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Edición impresa del 29/05/2007 | Opinión Opinión

Las rebeldes olvidadas

Las estrofas de Zorrilla de San Martín fueron escritas refiriéndose a la estirpe indígena, pero bien pueden ser aplicadas a las mujeres que por tantos años lucharon junto a sus hombres para fundar un nuevo hogar en la ignota tierra americana.

El mundo que el español descubrió allende los mares era totalmente diferente del que habían dejado atrás en tierras hispanas. Solo, primero, el conquistador halló en las indígenas el calor y la compañía que como ser humano necesitaba. Luego, de a poco, la mujer española fue recuperando su lugar, a costa de sacrificios, trabajo y, muchas veces, olvido.>

Mientras el hombre salía en largas expediciones a descubrir y conquistar territorio, la española, dueña y señora de su hogar, comenzó a construir la verdadera fusión de culturas que luego iría definiendo el perfil americano.>

Ellas sembraron los primeros granos de trigo; luego, amasaron el pan. En secreta alquimia elaboraron los dulces y confituras que en celosas recetas fueron dominando la tradición culinaria traída de sus tierras. Fundaron la familia arraigada en la tradición cristiana y, de a poco, fueron ordenando la nueva sociedad, acunando con sus nanas a los niños que veían la diáfana luz de un nuevo mundo.>

La verdadera transculturación estuvo en sus manos. Las beatas fueron las encargadas de la educación en las primeras escuelas, enseñando la lectura y escritura para tener acceso a los textos doctrinales, no para abrir las mentes al conocimiento. Estamos hablando del protagonismo femenino en el siglo XVI.>

Bien lo expresa la historiadora Teresa Piossek: "descubrimiento y conquista pudieron hacerse sin contar con la presencia femenina, pero, en cambio, la colonización hubiese sido imposible sin su intervención".>

La figura de la mujer se encuentra tácitamente presente en las crónicas escritas por los hombres. Su figura es humilde, casi siempre silenciosa, pero inmensa por la gravitación cultural que tuvo, haciendo equilibrio entre la familia y el trabajo.>

El hombre, acostumbrado a la vida libre de la conquista, dejaba en sus manos la administración de lo cotidiano y ella se sentía fuerte en su rol de matrona dominante.>

Educación y cultura

Pero no nos engañemos. La tradición hispana hablaba de recato y sumisión. La excepción se confinaba en los conventos. Sor Juana Inés de la Cruz, huyendo de un matrimonio sin amor que querían imponerle, se recluye en las frías paredes de un convento. Allí, rodeada de libros e instrumentos musicales y científicos, aborda el conocimiento de la literatura y las ciencias, escandalizando a la sociedad del momento, y así es como su indignación da a luz los versos que vencieron al olvido: "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis". Mucho se escribirá sobre el tema, pero pocos lograrán la certera síntesis de tales palabras.

Pero el tiempo seguía corriendo y la transculturación fue más que confluencia. Llegó el momento en que los hijos sintieron suya la nueva tierra y las ideas que iban y venían en los barcos encendieron la chispa de rebelión que no tardaría en arder. Y allí también la mujer estuvo desempeñando un rol por demás importante.>

La rebeldía americana

En todas partes, las guerras han sido hechas por los hombres. Históricamente, se ha asociado guerra con virilidad. La femineidad y la paz estaban unidas. Su protagonismo no trascendía para el hecho histórico, para las grandes hazañas. Salvo casos específicos y aislados, como el de Isabel la Católica o Juana de Arco, la libertad de acción estaba asociada a la soledad y la marginación.

Pero así como la leyenda cuenta la historia de Boudicea, la reina celta que derrotó a los romanos, pagando un alto precio por su victoria, nuestra tierra americana tiene también sus nombres.>

La Patria con mayúsculas era una entelequia, apenas un sentimiento, cuando hombres y mujeres se movilizaron. Los hombres en el frente, las mujeres en la retaguardia. Ellos llevaban las armas; ellas atendían heridos, fabricaban vendas, cocinaban, confortaban. Nunca estuvieron en primera línea en las revoluciones, salvo excepciones, pero sus corazones eran tan fuertes como los de sus compañeros.>

Aquellas mujeres

Algunos pocos nombres han quedado en la memoria colectiva, mezclada su historia con la dosis de leyenda necesaria para que el tiempo no las olvide del todo.

Micaela Bastidas Puyuqawa, fiel compañera de José Gabriel Condorcanqui, quien sufrió como él una horrenda muerte. Su coraje y valentía para el tormento avergonzaron a sus verdugos.>

Candelaria Pérez, chilena, participó en batallas en tierras de El Callao, disfrutando de los vítores de la multitud a su regreso a su patria.>

La Monche, otra chilena nacida en 1827. Participó en batallas con una valentía desusada. Le fue otorgado el grado de Capitán del Ejército Revolucionario y de las Milicias Populares.>

Gertrudis Bocanegra, mexicana, nació en 1765. Desempeñó un importante papel en las guerras de la independencia. Perdió a su marido y su único hijo en batalla, pero el dolor no la amilanó.>

Josefa Camejo nació en 1791 en lo que hoy es tierra venezolana. Ante la amenaza realista, reunió un grupo de mujeres que se ofrecieron al gobernador para luchar. Murió pobre y olvidada. Ni siquiera una tumba recuerda su nombre.>

Nuestras heroínas

Las Invasiones Inglesas, en 1806, fueron ocasión para demostrar que el pueblo sabía organizarse. Entonces, también las mujeres fueron heroínas. Manuela Pedraza luchó junto a su marido. Éste cayó atravesado por una bala. Manuela tomó su fusil y mató al inglés que había disparado sobre él. Se la recompensó con el grado de alférez y goce de sueldo, pero terminó sus días en la miseria.

En el barrio de San Telmo, la picardía criolla se hizo notar en la persona de Martina Céspedes. Dueña de una pulpería, emborrachó a doce ingleses a los que hizo prisioneros. En el momento de entregarlos a las autoridades, sólo volvieron once, ya que uno de ellos se extravió para siempre en los oscuros ojos criollos de una de sus hijas.>

La historia de Ma. Remedios del Valle no tiene un final feliz. Había nacido en Buenos Aires y era de raza negra. En 1810, se incorporó al ejército que marchaba hacia el norte acompañando al marido y dos hijos. Participó en todas las batallas y en todas las derrotas. Desde Potosí bajó hasta Jujuy. Estuvo en Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohúma. Allí fue herida y tomada prisionera. Por ayudar a los patriotas prisioneros en el campamento enemigo, fue azotada públicamente. Escapó varias veces de la muerte, llevando adelante su soledad y bravura. Perdió a su familia en combate y, finalmente, anciana y cansada, terminó mendigando en las calles de Buenos Aires.>

Eulalia Ares fue una brava catamarqueña, casada con el hacendado y militar Domingo Vildoza, enfrentado con las autoridades de turno. Eulalia se trasladó a Santiago del Estero en busca de tropas y apoyo. Retornó y organizó a sus amigas, atacó la sede del gobierno; logró la huida de las autoridades.>

En La Rioja, Victoria Peñaloza fue la fiel compañera del legendario "Chacho", acompañándolo en las batallas como el más fiel y valiente soldado. Lanza en mano y a caballo, rescató a su compañero de la partida que lo tenía acorralado, recibiendo ella el golpe sangriento que le desfiguró el rostro. Pero no podría detener la estocada asesina que terminará con la vida de su hombre en Olta.>

Macacha Güemes no salió al campo de batalla. Ella ayudó a su hermano, el Gral. Martín Miguel, desde los salones, encargándose de una verdadera red de espionaje formada por hermosas salteñas que, aprovechando las tertulias de los salones, manejaban toda la información, que luego pasaban a los patriotas.>

Y no podíamos terminar este incompleto repaso sin mencionar a Juana Azurduy, brava altoperuana que, al frente de un grupo de compañeros, irrumpe en el campamento realista para rescatar la cabeza degollada de su marido y darle cristiana sepultura.>

La memoria y el olvido

Durante muchos años, la historia se escribió ignorando sus nombres. Fueron la presencia constante de una realidad que sólo trascendió por la leyenda transmitida en los relatos de sus protagonistas. Fue la historia pequeña y sin trascendencia que se desarrollaba al costado de lo que verdaderamente importaba.

Pero allí estuvieron desde un principio, acunando, consolando, soñando, amando, luchando, dando su ternura y su sangre por una tierra que las fue recibiendo generosa y callada. Son legiones que como fantasmas indómitos reclaman la memoria justiciera que no exige monumentos.>

Qué mejor que resumir en las palabras de José Martí el homenaje a todas ellas: "Fáciles son los héroes, con tales mujeres".>

Bibliografía:Tabaré, Juan Zorrilla de San Martín.La mitad invisible de la historia, Luis Vitale, Sudamericana Planeta, 1987.Historias de amor en la historia argentina, Lucía Gálvez, Grupo Edit. Norma, 1998.Diccionario Vigo. De Mujeres Argentinas, L. Sosa de Nexton, Plus Ultra, 1986.Los Caudillos, Félix Luna, Planeta, 1988.Confluencias, F. Luna, Sudamericana, 1991.Las conquistadoras, T. Piossek, La Nación, 19-02-1989.

Ana María Zancada





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