Edición del Viernes 19 de diciembre de 2008

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La esencia de lo poético en la obra de Leoncio Gianello - Edición Impresa - Cultura

En el centenario de su nacimiento

La esencia de lo poético en la obra de Leoncio Gianello

A lo largo de su trayectoria, el escritor fue plasmando en su producción una suntuosidad propia del espíritu modernista, una postura de orfebre que une a la pulcritud de la forma la pasión en el alma.

 

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Nora Didier de Iungman

La esencia de lo poético se descubre en toda la trayectoria de Leoncio Gianello como creador, como escritor en el sendero del Romanticismo (de hecho, pertenece a la generación romántica de la vecina provincia de Entre Ríos); a pesar de la fuerte impronta emocional, subjetiva y espontánea, donde la poesía es el único acceso al conocimiento de la realidad, no deja por ello de lado algunos precisos rasgos modernistas: retorna a la palabra como salvación de su integridad, comprendiendo la valorización de la misma y su intrínseca musicalidad; es, entonces, defensor de la Belleza, de la exquisitez y de la fuerza del verso, del lenguaje trabajado en la visión estricta del arte, con otros términos, siempre está presente en su obra la preocupación por el aspecto formal que sostiene una renovación del lenguaje poético, desechando la vaguedad expresiva y propugnando modelos parnasianistas y simbolistas. Hay en él una suntuosidad propia del espíritu modernista, un tono solemne inmerso en altos sentimientos; en fin, una postura de orfebre que une a la pulcritud en la forma la pasión en el alma.

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María de la Encarnación Gutiérrez Oliver, la esposa de Giannello. Fue la musa de sus poemas. Se casaron en 1933.

Estrecha relación con la Historia

A su mirada de poeta, a esa intuición que permite la entrada a los rincones no explicables lógicamente, a su especial actitud frente a la vida que es apertura hacia lo continuo, hacia las raíces, ya que consiente una captación totalizadora de la realidad, añado otro elemento propio del quehacer de Leoncio Gianello como hombre de Letras: su relación con la Historia, pues, desde su posición, escribe y devela ese suceder que corre como una intravía, desnudando los hechos hasta arribar a lo esencial, en definitiva, la real historia de los pueblos.

En 1943, el escritor agrega a su producción literaria una novela de modalidad poco común: “Delfina”, un personaje real y una historia, la nuestra. Quizás una historia novelada (si es deseo posicionarla), y poética de batallas y de vida del caudillo entrerriano Francisco Ramírez.

El profesor Jorge Hernández señala en 1982: “... aquella invocación que hace como introito y que aún impresiona como un rayo de belleza, muy difícil de olvidar, y define, en síntesis acabada y feliz, los dos mundos culturales que distinguen a nuestro escritor: el poético y el historiográfico, universos que tan bien sabe amalgamar en uno solo: el de la gracia”. La creación, cual auténtico reino de la libertad, recoge el mundo de la historia, pero no se inclina en actitud de vasallaje, lo moldea y lo hace belleza hasta en las batallas (de trazos rápidos, aunque profundos), las traiciones, la muerte.

Como Sarmiento, el escritor invoca la sombra de Delfina, un conjuro que la convierte en símbolo de amor y en símbolo de un destino: “Voy a evocarte, sombra de Delfina, porque eres un símbolo, un amor y un destino”. [...] “Un amor, porque fuiste ternura y pasión maravillosa ofrenda de amante, y como enredadera que perfuma el muro, pusiste en la vida romántica del caudillo entrerriano un halo de aventura y de poesía”. “Y un destino, porque embrujado por el hechizo de tus besos, Francisco Ramírez atropelló a la muerte para salvarte de la mesnada codiciosa, y cayó para siempre quizás torciendo el rumbo de la historia, en el holocausto magnífico digno del historial romancero”.

Destino de una patria, hecho con dolor y sangre, parte de aquellos tiempos heroicos; amor, transformado en “vida romántica”, “halo de aventura y de poesía”. El llamado de Leoncio Gianello se cierra con una significación referida a los nuevos tiempos: “... sombra gloriosa de Delfina, voy a evocarte para que en estos tiempos en que parecen condenados los sueños, puedan con tu recuerdo soñar los corazones...”.

No dejan de imponerse las descripciones, más aún, como los románticos, la naturaleza está presente y envuelve con sus destellos de oro o de plata, de presagios y de dolores, a las dos figuras: Pancho y Delfina, hasta los últimos instantes de la amada. La tragedia de los enamorados, resumida en dos pilares: amor y muerte, adquiere valiosos contornos, pues con acciones de exacta celeridad y pinceladas de enérgicas resoluciones, la tragedia -digo- se levanta desde su raíz épica, de verdadera epopeya, de leyenda que se hace poesía.

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En el homenaje a don Luis Di Filippo al cumplir 80 años.

Ser poeta

En el epígrafe al “Soneto” dedicado a Elías, Gianello escribe: “Ser poeta es tener un alma de cristal, sonora, transparente, frágil” [...] “Es llevar dentro un ruiseñor que canta y que va comiendo el corazón”. “Canto a Jesús”, escritura juvenil en sextinas, es distinguida con la rosa de oro en los Juegos Florales de 1928, en Río Cuarto. Esta obra de exquisita exaltación se incluye luego en el libro “Casi Antología”, de 1988. Transcribo una estrofa: “Pálido rabino de carne de lirios / porque conociste todos los martirios, / porque levantaste tu cruz de dolor; / porque arremetiste contra los perversos, / porque tus palabras eran como versos, / yo quiero cantarte mi canto de amor”.

La composición, auténtico poema de Fe, configura una trilogía con el canto al héroe de la patria que forjó nuestra Nación: “Canto al Libertador”, y el amor al terruño que brota como manantial en su “Canto a Entre Ríos” (galardonado como el anterior, con el primer premio). Extraigo de este último, unos versos donde la tierra se yergue como un ser que deja hondas resonancias: “Curiosas de distancias, tus llanuras / se levantan apenas / y te surcan de arroyos: y parece /que son, por eso, de cristal tus venas...”.

El grupo Espadalirio (del cual el escritor fue un integrante) le dio la oportunidad de publicar el conjunto de poemas “Novia y el día” (1945), composiciones que confirman su postura de orfebre, con la pulcritud en la forma y la pasión en el alma.

 


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