Edición del Sábado 10 de enero de 2009

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El poeta de lo real más espeso - Edición Impresa - Artes y Letras

El poeta de lo real más espeso

Por Roberto Daniel Malatesta

“El perro sin plumas”, de JoÆo Cabral de Melo Neto. Traducción de Raúl Santana. Ediciones Leviatán, Buenos Aires, 2008.

El título de esta reseña es precisamente el del prólogo de “El perro sin plumas”. Allí Raúl Santana, su traductor, nos da a conocer datos biobibliográficos del escritor pernambucano JoÆo Cabral de Melo Neto (Recife, 1920). Acierta al decirnos que “La antirretórica sequedad de dicción y la repetición ritual de algunas palabras van construyendo en “El perro sin plumas’ una trágica leyenda del río Capibaribe que atraviesa la ciudad de Recife con el fluir de sus aguas, sus inundaciones y los hombres que desarrollan su vida en torno de ella”. Entonces vemos que una ciudad es atravesada por el río; esa ciudad y ese río son uno en el poema que rítmicamente imita un largo y espeso río; donde las reiteraciones, que abundan, lejos de malograrlo, nos introducirán al ritmo hipnótico tan común en las largas oraciones de casi todas las grandes religiones. En nuestro mundo cristiano bien podría equipararse al ritmo de las letanías, ritmo éste que lleva al orante más allá de las palabras, hasta las puertas mismas del misterio que invocan.

El libro se divide en cuatro secciones: I) El poema nos introduce inmediatamente a la situación en torno a ese río; no fuente color rosa sí lodo y herrumbre, pobreza, marginalidad; un río que lame esa pobreza como un perro lame su herida. II) El río que es como los hombres que son como “perros sin plumas” (así se lo denomina al mismo Capibaribe en Recife) y “Un perro sin plumas / es cuando un árbol queda sin voz” y “En el paisaje del río / difícil es saber / dónde comienza el río / dónde el lodo... dónde comienza el hombre”. Así hombre-río son equiparados en una misma realidad espesa, precisamente ésa, espesa, es la palabra, puesto que si se pudiese condensar un libro en una palabra, ésa sería la indicada. III) “La ciudad es fecundada / por aquella espada / que se derrama” y de allí el mar, el río que desemboca en el mar previo a la formación de mangles que “son una enorme fruta”. Río y territorio de mangles, despedida del río, no obstante la distancia, aunque físicamente mínima, espiritualmente se hace enorme entre hombre-río-lodo y la limpidez del mar. IV) Discurso, pues “Lo que vive/ no entorpece ./ Lo que vive hiere. / El hombre, / porque vive, / choca con lo que vive. / Vivir / es ir entre lo que vive / Lo que vive / incomoda de vida”. Precisamente, la vida es eso que choca contra lo que vive, lo que incomoda, lo que desgasta: lo impuro que “como todo lo real / es espeso”, se desprende; por lo tanto que lo humano no abunda en el mar y lo puro sino en el pobre y barroso río, porque “... es más espesa / la vida que se desdobla / en más vida...”, “... es más espesa / la vida que se lucha / cada día...”.

Largo poema cargado de un profundo humanismo, de una mirada aguda sobre la condición marginal de hombres de una ciudad, en este caso del Brasil, pero que bien hermana a cualquiera de nuestras ciudades latinoamericanas, donde el nexo espiritual más saliente entre hombre y vida es un río.

Por último, dado que lo sonoro hace a lo esencial del texto, es importante destacar que esta cuidada edición sea bilingüe, lo cual, dada la proximidad de las lenguas nos permite una mayor consustanciación con el espíritu mismo del poema.

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