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Batalla campal y delitos flagrantes

Un grupo de barras de Colón atacó a la policía cuando intentaban apresar a un hincha con pedido de captura. A pesar de la gravedad de lo sucedido, sólo hubo un detenido. El resto logró escabullirse.

 

 

Apenas habían pasado algunos minutos del mediodía del viernes último cuando, frente al estadio del Club Colón, se desató una verdadera batalla campal entre la policía y un grupo de barras sabaleros. Hubo balas de gomas, palos, piedras, personas heridas y móviles policiales destruidos.

Poco después se supo que el enfrentamiento se inició cuando los efectivos detectaron entre los barras a un hombre con pedido de captura. Al intentar detenerlo, se produjo la reacción del resto de los hinchas que trataron de proteger a su compañero para evitar que fuera llevado a la cárcel.

Frente a la gravedad de los acontecimientos, resulta prácticamente incomprensible que sólo una persona fuera detenida por la policía. De hecho, cada uno de los que participó del ataque contra los uniformados cometió delitos flagrantes. Uno de los colectivos en los que debían viajar los barras fue interceptado poco después por personal policial, pero ya era tarde: estaba vacío.

El presidente de Colón, Germán Lerche, llamó a cada una de las partes involucradas en este flagelo a que se comprometan en la lucha contra los violentos: “Así se lo expresé al jefe de la Policía y le dije que tiene todo nuestro apoyo para que los violentos no entren más a una cancha de fútbol. Ahora apelamos a los organismo públicos para que puedan actuar”, afirmó en una entrevista radial.

Desde el Ministerio de Seguridad, el responsable del área de coordinación de espectáculos deportivos, Pablo Farías, no se mostró tan seguro. Cuando se le preguntó si cuenta con el total apoyo de las dirigencias de los clubes, su respuesta fue dubitativa. Y entre tantas dudas, dejó entrever la posibilidad de que los responsables de los clubes no actúen con la debida firmeza por temor a represalias de los barras.

Lo cierto es que en la nómina de hinchas que atacaron a los policías frente al estadio de Colón aparecen nombres que se repiten con los de aquellos que, en octubre del año pasado, protagonizaron destrozos, asaltos y hechos de violencia en inmediaciones de la cancha de Cerro Porteño, en la ciudad de Asunción del Paraguay.

El viernes, este grupo de barras tenía pensado viajar a Buenos Aires para asistir al partido entre Colón y Racing. Lo iban a hacer en dos colectivos, lo que demuestra que no son tantos: la dirigencia del club, la policía y la Justicia, seguramente cuentan con cada uno de los nombres y antecedentes de estos personajes dispuestos a seguir delinquiendo frente a la pasividad de quienes deberían hacer algo para terminar con esta locura.

Los verdaderos hinchas, no se suben a los mismos colectivos. Les temen a los barras, pues saben que, más allá de la camiseta, son simples delincuentes que no suelen hacer distinciones a la hora de elegir a sus víctimas.

Es cierto que el delito se multiplica en cada uno de los estamentos de la sociedad. Sin embargo, cuesta encontrar fuera del fútbol un ámbito en el que la delincuencia común opere con semejante poder, impunidad y desparpajo.

Más allá de los anuncios y las expresiones de deseo, la realidad indica que la violencia en el fútbol continúa presente bajo un pesado y oscuro manto de sospecha, complicidad e hipocresía.



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