El hacedor de aventuras

Un homenaje a Emilio Salgari, el italiano que despertó con su pluma la imaginación de varias generaciones de lectores para transportarlos por el mundo a bordo de sus historias.

TEXTOS. ZUNILDA CERESOLE DE ESPINACO. ilustración. lucas cejas.

El hacedor de aventuras
 

No hubo literato que creara tantas novelas de aventura como el escritor italiano Emilio Salgari. Las escribió sin tregua, pero lo curioso es que no se conformó con desarrollarlas sólo en el ámbito geográfico que muestra en “El tigre de Malasia”, novela inaugural del ciclo Sandokán. El héroe de ficción era un príncipe de Borneo a quien el colonialismo británico había expulsado de su trono.

El ciclo Sandokán consta de once novelas y evidencia una tenaz resistencia anticolonialista, rasgo que se contrapone a la narrativa de aventuras glorificadas del colonialismo, en boga en la misma época.

Personajes inolvidables de este siglo son Yañez, el amigo portugués, el indio Tremal-Naik y el mahrato Kammamuri, quienes luchaban contra los thugs, adoradores de la diosa del tiempo y de la muerte; Kali, a quien le ofrendaban víctimas humanas. Ambos se hicieron amigos de Sandokán y Yañez.

La amada del héroe, principal personaje femenino, está encarnada por Lady Mariana Guillonk, cuya muerte trágica marcará la vida posterior de “El tigre de Malasia”.

En los lugares más diversos se desarrollaron las aventuras creadas por Salgari, en el ciclo “Los piratas de las Antillas”. El Corsario Negro, protagonista del mismo, revive el esplendor de la Piratería en el Caribe durante el siglo XVII; algunos pasajes se refieren disfrazados a hechos reales protagonizados, entre otros, por Morgan.

El Far West también contó con su pluma imaginativa. Creó “En las Fronteras del Far West”, “La Scotennatrice” y “La Selva Ardiente”; en la vorágine de sus escritos, cada uno de los extremos del eje de rotación de la Tierra figuran en sus novelas “Viaje al Polo Austral en velocípedo” e “Invierno en el Polo Norte”.

Asimismo, el continente Americano está incluido a través de temas variados: “El tesoro del presidente de Paraguay”, “La capitana del Yucatán”, “Los mineros de Alaska”, “Aventuras entre los Pieles Rojas”, “Dos mil leguas por debajo de América”, obra también conocida con el título “El tesoro de los Incas” y “La estrella de la Araucania”, entre otros.

Siberia, Filipinas, Damasco, Costa de Marfil, Egipto, India y Australia son algunos de los lugares donde se desarrollaron sus fascinantes obras de aventuras. Cabe destacar que poseía el arte de la descripción, por lo que hacía vívidos los sitios que citaba.

Según su biógrafo Felipe Pozzo, ascienden a 84 las novelas que escribió, además de innumerables relatos cortos. Puede decirse que “Las maravillas del 2000”, publicada en 1907, sería catalogable en el género de ciencias ficción.

VERONA, UN DUELO Y LA FAMILIA

Emilio Salgari nació el 21 de agosto de 1862, en Verona, en el seno de una familia de pequeños comerciantes. Inició sus estudios en el Instituto Técnico y Naval Paolo Sargi de Venecia; anhelaba instruirse como capitán de cabotaje.

Durante la época de estudio sus experiencias marítimas se limitaron a excursiones en un navío escuela. No terminó sus estudios; no obstante el mar estaba anclado en su corazón, por lo que posteriormente viajó por el Adriático durante tres meses en calidad de pasajero, en un barco mercante: el “Italia Una”.

Regresó a Verona en 1882 y se dedicó al periodismo. Su primera publicación fue un breve relato: I Selvaggi Della Paquasia, que apareció por entregas en el periódico La Valigia (Milán) en 1883.

En octubre del mismo año comenzó a publicar en el periódico veronés La Nuova Arena su primera novela: “Tay-See”, que luego sería editada en un volumen y se le cambiaría el nombre por “La Rosa del Dong-Giang”. También comenzó a publicarse “El Tigre de la Malasia”, novela inaugural del ciclo Sandokán.

Merced al éxito de sus obras consiguió un puesto fijo de redactor en La Nueva Arena; el hecho de que el periodista Giuseppe Biasiole en un artículo lo llamó “mozo” provocó la ira de Salgari quien, ofendido, lo retó a duelo.

Biasole fue a parar a un hospital luego del duelo y el escritor a la cárcel, donde tuvo que permanecer seis meses. Perdió el puesto después de diez años de labor.

Salgari se casó el 30 de enero de 1892 con Ida Peruzzi, con quien tuvo cuatro hijos: Fátima, Nadir, Romero y Omar. Solía contarles nuevos capítulos de la novela que escribía en ese momento; luego los mandaba a jugar a la orilla del río Po, que divisaba desde una ventana.

Las criaturas imaginaban encontrarse en ese sitio con el padre e intentaban reproducir la escena; él seguía con atención todos los movimientos, la expresión de sus rostros y cuanto elemento nuevo enriqueciera el relato, y escribía rápidamente sin detenerse y sin olvidar nada de lo que había visto.

TRAMPAS DEL DESTINO

La vida de este autor no fue apacible y gozosa. Por el contrario, por una inexplicable conspiración, hombres y acontecimientos se ligaron de forma cada vez más angustiosa haciendo su existencia dramática e insostenible.

Su padre se suicidó, él cedió los derechos de sus primeros libros por cifras irrisorias, esperanzado en cimentar su fama de escritor y -por ende- mejorar su situación económica. En tanto se reveló en su mujer el mal que, a intervalos, la alejaba de los suyos: los hijos quedaban solos y los apuros económicos aumentaban de tal manera que le obligaron a pedir adelantos, a sufrir humillantes privaciones y a trabajar sin descanso.

El ritmo febril de un trabajo sin interrupción en condiciones tan desfavorables, la sensación de que el manantial de su fantasía se estaba agotando, y el acortamiento importante de su vista con el fantasma de la ceguera instigándolo, mermó su fortaleza.

Su esposa, a quien llamaba cariñosamente Aida en referencia a la protagonista de la ópera de Verdi, intuyó la desesperación de su marido e intentó ayudarlo, pero su fortaleza de otrora estaba corroída por el ácido de los sacrificios, las penurias ininterrumpidas, la incertidumbre constante y los sobresaltos. La esposa, que había comprendido su espíritu inquieto, que había valorado su producción literaria, que lo atendiera con su amor e infinita ternura en los momentos oscuros de crisis, en 1911 fue conducida demente a un hospital.

Emilio Salgari, que la amaba y que otras veces había conseguido sobreponerse a la pena de esta separación, quedó desecho espiritualmente; un viento helado circundó su alma y decidió morir. Fue al Valle de San Martino del que tenía buenos recuerdos y se quitó la vida según el rito japonés segguku, el 25 de abril de 1911.

Cuando fue a buscar leña al bosque, una habitante del lugar, Luigia Quirico, halló su cadáver empapado en sangre; aún conservaba una navaja tinta en sangre en su mano derecha.

Dejó escritas tres cartas dirigidas, respectivamente, a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín. La carta a sus editores contiene un grito de rebeldía, una acusación directa y su fija ironía: “A mis editores. A vosotros, que os habeis enriquecido con mi piel manteniéndome a mi y a mi familia en una continua semimiseria o -aún peor- sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari”.

De esta forma, injusta y cruel, terminó la vida de quien, por su maestría e imaginación, cautivó a generaciones del orbe desde lejanos tiempos en que la palabra bestseller no había nacido aún.

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