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Santa Teresa de Jesús

María Teresa Rearte

La vida religiosa no tiene lugar, me parece, sino en el descentramiento del hombre que, contrariamente a la soberbia que puede anidar en el corazón humano, sólo existe cuando uno deja de hacer pie en sí mismo. Y reconoce en la experiencia de la ausencia, de la espera, con relación a Dios, a la presencia dante, originante, que no es connumerable con las realidades mundanas. En lugar de ser desde sí, el hombre acepta, consciente, entregarse a esta corriente de amor en la cual reconoce el origen de su vida.

A veces, la conciencia de crisis condujo a los creyentes a dar respuestas insuficientes con respecto a los cambios que plantean los acontecimientos y la cultura. Por lo que se habla de cierto atrincheramiento cognitivo de parte de la Iglesia para con ciertas corrientes de pensamiento, e incluso, con relación a conductas concretas. Por otra parte, esa misma conciencia de estar atravesando momentos críticos, hizo que algunos cristianos incurrieran en la denominada “negociación cognitiva” de su identidad, lo que equivale a la adaptación a las circunstancias nuevas. Esto termina configurando la disolución de la propia identidad cristiana. Y en ocasiones hasta cierta confusión de roles.

Parece necesario cierto esfuerzo, y no menor premura, para encontrar la libertad interior que haga posible la intimidad con Dios. Y por consiguiente, el amor que no se queda en lo formal; sino que se nutre de fidelidad.

Santa Teresa de Jesús, cuya memoria celebramos, no debiera parecernos extemporánea cuando habla del alma como del castillo interior. Y del centro de nuestro ser como de la cámara nupcial en la que Dios mora. Aunque sí puede sonar extraño para una cultura que busca el placer de los sentidos casi con fervor. Desesperación, drogas, vicios, crímenes, suicidio, búsqueda de dinero por cualquier medio, parecen marcar nuestro tiempo. Sin embargo, se constata que la monotonía y esterilidad de la vida provienen de la falta de amor.

Bien podríamos dejarnos iluminar por esta maestra de la espiritualidad cristiana para alcanzar algo de lo que ella logró. Se podrá decir que no somos Santa Teresa de Jesús. Y algo de razón habrá. Pero tomando su “Autobiografía” encontramos un trozo en el que esto dice: “Yo sé que los almendros florecen una vez al año, en primavera, y cada año con las primeras tibiezas subía con mi madre una colina para ver el espectáculo de esas cabelleras blancas que en filas compactas se sucedían camino al río. El espectáculo era muy bello. Sabíamos que habríamos de encontrarlo porque conocíamos que allá había almendros, y debían dar esas flores a los primeros contactos con el sol. Si hubiésemos encontrado flores rojas del todo distintas a lo acostumbrado, habríamos probado un sentimiento de estupor; aquí se esconde algo, porque el hecho es extraordinario”. De la mano de la fe, y por poco que nos esforcemos, nos daremos cuenta de que el texto expresa una cierta visión gozosa.

Se trata en la cita de los gozos que el Padre, “que ha ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, las ha revelado a los pequeños”. (Mt. 11,25). No es fácil describir lo que pasa en lo profundo del alma. Donde Dios habita. Pero es necesario encontrar el eje que nos permita definir la identidad de la vida cristiana.

Esa tal reconstrucción de la fe que los tiempos reclaman, no me parece que esté en la reducción más o menos tibia de la pertenencia a la institución Iglesia. Tampoco en otra forma de reducción como aquella que lleva a decir “Señor, Señor”, sin más. Ni de limitarlo todo al culto.

¿Habrá quizás que hacer camino para descubrir el perfil de la fe en la adhesión personal a Dios, que nos ha sido revelado en Jesucristo?

Pienso que habrá que tomar conciencia de que los sentidos pueden saciarse glotonamente de placeres; pero que si Dios no entra en nuestra vida, tampoco mora en nuestra alma que es como la alcoba a la que ingresa. Y entonces seguiremos estando vacíos.

Los lazos del amor a Dios pueden estar en decadencia. Y hasta olvidados o perdidos. Pero asimismo hay que darse cuenta de que ser fieles al amor de Dios es también ser fieles a los hombres y a la historia. Y dar testimonio de integridad y coherencia, entendidas ambas como una fuerza transformadora de nuestro tiempo y de la vida. Para Santa Teresa allá en el suyo, como para nosotros en la actualidad, que vivimos en situaciones de eclipse de Dios, la unión con Él nos lleva a vivir la experiencia de ser como el agua del río que corre y se vuelca en el mar. Y acaba siendo una sola cosa con Él. De eso se trata la vida cristiana. En eso consiste la experiencia del Otro absoluto que me permite descubrirme como un tú que es llamado a la existencia. E interlocutor de su amor. El cual —a su vez— me remite por el respeto, la responsabilidad y el amor a los otros.

Santa Teresa de Jesús

“Santa Teresa de Jesús”, de Sor Josefa Díaz y Clucellas.



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