Edición del Jueves 05 de enero de 2006

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En el mundo palpitante y actual de Horacio

"Odas", de Horacio. Edición bilingüe. Introducción, traducción y notas de Alejandro Bekes

Quintus Horatius Flaccus nació en Venosa, en el 65 a.C. Su padre era un liberto que había conquistado un pequeño patrimonio y que se empeñó con todas sus fuerzas para que su hijo tuviera la mejor educación, en Roma y en Atenas, con los retóricos y los filósofos. Tras el asesinato de César, el joven Horacio adhiere a la ideología republicana y se enrola en el ejército de Bruto, donde sin merecerlo, es nombrado tribunus militum, una suerte de general. En la batalla de Filippi (42 a. C.) depone las armas y escapa, aunque cuando cuente el episodio años más tarde dirá que lo salvó el dios Mercurio envolviéndolo en una nube ("Odas II, 7").

Tiempo después se declara una amnistía y Horacio regresa a Roma, pobre y sin la propiedad familiar que ha sido confiscada.

En el año 38 a.C. sus amigos Virgilio y Vario lo presentan a Mecenas, poderoso, sensible e inteligente ministro del emperador Augusto, que lo suma al ambicioso proyecto de "volver a fundar" la grandeza de Roma, y ya no sólo con las armas y las riquezas, sino con el espíritu. La literatura cumpliría un rol de primera línea (pensemos en la "Eneida", de Virgilio, que inventa una genealogía heroica, una epopeya para la para la fundación de Roma y la casta de Augusto).

En el prólogo de su traducción de las "Odas" el santafesino radicado en Entre Ríos, Alejandro Bekes acota: "Sería una demostración de barbarie interpretar esto como una mera operación de propaganda o, por otro lado, como servilismo. La propaganda es efímera, voluble, superficial; sirve para promover negocios, no para conformar conciencias. La poesía, en cambio, echa raíces. Sus palabras no sólo se pegan: se hunden en el suelo, germinan. La poesía se liga con la filosofía, con la religión, con los hábitos. En cuanto al servilismo, no sabemos que haya producido nunca poesía genuina, dado que parte del menoscabo del poeta. Mecenas entendía esto cabalmente, y nunca trató como lacayos a sus protegidos".

Augusto le había regalado a Horacio una propiedad en Licenza, donde Horacio creará su retiro feliz durante 25 años, hasta su muerte. Pero Horacio, por otro lado, demostró una firmeza de carácter que hace más notable la tolerante admiración de Mecenas y del propio emperador Augusto. Este hijo de liberto se negó a aceptar el ofrecimiento de ser secretario de Augusto; y a Mecenas le escribió diciéndole que no quiere cambiar sus elecciones, y que si es necesario le devolverá el regalo que le ha otorgado.

Aunque petizo, gordito, calvo desde joven, con ojos legañosos, seducía a las mujeres. "Se ha dicho que le gustaban demasiado el sexo, el vino y la buena mesa, pero por lo que sabemos tuvo que aprender a moderarse", nos cuenta Bekes en el prólogo -ejemplar en su claridad y calidad-. Pero el amor es, para Horacio, esencialmente erotismo; no encontramos en sus odas las sutilezas de Catulo o de Tibulo o de Propercio, ni siquiera las de Ovidio.

Muerto Virgilio y con la "carga" (más que con el orgullo del cargo) de asumir el rol de vate oficial, Horacio se ajusta al programa severo y moralizador de Augusto (siempre con su vigilante esposa Livia controlando a sus espaldas) que en el fondo condice con las renuncias ascéticas que están en la base de la filosofía de Horacio, que algunos llaman "antifilosofía horaciana", por su oscilación constante entre el estoicismo y el epicureísmo.

El aurea mediocritas que preconizaba se encontraba en su tiempo (en el nuestro, desde luego, es mucho peor) en discordia con el profanum vulgus, con el sentir y parecer del vulgo. Para Horacio el filósofo es ante todo un dechado de contradicción, obligado siempre a buscar la libertad donde nadie parece percatarse que falta, o donde todos parecen estar empecinados en perderla.

Finalmente, Horacio está lejos de ser un poeta oficial. El espíritu que anima su "civilidad" es crepuscular: su invitación al placer está dulce, sabia, tristemente teñida de una conciencia de la finitud, de la muerte que es quizás el tema esencial de su poesía.

Esta magnífica edición, con las preciosas traducciones y notas de Alejandro Bekes son una oportunidad insoslayable para entrar en el mundo palpitante y actual de las "Odas" de Horacio.





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