Edición del Sábado 08 de diciembre de 2012

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7D: De la batalla al papelón - Edición Impresa - Opinión Opinión

Crónica política

7D: De la batalla al papelón

Rogelio Alaniz

La batalla del 7D concluyó como estaba previsto. Una resolución de la Cámara prorrogando la cautelar. Así de sencillo y de fácil para la Justicia y así de complicado y trágico para el oficialismo. ¿Aprenderán la lección? Lo dudo. Las declaraciones de la presidente permiten pronosticar otras batallas. Lo siento por ella. Ni la prepotencia, ni la excitación, ni la grosería lograrán brindarle a la señora un final épico, una jornada fundacional, un desenlace con música de Wagner como telón de fondo. Lo siento por ellos. El mundo, a pesar de todo, es más prosaico y previsible. También más razonable. La señora seguramente no lo conoce, pero alguna vez un poeta llamado Eliot escribió. “Así termina el mundo, no con un rugido sino con un gemido”. No le vendría mal a la viuda del Calafate reflexionar sobre esas palabras.

Seamos claros. La pelea por el campeonato no es entre la señora y Clarín, es entre la señora y la Constitución Nacional. No son los negocios de una empresa los que están en juego, lo que está en juego es el Estado de derecho. El gobierno sugiere que hay que terminar con la libertad de empresa, pero lo que yo temo es que quiere terminar con la libertad de expresión.

Escuchen o lean las declaraciones de Alak, Kunkel o Sabbatella, presten atención a las palabras, a los tonos, a la expresión de esos rostros, donde el desprecio, el cinismo y la violencia parecen darse la mano, presten atención a los detalles, porque allí encontrarán significados interesantes a la hora de evaluar la catadura política de los pioneros de una supuesta ley de medios democrática y popular.

Sobre este tema no hay que llamarse a engaño. Al gobierno no le importa la ley de medios, ni le importa la democratización de la información. Si alguien cree en eso es un ingenuo, no sabe nada de política, tiene intereses creados o se deja engañar porque está dispuesto a ser engañado. Al gobierno, lo único que le importa es que no lo critiquen, que no le ventilen sus secretos, que no haya diarios, radios o canales que lo objeten o lo controlen. Eso es todo. Lo demás es verso libre, cuentos del tío, velos ideológicos para engañar a incautos.

El debate hoy es político porque la señora se encargó de transformar lo que debería haber sido un trámite jurídico en una batalla. Imagino las objeciones. “Siempre fue político, porque una ley de medios es el producto de una decisión política”. Puede ser. Pero en una democracia civilizada no está mal que las diferencias se zanjen por la vía judicial, sobre todo si la otra alternativa es la guerra. ¿Exageraciones? En todo caso no soy yo el exagerado. No fui yo el que declaró “Vamos por todo”. Tampoco pertenece a mi autoría decir que a partir del 7D se ponía punto final a la cadena del desánimo. Por el contrario, fue el gobierno, y muy en particular la señora, los que azuzaron los ánimos tomando una fecha como símbolo de una batalla. Una batalla que no se libró porque nunca existió, porque no debía librarse, porque no había motivos para librarla, una batalla que sólo existió en la imaginación afiebrada del oficialismo, en ese afán perverso y autodestructivo de inventar enemigos.

Treinta millones de pesos se gastaron para publicitar durante meses por el programa “Fútbol para todos”, los contenidos de esa batalla. Treinta millones de pesos que, por supuesto, no los sacaron de sus bolsillos sino de los recursos públicos. Treinta millones de pesos tirados al aire para explicar un combaste que sólo existió en su fantasía. Es que cuando decide hacerse el guapo al gobierno siempre le pasa lo mismo. Me recuerda al fanfarrón del barrio que quería impresionar a las chicas con su coraje y cada vez que se enredaba en una pelea terminaba con los ojos negros.

No aprendieron la lección porque están ciegos o encandilados. Tampoco aprendieron la lección del 8 de noviembre, porque un mes después, solitos, se metieron en un berenjenal en el que lo más probable es que vuelvan a salir mal parados. La Cámara produjo el fallo esperado, es decir prorrogar la medida cautelar. Era lo razonable, lo justo y lo previsible. A la decisión todos la previmos, incluso el gobierno, que también sabía lo que iba a pasar. Las declaraciones histéricas de ministros, funcionarios y alcahuetes contra jueces y camaristas, eran el anticipo de la derrota.

Lo grave es que en el camino violaron normas, agraviaron a hombres de bien y por donde pasaron desparramaron estiércol recogido de la mano de ese monumento a la vulgaridad y la grosería que se llama Orlando Barone. Lo grave es que intentaron fumarse en pipa al Poder Judicial porque a decir verdad, no ahorraron aprietes, presiones, intrigas y promesas para transformar a los funcionarios judiciales en una reproducción morbosa de Oyarbide.

Fracasaron, pero van a volver a intentarlo, porque lo han dicho y porque su lógica política incluye necesariamente el avasallamiento de los poderes constitucionales. Es curiosa la moral política de los señores del oficialismo. Se indignan porque una Cámara extendió la cautelar, vociferan contra los jueces comprados por Clarín y escupen rayos y centellas contra los privilegios de la corporación mediática, pero el juez que ellos tienen para ofrecer como modelo, como alternativa a los jueces venales, se llama Oyarbide. Es curioso. Vociferan contra Clarín o La Nación, hablan de diarios vendepatrias y mercenarios, pero sus héroes comunicacionales se llaman Spolski, Garfunkel, Vila o Manzano.

Insisto, nadie de la oposición quiso librar una batalla el 7 de diciembre. El oficialismo fue el único que transformó una querella judicial en un combate por la liberación nacional. Como el Quijote de la Mancha sus lenguaraces confundieron molinos de viento con gigantes ilusorios, aunque a favor del Quijote habría que decir que el bravo hidalgo poseía una sabiduría y un sentido ético de la existencia, que estas damas y estos caballeros desconocen.

Clarín no necesita que yo lo defienda porque, a juzgar por los resultados, se sabe defender muy bien solo. De todos modos, no está mal recordar algunos hechos y advertir sobre algunos peligros. Recordar, por ejemplo, que durante toda la gestión de Él, el grupo Clarín fue su aliado incondicional y la alianza incluyó, por supuesto, muy buenos negocios para los dos. Pero luego las cosas cambiaron, y la libertad que hoy sobrevive en la Argentina está sostenida, entre otros, por Clarín. ¿Es así? Es así. Sin temores ni culpas hay que proclamar a los cuatro vientos que en estas circunstancias la defensa de Clarín es la defensa de la libertad de expresión y la libertad política. Como en el poema de Bertoldt Brecht, digo que ahora van por Clarín, pero mañana van a venir por mí o por nosotros.

¿Me estoy contradiciendo? En otros tiempos hubiera dicho: no soy contradictorio, soy dialéctico. En otros tiempos. O citando a Nietzsche: soy contradictorio, contengo multitudes. Pero dejemos las citas cultas para los muchachos de Carta Abierta y reflexionemos acerca de cómo pudo ser posible que Clarín haya pasado de ser socio de Kirchner a ser su enemigo. Y de ser uno de los garantes del régimen populista a ser uno de sus adversarios más enconados.

Sobre esto es mucho lo que puede decirse, pero a modo de síntesis, plantearía que a Clarín no le ha venido mal que alguien se decidiera a ponerle límites y, al mismo tiempo, a todos nos viene muy bien que en este momento Clarín sea quien con más estruendo denuncia que el rey o la reina- está desnudo.

Clarín tiene poder y seguramente lo seguirá teniendo en el futuro. Televisa, Prisa, O Globo, por mencionar algunos, también son poderosos y es probable de que dispongan de más poder que Clarín; sin embargo, no tengo noticias de que los presidentes de esos países destinen todos sus recursos para perseguirlos. Por el contrario, en el caso de Brasil, la presidente Dilma Roussef los tiene como aliados para combatir la corrupción.

Es en la Argentina, como en la Venezuela de Chávez, en el Ecuador de Correa, o en la Nicaragua de Ortega, donde los diarios son fiscalizados y los periodistas están catalogados casi como delincuentes. Es allí donde las conferencias de prensa no existen, y las cadenas nacionales son eternas ¡Oh casualidad! En todos esos casos se trata de regímenes populistas, autoritarios, liderados por caudillos que se creen eternos y que no admiten la crítica ni toleran controles.

Conclusión. El 7 de diciembre seguirá siendo recordado como el día en que fue asesinado Cicerón, o como el cumpleaños de Alberto Castillo y Armando Manzanero; o como la jornada en que Mitre fue derrotado en Santa Rosa, o como la fecha en la que Japón decidió bombardear Pearl Harbor. Quienes suponían que la efeméride se iba a enriquecer con una fecha memorable para la historia nacional deberán resignarse a objetivos más modestos, a vivir emociones más prosaicas, preferibles en cualquier caso al lastimoso papelón que acaban de protagonizar.



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