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La vuelta al mundo

Egipto y los tiempos de la democracia

Rogelio Alaniz

Al momento de escribir esta nota -lunes a la mañana- en Egipto los dos candidatos se atribuían la victoria. Los números finales aún no se conocen, pero cualquiera que fuere el ganador la diferencia de votos será apenas de cuatro o cinco puntos, lo que quiere decir que ni el candidato militar ni el candidato religioso dispondrían de una mayoría absoluta.

Como se sabe, en las elecciones del domingo compitieron Ahmed Shafik, último primer ministro de Hosni Mubarak y el candidato más visible del continuismo, y Mohamed Mursi, el líder de los Hermanos Musulmanes, la fuerza política partidaria más importante de Egipto. Shafik y Mursi representan a los poderes tradicionales de este país que suele vivir de sus tradiciones: los militares y los religiosos. Lo curioso en este caso, es que ambos candidatos niegan esa filiación o, por lo menos, la relativizan. Shafik dice que en realidad él no ha sido funcionario de Mubarak, sino del Estado nacional, una distinción de lo más sofisticada para un régimen cuyo dato distintivo ha sido precisamente identificar gobierno y Estado durante décadas.

Por su parte, Mursi jura y perjura que sus objetivos en caso de llegar al poder, apuntarán a la constitución de un Estado moderno y democrático y no de un régimen teocrático como le imputan sus adversarios. Las declaraciones del candidato de los Hermanos Musulmanes son interesantes, pero no sé si confiables. El componente político distintivo de la formación política que representa es el religioso. Es verdad que en el interior de la “Hermanad” hay diferencias que en algunos casos se rebelaron como irreductibles, pero no es menos cierto que para sus principales líderes el objetivo religioso es innegociable y si alguna concesión se hace al respecto, será por razones tácticas, como se dice en estos casos.

Por lo pronto, conviene insistir que si Mursi es elegido presidente dispondrá de una oposición electoral que representa más del cuarenta por ciento de la población. Algo parecido en ese sentido le ocurrirá a Shafik si gana. Digamos entonces que desde el punto de vista democrático, esta paridad de fuerzas puede llegar a ser la mejor noticia ya que ningún candidato podrá hacer lo que se le dé la gana.

La situación en el caso que nos ocupa se complica, porque el candidato electo asumirá el poder sin Parlamento y sin Constitución. Según se dice, ésa será la próxima tarea del flamante gobierno, pero convengamos que para un país donde la cultura institucional es muy liviana, esta ausencia de instituciones es por lo menos preocupante, cuando no grave, porque en ese contexto las tradiciones autoritarias en un país que no conoce otras, pueden llegar a imponerse hasta por inercia.

Lo que queda claro es que la democracia en Egipto será muy singular, tan singular como puede serlo en un país que desde su independencia nunca vivió en una democracia que merezca ese nombre. Recordemos que el antecedente de Mubarak fue Sadat y Sadat fue el heredero de Nasser, todos militares, todos autoritarios y todos tributarios de una concepción del poder en sintonía con esa cultura y esa práctica.

Puede que esas soluciones hayan sido en su momento lo mejor para Egipto y puede que ahora no haya lugar para ello. De todos modos, creo que a nadie con un mínimo de seriedad intelectual se le hubiera ocurrido postular luego del derrocamiento del rey Faruk, una república parlamentaria anglosajona. La historia de Egipto de los últimos sesenta años está escrita en sus líneas fundamentales y al respecto hay muy poco que agregar.

Nasser, Sadat y Mubarak respondieron a una determinada necesitad histórica, fueron la consecuencia de determinadas coyunturas y lo que corresponde preguntarse en todo caso es si la Nación deberá seguir siendo gobernada por líderes militares nacionalistas y autoritarios o está en condiciones de iniciar una transición democrática con todos los límites, incertidumbres y tribulaciones que se abren hacia el futuro.

Por lo pronto, lo que no se debe perder de vista, es que los principales dirigentes y candidatos egipcios creen en la democracia pero no demasiado, sin olvidar que en más de un caso esa adhesión es más formal y oportunista que real. La democracia en Egipto sigue siendo un valor importado por más que algunos dirigentes locales se rasguen las vestiduras en su nombre. A los pobres no les dice nada interesante y para los ricos y los dueños del poder suele ser más una molestia que una virtud, en tanto una democracia que merezca ese nombre les recorta el poder y les pone límites, una pretensión que ningún hombre acostumbrado a ejercer el poder de manera absoluta, está dispuesto a conceder.

Al respecto no hay que llamarse a engaño. Han sido los compromisos internacionales derivados en la mayoría de los casos de las propias necesidades económicas, las que han puesto en el tapete el tema de la democracia. Esta verdad no tiene por qué alarmar ni inquietar a nadie. En todos los países donde la democracia existe y está consolidada, las presiones internacionales han sido importantes. También en todos estos países la democracia fue posible cuando logró configurar un acuerdo con el poder económico y una aceptación cultural en las clases medias que han sido en todas las circunstancias las verdaderas promotoras de las soluciones democráticas.

Egipto en ese sentido no es una excepción. Los únicos sectores interesados con cierta sinceridad en un orden republicano son los intelectuales, cierta burocracia estatal y las débiles capas medias. Han sido estos sectores quienes han tenido un protagonismo callejero en las rebeliones iniciadas en la Plaza de Tharir a principios de 2011. Como se recordará, desde allí salieron algunas de las protestas más ruidosas y fue en esos sectores donde el arma preferida de lucha fue el twitter.

Esto fue así, pero conviene hacer algunas consideraciones. En primer lugar, se trató de un sector minoritario y en segundo lugar no fueron los jóvenes estudiantes liberales o libertarios los únicos que estuvieron en la plaza y, mucho menos los que recurrieron a la modernidad informática para librar su lucha.

Es un error de Europa y Occidente en general identificar internet con democracia y revolución. Si bien puede que los avances tecnológicos contribuyan a configurar sociedades más libres y abiertas, nunca se debe desconocer que estos efectos pueden, en el mejor de los casos, operar a mediano y largo plazo y no en la coyuntura. Como la historia del siglo veinte se ha encargado de demostrarlo, autoritarios y totalitarios se han valido de los avances tecnológicos para cumplir con sus planes. Los nazis así lo han hecho y algo parecido puede decirse en otro nivel de los terroristas que demolieron las Torres Gemelas, la mayoría de ellos con estudios universitarios y capacitados en materia tecnológica con los avances más refinados de su tiempo.

Es una fantasía recurrente de Occidente suponer que las jornadas de Plaza Tharir iniciadas a principios de 2011 podrían compararse con las movilizaciones del Mayo Francés o con los tumultos que dieron lugar a la Primavera de Praga. Ya se sabe que es inevitable en las ciencias sociales comparar experiencias diferentes, pero una cosa es compararlas y otra muy distinta es asimilar una a otra.

El ejemplo de Irán en ese sentido debería haberlos aleccionado. La caída del Cha, una monarquía absolutista, corrupta y modernizante en términos imperialistas, no dio lugar a una democracia sino a una teocracia, algo no muy diferente a lo que sucedió en Argelia en su momento, a lo que puede estar pasando en Libia y a lo que podría ocurrir en Siria o en Arabia Saudita.

Muy a pesar de los intelectuales occidentales, las movilizaciones de Egipto no están amparadas ideológicamente por Voltaire o por Marx, sino por Mahoma. Esto me puede gustar o no, pero a los efectos de la política egipcia eso no tiene ninguna importancia porque serán ellos a quienes les compete decidir al respecto.

Por último, siempre se debe tener en cuenta que la democracia en Europa demoró siglos en consolidarse como tal. Para ello fue necesario una revolución en las ideas, en las estructuras del poder y en la economía. ¿Por qué lo que demoró tanto en la cuna de la democracia debe realizarse en tiempos mucho más breves en Medio Oriente? Ya es bastante que por lo menos de la boca para afuera un sector importante de la elite política de Egipto diga que en ciertas condiciones la democracia podría llegar a ser una solución aceptable y posible, pero esas condiciones necesitan madurar y a los tiempos los irán decidiendo los liderazgos internos y no las ansiedades de operadores externos o ideólogos excitados por lo que sucede en un mundo al que nunca dejaron de considerar extravagante.

Egipto y los tiempos de la democracia

Los dos candidatos se atribuyen la victoria. A la izquierda Mohamed Mursi, el líder de los Hermanos Musulmanes y a la derecha, Ahmed Shafik, último primer ministro de Hosni Mubarak y el candidato más visible del continuismo. Foto: EFE



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