresas, como Petrobras o Repsol, se animen a esa inversión; su renuencia significaría un error político y económico, señala. Pero Repsol tiene más intereses en el norte que en el sur del país y Petrobras no cuenta, asegura, con recursos como para financiar ese emprendimiento.

De Vido confirmó que la financiación del gasoducto está garantizada con el aumento de las retenciones a las exportaciones de petróleo, aunque no se niega a la incorporación de ninguna empresa. Repsol puede hacer todavía muy buenos negocios , tienta.

Más problemas tendrá con la conclusión de la central nuclear Atucha II. Su construcción fue paralizada por Menem en una sobreactuación de su política de alineamiento con Washington. Pero está diseñada para una tecnología antigua, basada en uranio natural, cuando la Argentina no había logrado aún el ciclo completo con el uranio enriquecido. El ciclo fue completado hace ya 20 años. Las empresas alemana y canadiense que administran las centrales de Embalse y Atucha I carecen de técnicos para construir con esa tecnología en desuso. Con todo, una empresa francesa se comprometió a terminarla, aunque el trabajo le llevará no menos de cinco años.

El mundo cambia y la política también es inconstante en la Argentina. El estilo y los modos que sirvieron ayer han caducado hoy, quizá. ¿Está decidido Kirchner a combatir contra los molinos y el viento?

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