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Los muros

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“El ángel de lo extraño”, de Gastón Redon.

 

Carlos Catania

“La rebelión es metafísica porque discute los fines del hombre y de la creación”. (Albert Camus).

En el transcurso del tiempo muchas veces me he preguntado lo que con seguridad inquieta a mucha gente: ante el escenario de este mundo, ¿qué podemos hacer para que las esperanzas sean desplazadas por la acción? Tal pareciera que frente a las esperanzas inertes y multitudinarias, cuya tarea se limita simplemente a esperar, al universo humano no se le mueve un pelo. Otra pregunta ensambla con la anterior: ¿cómo integrar una mayoría universal de actores de reparto, a fin de montar una obra que frene o liquide las causas por las cuales el estruendo y la furia de la consagrada estupidez de la especie reina cada vez más admitida?

A poco de escribir lo anterior ya percibo la utopía que destilan esas preguntas, alzándose como un muro frente a pensamientos que, bien calibrados, podrían calificarse de idiotas, como resultado de ignorar una realidad total, incluyendo la que no se ve. Una más: ¿no será mejor que me desprenda de andamiajes teóricos y me ocupe de lo que anda mal en mí? Muy probable. Por otra parte, considero que en el terreno del Arte y de la Filosofía, dichas preguntas ya han sido planteadas por grandes protagonistas del drama humano. Bien mirado, en gran medida, salvo en el terreno teleológico, no han hallado respuesta. Si a esto añadimos las exigencias que la inmediatez requiere de las personas, sus trabajos y sus días, cabe una cuarta pregunta: ¿entonces, qué?

Cuando siento que mis afanes superan mis posibilidades, saco de la biblioteca El mito de Sísifo y El hombre rebelde, dos libros que hace muchos años aportaron a mi existencia ciertas luminosidades que hasta ese momento me estaban prohibidas. Albert Camus hablaba en un tono diferente, en el tono de un ensayista que además era dramaturgo y novelista. Apuntando al centro de la existencia comenzaba con lo absurdo y el suicidio, sosteniendo que juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. “Lo demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueva o doce categorías, viene a continuación”. Como inicio, vale la pena prestarle atención. Vayamos a lo evidente.

Una era en que se explota comercialmente la violencia, el crimen, lo banal y el sensacionalismo, estimula el habitual torrente de chismografía, la asqueante aplicación de la “fama” a encantadoras mediocridades y el vibrante espectáculo diario de muertes y violaciones. Las muertes, como quiera que se hayan producido, caen en mano de entusiastas informadores, encargados de estrujar como un paño las noticias para procurar la ducha diaria de un público que busca entretenerse. Una especie de obituario moderno.

¿Qué dicen los grandes? “La barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura” (Finkielkraut). “Hoy se descubre que la emancipación no es más que la mejor manera de vender a los esclavos el simulacro del poder y de la libertad” (Braudrillard). “Vivimos la era del vacío” (Lipovetsky), etc.

Todo parece indicar que en mayor medida somos sujetos montados en la Carreta de los Errores, en camino hacia la nada. En ese camino, encuentro una piedra: toda teoría acerca de comportamientos adoptados por nosotros, los llamados hombres, está limitada por la existencia de seres indefensos ante el frío y el hambre, cuyos problemas inmediatos no encajan en moldes de antropología cultural. Nadie puede ante el mundo decirse inocente. Menos que nadie, el que permanece encerrado en su cueva, satisfecho de su estéril existencia de almohadón, indiferente cuando no molesto por seres semejantes que luchan cotidianamente para sobrevivir.

Volviendo a Camus, que después de describir la sensación y luego la noción de absurdo, nos dice: “Si tengo por cierto este absurdo que rige mis relaciones con la vida, si me empapo en esta sensación que se apodera de mí ante los espectáculos del mundo, de esta clarividencia que me impone la búsqueda de una ciencia, debo sacrificar todo a estas certidumbres y debo mirarlas de frente para poder mantenerlas. Sobre todo debo ajustar a ellas mi conducta y seguirlas en todas sus consecuencias. Hablo aquí de honradez, pero quiero saber antes si el pensamiento puede vivir en estos desiertos”.

Desde luego, para el que te dije, esto nada significa, pues se encuentra entontecido por el juego constante de eludir. Pero el malestar está al comienzo de una vida consciente, incluso en él. Y si por ejemplo le digo que para Camus la rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarla, seguramente echará candado a su cerebro y se irá a dormir la siesta. Dejémoslo así.

Por razones de espacio, dejo para otra ocasión el examen de términos que pueden dar lugar a malentendidos, como el absurdo, la rebelión y los desiertos. Respecto a la rebelión adelanto, por ahora, que para Camus es profundamente positiva, pues revela lo que hay que defender siempre en el hombre. Digamos que el resto es silencio.

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Albert Camus. Foto: Archivo El litoral

 



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