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“El odio a la música”

El silencio se ha convertido en un lujo (en un lujo preciado por pocos videntes), en un bien caro y casi imposible de conseguir en la vida moderna. Desde el canto fatídico de las sirenas hasta la música “involucrada en la ejecución de millones de seres humanos” en los campos de concentración nazis, el arte de combinar los sonidos se ha sostenido sobre una ambigua zona donde se chocan lo sublime y lo terrible. La oreja no tiene párpados ni defensa alguna. Mousiké y pavor; a esta vinculación dedica Pascal Quignard las meditaciones y citas de El odio a la música, que acaba de publicar El Cuenco de Plata.

“Apártate de la música”, aconsejaba Meister Eckhart. Y más: “No escuches nada”. En el reverso exacto, pues, de la agresión sonora que es quizás el componente esencial de la alienación actual, componente inevitable, inherente de la vida metropolitana y sintomáticamente, también propulsada a todo pulmón en las ciudades pequeñas y hasta en los pueblos, que se pliegan fervorosamente a la histeria con motos, con altavoces, con espectáculos no casualmente propulsadas por enloquecidas secretarías de culturas provinciales, municipales o parroquiales.

Pascal Quignard recorre la historia y la historia de la literatura para rastrear la “voz infernal” del cuerno de los pastores (Virgilio), en la infernal música (Primo Levi) que ya está en el silbato de los SS y en la tortura sonora que está sometido el ciudadano contemporáneo.

Pierre Vidal-Naquet escribió: “Menuhin podía sobrevivir a Auschwitz, no así Picasso”.

Quignard se pregunta por qué la música pudo verse involucrada en la ejecución de millones de seres humanos, y por qué tuvo en esa ejecución un papel más que activo. Anota: “La música viola el cuerpo humano. Pone de pie. Los ritmos musicales fascinan los ritmos corporales. Enfrentado a la música, el oído no puede cerrarse. Al ser un poder, la música se asocia a cualquier poder. Es esencialmente no igualitaria. Oír y obedecer van unidos. Un director, ejecutantes, personas obedientes: tal es la estructura que su ejecución instaura. Donde hay un director y ejecutantes, hay música. En sus relatos filosóficos, Platón nunca pensó en diferenciar la disciplina y la música, la guerra y la música, la jerarquía social y la música. Aun las estrellas: son Sirenas, según Platón, astros sonoros productores de orden y universo. Cadencia y medida. La marcha es cadenciosa, los garrotazos son cadenciosos, los saludos son cadenciosos. La primera función, o al menos la más cotidiana de las funciones asignadas a la música de las Lagerkapelle, consistió en acompasar la partida y el regreso de los Kommandos”.

Tolstoi sentenciaba: “Allí donde se quiere tener esclavos, hace falta la mayor cantidad de música posible”.

De haberlo leído, seguramente Quignard también hubiera citado El silenciero, de nuestro Antonio Di Benedetto.

“El odio a la música”

“Música ebria” (1982), de Enzo Cucchi.



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