El valor de la vida

Por María Luisa Miretti

“Aquí nos vemos”; “Fotocopias” y “De A para X, una historia en cartas”, de John Berger. Alfaguara, (2009). Alfaguara, Buenos Aires, respectivamente 2007, 2007 y 2009.

John Berger (Londres, 1926), crítico de arte y pintor, se ha destacado en el campo literario con numerosos títulos, como la trilogía “De sus fatigas” o el ensayo didáctico “Mirar” y “Modos de ver”, entre otros. Los libros que nos ocupan no configuran una trilogía; sólo los une la misma voz narrativa, encargada de reiterar expresiones de profunda connotación poética a través de historias simples, comunes, humanas. Los tres inquietan y conmueven. Imposible quedar indiferente frente a ellos.

En “Aquí nos vemos” se reiteran hechos, sensaciones, alusiones: la madre; el pájaro azul (de Maeterlinck); una evocación de Borges frente a su tumba en Ginebra; Cracovia; Madrid; sitios en los que encuentra a los muertos vivos con quienes mantiene diálogos intensos, quizás por cuestiones pendientes.

“Fotocopias” es un puñado de relatos en el que alternan personajes sombríos y mustios que se presentifican en el recuerdo en la fotocopia que a modo de fotografía revive el instante, como el caso de un hombre y una mujer bajo el ciruelo, o una mujer solitaria que alimenta a una paloma, o dos hombres que se reencuentran en un almuerzo, sin olvidar a Simone Weil en su departamento de París o al fotógrafo Cartier-Bresson.

La novela “De A para X” resume la belleza del amor en las cartas que una mujer envía a su pareja, encarcelado y sentenciado a doble cadena perpetua. No son palabras edulcoradas ni tratamientos vanos, sino una apuesta a la vida basada en el sentimiento que dicta los mejores pasajes, para alentar a un hombre sin futuro. Nada escapa al ojo crítico y vale la pena detenerse en cada detalle para apreciar el juego con los recuerdos, como alimento del amor ausente. Su esfuerzo aumenta cada vez que lo siente abatido y para reanimarlo le cuenta cosas domésticas, o lo que hace mientras le escribe, como cuando le detalla

los pies en una palangana roja, no los dos, sino uno, o lo que hace con las manos cuando junta las grosellas y le hace llegar su tacto y su sabor a través de dibujos o esbozos, apenas punteados “...pensé en poner mi mano en una carta, dibujar su contorno y enviártela...”, para estar más cerca. Dado su oficio de farmacéutica, se detiene a explicarle las diferencias entre un remedio y otro, mientras reflexiona: “De joven -dijo-, no me importaba tanto ser analfabeta, porque la gente hablaba de las cosas importantes, pero hoy son muchas las cosas que suceden en silencio, y tienes que saber leer para enterarte de lo que se está diciendo”. Los encabezamientos y los saludos resultan llamativos: “Mi soplete”, “Mi guapo”, “Mi león abatido”, frente a una despojada pero fuerte despedida “Tu A’ida eterna” o simplemente “A”, o para acercar las distancias (al comer una almendra): “Escucha, voy a morder una ¿oyes mi muela partiéndola?”, porque está detrás de la palabra para mantenerlo en vilo, aunque sea apelando al recuerdo que nadie podrá encarcelar: “Yo busco palabras para contarte cómo estoy contigo”, frente el desafío de la ausencia: “...la perfección es siempre antipática. Lo que se hace querer es lo imperfecto”.

La sencillez de estas historias calan hondo y contrastan con la profundidad de los sentimientos, que resumen poéticamente el valor de la vida.

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