Edición del Jueves 12 de marzo de 2009

Edición completa del día

ASCENSO AL FRANKE - Edición Impresa - Aires de Aventura

Exigente escalada a uno de los cerros del Cordón del Plata en la provincia de Mendoza

ASCENSO AL FRANKE

El blanco riguroso del invierno y la soledad que su frío genera, permiten vivenciar a la montaña de manera diferente, envolviéndonos con imágenes, sensaciones y momentos imborrables a nuestros sentidos.

Ricardo “Pony” Solari

aventura@ellitoral.com

Al Este de Mendoza, entre la cordillera limítrofe y la pre-cordillera, se encuentra la Cordillera Frontal, una formación geológica situada entre los 28º y los 39º de latitud Sur, a sólo 90 kilómetros de distancia de la ciudad de Mendoza.

El Cordón del Plata le pertenece, con más de quince cumbres que superan los 5 mil msnm y su punto culminante es el fantástico Cerro Plata de 6100 m de altura. Entre tantas montañas de este hermoso cordón, el cerro Franke se eleva hasta los 5 mil metros, al que nos propusimos ascenderlo en condiciones invernales con mis habituales compañeros de montaña, José Navailles y Juan Furnari, ambos de la localidad de Pergamino.

Campamento base

A mitad de julio nos encontrábamos en “Las Veguitas”, nuestro campamento base a 3100 msnm; desde ese punto se tiene una vista espectacular del valle y el lago del Dique Potrerillos. Si en cambio uno dirige la mirada al Oeste, pueden apreciarse hacia ambos lados los cerros que forman la quebrada y al final de la misma, una tapia enorme, la impresionante pared Este del Cerro Vallecitos.

La época elegida y las condiciones especiales del ambiente -nieve, frío y viento- motivaron que lleváramos absolutamente todo el material y el abrigo necesario en nuestras mochilas.

Después de buscar el mejor lugar posible sobre la ladera misma (que en la montaña raramente es plana y mucho menos horizontal), hubo que usar la pala para nivelar el terreno helado y poder armar la carpa. Para evitar sorpresas, la fijamos al piso con abundante nieve sobre sus faldones, lo que la haría un solo bloque y le daría estabilidad. A pocos metros, cavamos e hicimos un espacio para cocinar a resguardo de las fuertes ráfagas que se sucedían imprevistamente.

Ya anochecía y entre las nubes, los últimos rayos del sol en complicidad con el filo del cerro, pintaban lo que parecía ser una llamarada de fuego sobre el horizonte inclinado. Vimos esas últimas pinceladas rojas entre brumas, mientras nos premiábamos con una sopa caliente. Fue éste uno de esos momentos en los que vuelvo a descubrir cuánto y porqué amo tanto la montaña. El día siguiente sería de aclimatación por lo que no había apuro ni horario para levantarse.

Cuando amaneció, la luz del sol entró por la puerta de nuestra tienda y al abrirla, un frío intenso nos sacudió la modorra. El clima era inestable, muy húmedo y debido a la densa niebla que nos envolvía por momentos, nuestras figuras se tornaban fantasmagóricas apenas nos alejábamos del campamento.

Por la tarde iniciamos un ascenso hasta los 4 mil msnm, con el fin de adaptarnos a la altura. La vista que teníamos a medida que subíamos era impagable. Se veía completamente blanca la quebrada desde el centro de sky hasta su final, mucho más al Oeste.

Los cerros San Bernardo, Stepanek y Adolfo Calle estaban enfrente; más atrás, los cerros Rincón y Vallecitos mostraban sus verticales paredes. En este cordón, la intensa acción glaciar ha dejado formas puntiagudas y abruptas, distintas al resto de las montañas de esta latitud.

Después de investigar la montaña durante varias horas, volvimos ansiosos al anochecer, mezclados con la bruma. Nos alimentamos con unas pastas calientes que aportaron las calorías que íbamos a necesitar al día siguiente, preparamos todo para no perder tiempo y nos dormimos temprano.

vamos hacia arriba

Nos despertamos a las 4, desayunamos con chocolate caliente, masitas dulces, miel y dulce de leche, a la luz de nuestras linternas frontales. Con dificultad nos vestimos dentro de la carpa y luego de colocarnos las tres capas de ropa necesarias -interior, polar e impermeable- salimos al exterior para afrontar nuestro objetivo.

En esta montaña la ruta de ascenso es, en condiciones normales, clara y obvia: consiste en seguir un filo que inevitablemente lleva a la cumbre, una de las rutas más largas de este cordón, lo cual la torna especialmente apta para poner a prueba nuestro temperamento. Con nieve abundante el esfuerzo se redobla, por lo que aprovechamos el frío nocturno que la endurece y calzándonos los crampones, que son plantillas de metal que se aseguran a las botas y poseen doce puntas, empezamos el ascenso. La noche se presentaba infinitamente estrellada y muy fría, lo cual era una señal de buen tiempo para las próximas horas. Sólo escuchábamos el característico ruido que los crampones provocaban al hundirse sus puntas en el hielo.

El comienzo siempre es duro porque requiere mucha voluntad salir del calor de las bolsas de dormir y exponerse al inclemente viento helado. Es un momento en el que uno está reconcentrado en advertir cada señal que el cuerpo nos envía. Se transforma en algo único y personal, donde los pensamientos ocupan todo espacio posible.

amanecer ventoso

Lentamente ganamos altura. El paisaje era simplemente grandioso, todo el cordón era tan blanco que impresionaba.

Las primeras luces del día trajeron consigo calor y paradójicamente más viento. Cuando éste soplaba más intensamente, levantaba la nieve polvo que todavía estaba suelta formando torbellinos que envolvían fugazmente a mis compañeros, palideciendo los colores vivos de su ropa de montaña y transformándolos en figuras salidas de un sueño.

Llevábamos ya varias horas y el cansancio que provocaba hundirnos en algunos tramos hasta casi la rodilla, se hacía sentir. El calor del sol había ablandado la nieve y ya no hacían falta los crampones. Sin ellos y cambiando cíclicamente los lugares en la hilera, ahorrábamos energía al abrir huella alternativamente en el terreno ahora más blando y húmedo.

¡Final del ascenso!

Pasado el mediodía nos encontrábamos llegando al término del filo. Ahora el terreno se volvía más horizontal y podía verse la meseta que forma el cerro Franke llegando a los 4.900 metros.

Hacia el frente, se apreciaban una serie de salientes rocosas - la cumbre - y hacia el Oeste aparecía más lejano, otro mogote de rocas y el agudo filo de casi 2 km que lo continúa y une con otro de los cerros emblemáticos del cordón, el Lomas Amarillas.

Esta visión produjo un efecto estimulante en nuestros cuerpos y en el ánimo. Apuramos pues los pasos hacia el grupo de salientes de piedras que, a medida que nos acercábamos, parecían aumentar su altura.

Al llegar a la base, sólo faltaba escalar los últimos 15 metros de roca. Lo hicimos con mucho cuidado y de a uno por vez, porque la parte más alta sólo permite lugar para una sola persona y la cumbre era barrida por ráfagas de viento que podían desprendernos del lugar.

La vista desde lo alto del pináculo de piedra era sencillamente espectacular. Habían pasado casi 9 horas desde nuestra salida y aún nos quedaba el descenso.

se asciende al bajar

Comenzamos a bajar con evidente cansancio. Para ahorrar tiempo, optamos por descender en diagonal y trazando un camino más recto que en la subida. Esto nos llevó a caminar por pendientes de mayores inclinaciones y nuevamente debimos calzarnos los crampones por seguridad.

El clima había desmejorado otra vez y el viento era ya un compañero más. Las nubes cubrían el cielo y al desaparecer el sol, la temperatura había bajado considerablemente.

En la oquedad de una piedra, paramos para tomar una sopa caliente que nos repusiera un poco de calor y así continuar rumbo hacia el campamento.

Por fin, después de 14 horas, aparecía ante nosotros un punto amarillo que se distinguía entre el blanco de las nubes y la nieve: era nuestra pequeña carpa que a esa altura del día, nos parecía el paraíso.

Recién con la tienda a la vista, pudimos decir que habíamos logrado escalar la montaña. Dice un axioma del montañismo que sólo cuando se está abajo, puede afirmarse que se ha subido.

Retorno con guiso

Por la mañana, después de desarmar el campamento, emprendimos el regreso con nuestras mochilas cargadas. La nieve nos acompañó hasta el centro de esquí y allí fuimos recibidos por Beethoven, el gigante perro San Bernardo de Alejandro Gerás, dueño del lugar, que con sus gruesos ladridos nos dio la bienvenida acostumbrada.

Una vez en el refugio, pudimos tomar un baño reparador, comer un buen guiso de lentejas y dormir otra vez en una cómoda cama; a la mañana siguiente emprendimos el camino de regreso a casa.

Quedaban unas cuantas horas más de ruta, mates, charlas y la satisfacción de haber cumplido nuestro objetivo: Subir una montaña más. Vivir plenamente una montaña más.

La nota

Insignificantes. Los expedicionarios ganándole metros de altura al Cerro Franke, con el colosal Cordón del Plata como fondo, integrante de la Cordillera Frontal .

FOTO: GENTILEZA R. Solari

 

 

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Cumbre. El cerro Plata, el más alto del Cordón (6.100 msnm), desde la cumbre del Franke.

FOTO: GENTILEZA R. SOLARI

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Viejos conocidos. Ricardo (centro) junto a José y Juan, sus compañeros de aventura.

FOTO: GENTILEZA R. SOLARI



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