Edición del Lunes 20 de diciembre de 2010

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El poeta de la costa

Así en la pampa como en el río

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El recordado poeta nació el 6 de octubre de 1915 y murió el 5 de diciembre de 1993. Foto: Archivo El Litoral

Juan Manuel Santamaría (*)

Yo escribiría la historia de una ciudad. No de un país, ni de una provincia: de una región a lo sumo. J.J. Saer. “Algo se aproxima”.

A Julio Migno no le gustaba que lo llamaran “El Poeta de la Costa”, quizás porque sentía a esta definición como una categorización reduccionista, que dejaba a su poesía circunscripta sólo a quienes podían sentirse representados por ella en ese contexto geográfico.

Pero si entendemos que quien le canta a una región determinada de un continente como el nuestro, poseedor de una la tremenda diversidad, suma su voz a la gran polifonía necesaria para nombrarla, entonces sí, podemos decir que esta definición de “Poeta de la Costa”, puesta en el gran contexto de la literatura americana adquiere un sentido relevante, como pieza importante de un gran rompecabezas.

Porque América es eso, el continente del encuentro, del mestizaje, del crisol de razas, de la multiplicidad de cosmogonías, y cada parte de ella contiene a ese todo maravilloso, que en nuestro albardón costero a cada paso se torna evidente a medida que recorremos sus rincones. Allí están los restos fundacionales de la conquista, la presencia del indio y las huellas de la evangelización, las de los primeros criollos y su posterior alumbramiento “el gaucho”, como así también las del aluvión inmigratorio.

Así, San Javier su pueblo, heredero y parte de toda esa historia, fue la encarnadura particular desde donde Julio Migno expresó su universalidad poética.

Su obra y su estilo

La Argentina que Hernández contraponía al modelo europeizante, y de la cual Martín Fierro se torna expresión y defensa en términos épicos, y la que más tarde va a retomar Lugones en “El Payador”, está en lo más hondo de la inspiración de Migno, sin dudas.

En sus cuatro libros que forman lo medular de su producción literaria, “Amargas” (1943), “Chira Molina” (1952), “Yerbagüena, el mielero” (1947) y “Miquichises” (1972), como sucede con Hernández transmutándose en Fierro, Migno casi siempre hace hablar al personaje, le cede la palabra al costero.

Pero fundamentalmente el lenguaje que usa es el lenguaje materno, el que escuchó en su “pequeña madre patria”, su aldea, y el que “su propia madre podía entender”, a la manera de Frédèric Mistral, como a él le gustaba parafrasear.

Sus poemas exhiben una compleja sencillez, y una sucesión de “imágenes” permanentes, como solía señalarme; buscando siempre el “nivel medio”, “para que lo entiendan todos, el de abajo y el de arriba”, lo cual plasmaba su plena conciencia de estar sumando su pluma al acervo popular, que es donde quedan depositados los versos de los grandes poetas.

De su espíritu, fraguado en el Colegio de los Jesuitas de Santa Fe, se desprendía una tremenda riqueza literaria, consolidada en una lista interminable de autores de los cuales hacía sus compañeros de viaje, y como consecuencia, quienes estábamos a su alrededor solíamos beber el zumo de esa íntima y familiar relación, porque cabe decirlo, en el plano de lo personal, todo junto a don Julio era riqueza, a veces en la mayor austeridad de medios.

Su último libro, “en castellano” como el decía, fue “Summa Poética” (1987), en cuyos versos, ahora sí, es el propio autor quien nos deja plasmada toda la lírica de su pensamiento.

Fue Cayastá su lugar elegido para vivir. Hoy, sus hijas desde aquella casa, sede de la Fundación Julio Migno, promueven eventos culturales y tratan de difundir la obra de su padre.

Con su muerte, el 5 de diciembre de 1993, quedaron truncas las “Memorias de Chiflidito”, recuerdos de su infancia allá en su pueblo, y mucho material por recopilar de sus columnas radiales; pero nos quedan “sus hijos”, como solía decir don Julio a la hora de referirse a sus libros. Ellos anidan en el corazón de la gente a la que él le cantó, y en el de los que día a día desde cualquier latitud, se van sumando a medida que van descubriéndolos. La lágrima emocionada, el gesto de aprobación ante el acierto luminoso de una realidad hondamente plasmada en cualquiera de sus versos, son signos con que suelen expresarlo cuando nos toca decir alguno de ellos; evidencia clara que la pluma de Julio Migno era una vena abierta de donde fluía una poesía universal y enteramente americana, como la pampa y el río que la contienen.

(*) El autor es compositor e intérprete de música popular. Ha trabajado junto a Julio Migno en programas radiales, actuaciones, y comparte la autoría de algunos temas.



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Lunes 20 de diciembre de 2010
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