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EDITORIAL

¿Cuál es el problema? ¿Dólar o inflación?

Es la pregunta más repetida en el ámbito económico y que mayor cantidad de comentarios ha generado en las últimas semanas, quizá porque cada respuesta tiene un propio disparador.

 

El gobierno parece estar decidido a distraernos con el dólar. Y mientras ello ocurre, la economía argentina no encuentra la receta adecuada para producir los anticuerpos que necesita. Varios analistas coinciden en que detrás del dólar hay una coyuntura cultural, en el sentido de que pensamos en dólares, porque en los últimos 50 años el peso perdió trece ceros de valor y, por lo tanto, nos obligaron a verlo con recelo. En consecuencia, el nuevo discurso oficial que nos incita a “empezar a pensar en pesos”, no se corresponde con la llaga histórica ni con el atesoramiento de dólares realizado durante años por la presidente y sus ministros, aunque ahora digan que convertirán sus ahorros a pesos por recomendación de Víctor Hugo Morales, nuevo escalón de la farandulización de la política. Mientras tanto, el gobierno combate la sangría de dólares con restricciones normativas y controles duros que alimentan la “incertidumbre” cambiaria.

El otro componente de la discusión es la situación fiscal, definida por muchos como la madre de todos los males, porque las planillas no traen buenos números. El Banco Central, más libre desde la reforma de su carta orgánica, debe financiar las arcas nacionales. Llegó así el primer empujón a la inflación (la real, claro está). Deberá advertirse que el tipo de cambio oficial se movió mucho menos que los precios y los costos internos, en tanto que algunos de nuestros principales destinos exportadores -como Brasil y la Unión Europea- han devaluado directa o indirectamente sus monedas respecto del dólar ganando competitividad.

Lo de Brasil nos afecta especialmente porque es el principal mercado de la Argentina y sus movimientos cambiarios afectan nuestra industria nacional en razón de que los costos internos de nuestras empresas -impactados por la inflación- reducen constantemente sus márgenes de rentabilidad. Las estadísticas señalan que, entre julio/2011 a junio/2012, el real brasileño se depreció un 32%. En igual período, la inflación en el vecino país fue del 5%. En consecuencia, Brasil tuvo una devaluación efectiva de 27%. En igual período, Argentina devaluó un 11%, pero con una inflación del 23% se produjo una apreciación efectiva del peso de 12%.

Las consecuencias están a la vista. En el primer semestre de 2011, el crecimiento de la economía argentina fue del 9%, pero los problemas estructurales del modelo lo redujeron al 3% en el segundo semestre. Ahora, en términos reales, en el primer trimestre se creció a 1% y en el segundo aparecerán los primeros números negativos. Ingresamos a un ciclo que combina la desaceleración del ritmo de crecimiento con inflación creciente y caída de la inversión. Si el gobierno erró el foco del problema, urge revisar la receta. Aún está a tiempo de evitar consecuencias peores. Pero hay que actuar sobre las causas.



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