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el éxodo no cesa en el norte

Se siguen yendo

Se siguen yendo

Durante los últimos años los departamentos del norte expulsaron familias enteras por el agravamiento de la crisis económica y la continuidad de las carencias históricas. Las escuelas rurales son la caja de resonancia del fenómeno.

 

Gastón Neffen y Juan Manuel Fernández

campo@ellitoral.com

Enviados Especiales

La sequía de los últimos años agravó algunas carencias estructurales en el norte santafesino. Como consecuencia, el acentuamiento de la retracción económica hizo visible un proceso que no es nuevo: el éxodo rural. Por ejemplo, calculan en la Sociedad Rural de Tostado que en el departamento 9 de Julio se perdieron (entre traslados y muertes) unas 500.000 cabezas de ganado y que cualquier explotación necesita al menos 1 empleado cada 500 animales.

Conocer con precisión cuanta mano de obra se perdió o qué cantidad de familias emigraron en busca de mejores perspectivas no es tarea fácil por la dispersión del campesinado. Para aproximarse a la magnitud del fenómeno, son las escuelas rurales uno de los denominadores comunes donde confluyen y se aglutinan los problemas de todos. Y en los últimos tiempos se confirma una caída de la matrícula en muchas y en otras directamente el cierre por falta de alumnos.

Cambio de modelo

La confusión es comprensible. Cuando miran la polvareda que levanta la camioneta de Campolitoral, lo primero que piensan Mario Alles y Héctor “El chueco” Coria es que se acercan los representantes de algún pool de siembra.

“Los vagos andan alquilando campos”, intuye Coria, que es el director de la Escuela Rural 1027, ubicada en el límite entre Santa Fe y Santiago del Estero (7 km al norte de Cuatro Bocas). Es que estas son las codiciadas tierras del domo occidental, una de las zonas más fértiles del norte santafesino.

Aquí, el modelo de negocios y la forma en que se explotan los recursos agropecuarios está cambiando. En las últimas semanas, Alles recibió 10 ofertas distintas para arrendar sus campos y eligió la alternativa que le pareció más sustentable. “Alquilé 100 hectáreas a un grupo que se comprometió a hacer mitad soja y el resto gramíneas y maíz”, cuenta. Y se quedó con 45 hectáreas para criar cerdos y vacas. Dice que no puede hacer otra cosa.

Los cuatro años de sequía, que se profundizaron en los últimos 18 meses, lo dejaron sin resto financiero para comprar los insumos de siembra. “No tengo margen para arriesgar —confiesa—, si tengo una mala cosecha pierdo el campo”.

En el mismo “brete” están el resto de los productores chicos, y algunos medianos, de esta región. Muchos ya se fueron a vivir a Tostado o Villa Minetti, y desde “el pueblo grande” arriendan sus lotes.

De alguna forma, “la seca” está acelerando esta transformación económica, social y productiva. No se trata de demonizar estos procesos, porque los pooles de siembra traen inversiones importantes y en muchos casos suponen un esquema agronómico más profesional y eficiente (por la aplicación de tecnología y el manejo de los insumos). Pero hay una pregunta que queda abierta: ¿cómo se adapta el tejido social de las comunidades rurales del norte santafesino a este nuevo escenario?

“Se nos van los changos”

Por ahora, con muchas dificultades. En los últimos dos años, la escuela primaria del “chueco” Coria perdió el 25 por ciento de sus alumnos. Son 16 pibes que emigraron junto a sus padres, casi todos peones rurales. “Si a nosotros se nos van los changos tenemos que cerrar la escuela e irnos”, se entristece el docente, que desarrolló toda su carrera en escuelas rurales de 9 de Julio.

En el mejor de los casos, es gente que ahora está trabajando en los tambos de Rafaela o en establecimientos ganaderos de Entre Ríos. Pero también hay familias que se fueron a vivir a Tostado, Santa Fe y Buenos Aires.

En uno de los campos del paraje El Mate, un peón rural santiagueño acepta hablar con Campolitoral. Cuenta que en vez de irse decidió quedarse a trabajar a cambio de casa y comida. “Mi patrón —que está a su lado— me dijo que ya no me podía pagar y yo le pedí quedarme igual”, confiesa con timidez y pide no ser identificado. Tiene hermanos viviendo en Buenos Aires, pero él se quiere quedar en el campo.

“Yo todos los meses le doy algo —asegura el patrón— y vamos a tratar de aguantar hasta que esto mejore, es que no sabemos hacer otra cosa y este es nuestro mundo”, concluye.

En la escuela rural 1027, Alles y Coria calculan que se fueron el 20 por ciento de los peones rurales. En parte impactó el cierre de varios tambos y de la cooperativa que procesaba la leche fluida. Hay que recordar que en Pozo Borrado se ubica la principal cuenca lechera del Departamento 9 de julio.

Perdidos en los Bajos

Rumbo al Este, a medida que la ruta se aleja de Tostado, el paisaje cambia y el monte da paso a los Bajos Submeridionales, sabana hostil donde sobrevivir siempre fue difícil. La ruta 40 hilvana pequeños parajes que alguna vez fueron enclaves de defensa contra el indio. Se la conoce como “la línea de los fortines” y es paradigma de la histórica postergación que sufre el norte provincial.

Para muestra basta un botón. Fortín Charrúa, donde hoy viven 40 familias campesinas, recién recibió la luz eléctrica hace dos años, bien entrado el SXXI. En el caserío hay un denominador común: cada vivienda tiene en la puerta al menos un barril plástico donde el aguatero descarga dos veces a la semana el vital líquido que ya no surge de los pozos. También allí la escuela es el termómetro para diagnosticar el estado de salud del paraje.

Laura Amarilla llegó como maestra jardinera en 1998 y desde entonces fue testigo de un doloroso proceso de despoblamiento. “En aquel tiempo había más de 70 chicos y la población era mucho mayor”, relata la docente. Hoy la matrícula de la Escuela 1088 “Mariano Moreno” es de 42 alumnos. Por cada chico menos hay una familia que emigró en busca de trabajo o de una escuela secundaria para los hijos. Por esta combinación de factores es que una alta proporción de los pobladores son adultos mayores.

Mucho por solucionar

Algunos hitos de la historia reciente ayudan a entender el atraso actual. Quizá el más significativo sea el caso de la Ruta Nacional 98, que se asfaltó a principios de los 80 para conectar Tostado con Vera, pese a que en esos 163 kilómetros no hay prácticamente ningún pueblo o paraje (pero si se comenta que por entonces había muchos campos de militares). En cambio, sobre la provincial 40, que conecta el corazón de los Bajos con Reconquista, se ecuentran Fortín 3 Pozos, Fortín Charrúa y Fortín Chilcas, localidades que hoy se siguen incomunicando en días de lluvia porque el camino se transforma en una jabonosa pista de barro.

La mayor ignominia, sin embargo, es que no existe ni siquiera un servicio público de transporte para que los pobladores lleguen hasta los centros urbanos (Fortín Olmos, a 60 kilómetros, es el más cercano). “Acá la única alternativa es viajar a dedo”, se indigna Amarilla, quien durante su soltería recorría semanalmente 150 kilómetros en moto para visitar a sus familiares en Avellaneda. Para colmo, cuando alguien quiso “rebuscársela” usando su camioneta como transporte público para cubrir este déficit, las autoridades comunales se lo impidieron porque “la ruta está concesionada”, aunque el servicio brille por su ausencia.

El otro factor paradigmático que contribuyó al despoblamiento fueron las obras de saneamiento de los Bajos Submeridionales. Mal planeadas y peor ejecutadas (dicen que varios se enriquecieron mandando construir canales), lograron secar por completo las pocas fuentes de agua de la zona. En los parajes había pozos de agua dulce que quedaron inútiles. Y de los campos desapareció la bebida para la hacienda, que emigró llevándose consigo a los pobladores.

Pero hay algo más; y quizás sea lo que más duele en la región: la concentración de la tierra y el freno a la generación de empleo. A cualquiera que se le pregunte responderá que “son los italianos” (se menciona sobre todo un nombre que cobró relevancia durante el menemismo) quienes “se quedaron con todos los campos”; y señalarán establecimientos como “Los Charabones”, “El Triunfo” o “El Milagro” como parte de las 450.000 hectáreas que no se sabe a ciencia cierta a quién pertenecen.

En “Los Charabones”, por ejemplo, dos años atrás tuvo que cerrarse la escuela rural porque quedó sin matrícula cuando la estancia se desprendió de todos los empleados, que emigraron junto a sus hijos. “Esto afectó a Fortín Chilcas, que está muy cerquita, donde quedarán unas 7 u 8 familias y en la escuela tienen 6 chicos”, relató la docente de Charrúa.

Lamentablemente, las perspectivas a futuro no son positivas. Como Laura Amarilla, son varios quienes tienen la sensación de que “el paraje se extingue”. Una vez más, la escuela es “la medida de todas las cosas”: el nivel inicial de la 1088 hoy cuenta con 11 chicos, pero el año próximo serán 4 y el siguiente tan sólo 2.


En “Los Charabones”, dos años atrás tuvo que cerrarse la escuela rural porque quedó sin matrícula cuando la estancia se desprendió de todos los empleados

Foto: Gastón Neffen

“Estamos todos secos”

Tostado (15.000 habitantes) es la capital del departamento y la ciudad de referencia de toda esta región. Sus indicadores económicos están en rojo. En julio, el intendente Enrique Fedele decretó la emergencia económica y social. Según las cifras de la municipalidad, la desocupación supera el 50 por ciento y la actividad comercial está seriamente afectada.

“Estamos todos secos”, ironiza Sergio Germani, haciendo una paralelo con la sequía. Germani tiene la concesión de una conocida marca de motos y también vende motosierras y otras herramientas para el agro. Este año sus operaciones comerciales cayeron un 60 por ciento.

Un impacto parecido siente Carlos González, que administra un importante negocio de ropa y accesorios (Casa Aguiar). “Es la crisis más difícil que nos tocó pasar y llevamos 30 años en esto”, plantea González. Los números de Gonzáles también se fueron para abajo. “Nuestras ventas cayeron entre un 30 y un 40%, la gente cuida cada centavo”, concluye.

/// el dato

En los últimos dos años, la escuela primaria del “chueco” Coria perdió el 25 por ciento de sus alumnos. Son 16 pibes que emigraron junto a sus padres

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Por los pibes. Mario Alles (izq.) y Héctor “Chueco” Coria están preocupados porque la escuela rural del paraje El Mate perdió el 20% de sus alumnos.

Foto: Juan Manuel Fernández

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Lejos de todo. Hay gente que depende de los paneles solares para la electricidad y tiene que esperar el camión aguatero para poder tomar agua potable.Foto: Juan Manuel Fernández

 



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