Edición del Sábado 17 de diciembre de 2011

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El resplandor de la luz artificial - Artes y Letras

El resplandor de la luz artificial

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Francis Scott Fitzgerald.

Foto: Nickolas Muray

Hacía falta una buena nueva traducción de “El gran Gatsby”, una de las “grandes novelas americanas” del siglo XX. Superando con creces a las que ya circulaban en castellano, la de Pablo Ingberg logra restituir para nuestra lengua las muchas maravillas de este clásico moderno: su anticipación (en ciertas escenas como la de la fiesta en el departamento de Tom y su amante) del minimalismo de Salinger y Carver; la visión profética sobre la perversión económica que atacaría los fundamentos del gran ideal democrático estadounidense; la radiografía implacable de la “ingenua” depravación de los ricos (sobre la que Fitzgerald continuaría ahondando en toda su obra); la juventud y la provincia (el Medio Oeste del cual provienen todos los personajes importantes de la novela) contrapuestos al Este (Nueva York) “distorsionador”. Transcribimos aquí un fragmento de la introducción de Ingberg, en la que rastrea influencias de Conrad y Eliot en “El Gran Gatsby”.

 

Por Pablo Ingberg

Francis Scott Fitzgerald murió de un ataque al corazón en casa de Sheilab Graham el 21 de diciembre de 1940, con apenas cuarenta y cuatro años de edad. Zelda, que ya viuda avanzó en la escritura de una segunda novela nunca terminada, moriría en un incendio del Highland Hospital de Asheville el 10 de marzo de 1948, pocos meses antes de cumplir cuarenta y ocho. Los restos de ambos fueron enterrados originariamente en el Rockville Unión Cemetery de Rockville, Estado de Maryland, y en 1975, por gestiones de la hija, trasladados al terreno de la familia de él en el Saint Mary‘s Cemetery (Cementerio de Santa María) de la misma localidad, donde en su momento se habían negado a recibir los restos de Scott porque no había muerto como católico practicante. Sobre la tumba está grabada la frase final de El gran Gatsby.

En su cuesta abajo final, Fitzgerald vio cómo su amigo Hemingway, un joven poco menos que ignoto cuando él lo conoció, iba ascendiendo a la cumbre de la fama literaria. La de Fitzgerald seguiría hundiéndose incluso durante algunos años después de su muerte. Cierto es que nunca se lo olvidó o desconoció del todo, pero debió pasar un tiempo para que le adjudicaran un merecido lugar junto a Hemingway y Faulkner en el podio de la narrativa estadounidense de la primera mitad del siglo XX. El punto de inflexión se produjo en torno a la segunda adaptación cinematográfica de su Gatsby en 1949 y la publicación en 1951 del primer libro dedicado a su vida y obra, The Far Side of Paradise (El lado lejano del paraíso), de Arthur Mizener. De allí en más, su reputación comenzaría a crecer otra vez, ahora sobre bases más firmes. Si el cine le había sido un tanto esquivo en vida como fuente de ingresos, a partir de aquel segundo Gatsby de 1949 empezarían a multiplicarse las películas basadas sobre novelas o cuentos suyos o sobre su vida; por citar sólo algunos casos: Henry King dirigió en 1959 Días sin vida (Beloved Infidel), sobre la relación entre Fitzgerald y Sheilah Graham, encarnados por Gregory Peck y Deborah Kerr, y en 1961 una adaptación de Suave es la noche; Elia Kazan dirigió en 1976 El último magnate, con Robert De Niro, Tony Curtis, Robert Mitchum, Jeanne Moreau, Jack Nicholson; Jeremy Irons representó el papel de Fitzgerald en La última batalla (Last Call), dirigida por Henry Bromell en 2002, sobre la relación del escritor en sus últimos veinte meses de vida con una joven aspirante a escritora que trabajó como secretaria suya; El curioso caso de Benjamin Button, dirigida por David Fincher y protagonizada por Brad Pitt y Cate Blanchet, se basa en uno de los Cuentos de la era del jazz, en estos momentos (diciembre de 2010) se anuncia una segunda versión fílmica de Hermosos y malditos (la primera es de 1922) con Keira Knightley en el protagónico femenino, cuyo director iba a ser en un principio Nick Cassavetes pero acabó siendo John Curran. El cine, que tan poco lo apoyó en su vida y tanto acude a él después de su muerte en busca de historias, es otra de las grandes innovaciones de amplio impacto social que Fitzgerald vio surgir e incluyó con peso significativo en El gran Gatsby.

La concepción básica de Gatsby, hoy considerada una de las más grande novelas estadounidenses, le debe bastante a una novela y un poema. La novela es El corazón de las tinieblas (1902), del polaco-británico Joseph Conrad, donde un narrador testigo (Marlow, como aquí Nick Carraway) recuerda la historia de un personaje enigmático y moralmente oscuro a quien él conoció tiempo atrás en sus días finales (Kurtz, como aquí Gatsby). El poema, también endeudado con la novela de Conrad, es La tierra baldía (1922), del estadounidense-británico T.S. Eliot, de donde Fitzgerald toma, principalmente, la yuxtaposición o confluencia entre mito y paisaje urbano contemporáneo y el temperamento nervioso del personaje femenino que aparece al comienzo de la segunda parte del poema, Una partida de ajedrez, cuya encarnación novelística será aquí Daisy. En un par de ocasiones las palabras de Daisy evocan claramente la de la mujer innominada del poema (véase la nota a la traducción que lo señala una de esas veces). El “valle de cenizas” donde transcurren hechos cruciales de la novela no sólo es descrito, en su presentación, como una especie de tierra baldía, sino que además se lo llama allí con esas textuales palabras. La neblinosa Londres dantesca de Eliot (“Ciudad irreal, / Bajo la niebla parda de algún alba de invierno, / Fluía una multitud por el Puente de Londres, eran tantos, / No pensé que la muerte había deshecho a tantos”) se transforma en una Nueva York de cuento de hadas: “Por el gran puente, (...) con la ciudad subiendo al otro lado del río en montones blancos y terrones de azúcar construidos todos por un deseo con dinero no olfatorio”. La propia casa de Gatsby parece un castillo de cuento de hadas:

“Cuando volví a West Egg aquella noche, temí por un momento que mi casa estuviera en llamas. Las dos de la mañana y toda la esquina de la península resplandecía de luz, que caía irreal en las matas y hacía finos reflejos alargados en los cables del costado del camino. Al doblar en una esquina, vi que era la casa de Gatsby, iluminada de la torre al sótano”.

Nótese en la “luz, que caía irreal” el eco explícito de aquella “Ciudad irreal” de Eliot. Quien tenga más o menos grabado en la memoria La tierra baldía encontrará al leer Gatsby muchos otros ecos de ese tenor.

En un mundo embarcado en el mito del progreso, todo resplandece de luz artificial. Gatsby es un selfmade man, pero sus negocios son oscuros, no pueden mostrarse a la luz del día, aunque termina resultando ser mucho mejor persona que su rival y que prácticamente todos los asistentes a sus grandes fiestas a la Trimalción (personaje del Satiricón de Petronio cuyos banquetes descomunales les sirven de modelo). Su rival Tom Buchanan (pronúnciese biucánan) es un aristócrata obtusamente rancio y racista que hace trampa a su esposa, aunque es bueno para defender lo suyo. Jordan Baker hace trampas, y no sólo en el golf, porque no soporta perder. El único de los personajes principales que, fiel a sus escrúpulos provincianos, no hace trampas y además se gana el pan trabajando, es Nick, el narrador. Pero Nick proviene de una familia que lleva varias generaciones en el negocio de ferretería mayorista, un comercio sólido de productos sólidos, mientras que él, al menos en el período en que transcurre la acción de la novela, se inicia en el negocio de los bonos, un negocio abstracto con bienes abstractos, un “mito”, si se quiere, que estaría poco después en la base de la terrible crisis de 1929 y sigue estando en la base de duras crisis todavía hoy. En ese sentido, Fitzgerald no sólo resultó profético sino que continúa siéndolo.

Como tantas grandes novelas, El gran Gatsby puede leerse “en varias capas”. Es a primera vista una narración ágil escrita en prosa muy elegante con adecuadas dosis de romance y misterio. A segunda y sucesivas vistas, es posible ir encontrándole más y más riquezas, según permiten sospecharlo acaso las pocas pistas arriba esbozadas. Las innovaciones tecnológicas pueden aportar hoy a esta lectura alguna riqueza adicional: todas las canciones mencionadas o citadas a lo largo de la novela (salvo una ficticia, según se verá señalado en la nota correspondiente) pueden encontrarse y escucharse en la Internet; para posibilitar un mejor uso de esa opción o similares, los pasajes de canciones citados en el original los traduje en el mismo metro, de modo que quien así lo quiera pueda cantarlo siguiendo la música. La traducción de todas las citas incluidas en este prólogo y en las notas es mía.

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Francis Scott y Zelda Fitzgerald.

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“Farola”, de Giacomo Balla.



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