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Un escritor relevante de la literatura rioplatense

Un escritor relevante de la literatura rioplatense

El 19 de febrero de 1937 Horacio Quiroga decide poner fin a su vida al enterarse de que su enfermedad era terminal. Como solidarizándose con el destino de tantos personajes de sus cuentos, crea para él mismo un final trágico y da paso a “la curiosidad un poco romántica por el fantástico viaje”. Aquí, un repaso por su obra y un homenaje bajo el título “Regreso al paraíso”.

TEXTOS. SUSANA PERSELLO (susanapersello@gmail.com). ILUSTRACIÓN. LUCAS CEJAS.

 

Nació en Salto, Uruguay, el 31 de diciembre de 1878. Hijo de una uruguaya y un argentino radicado en Uruguay, fue criado y educado en su tierra natal, pero consagrado como escritor en Argentina y tiene, como pocos, el derecho a ser considerado rioplatense. Por su tradición, por su sangre, por la anécdota de su vida, pertenece cabalmente a la cuenca del Río de la Plata. “esa cuenca que también abarca, geográfica y culturalmente, todo el sur del Brasil, todo el Paraguay, buena parte de Bolivia, más aún por haber fijado parte de su vida y su obra en la región tropical de Misiones, allí donde se encuentran las fronteras de Argentina, Paraguay y Brasil”.

Horacio Quiroga expresa simbólicamente ese retorno a las raíces americanas que constituye una meta final de su destino creador. En el curso de su vida y en el trazado de su obra se revela ese desandar lo andado, ese abandonar la ciudades costeras (Salto, donde nació; Montevideo donde recibió el primer espaldarazo; Buenos Aires donde se hizo realmente famoso) para hundirse en la entraña selvática. En América los puertos son factorías coloniales europeas, en tanto que la selva es la matriz misma. En el gesto de abandonar los puertos para encerrarse en la selva, asume su destino americano más hondo. Por eso su obra, desarrollada creativamente entre 1900 y 1926, anticipa ese gran movimiento de la narrativa americana en el primer tercio del siglo hacia una radicación en la tierra. En la crítica literaria su obra será situada entre la declinación del modernismo y la emergencia de las vanguardias.

EL CUENTO, SU MORADA

Vida y obra íntimamente ligadas nos trazan una línea que conduce a descubrir que gran parte de sus creaciones pueden considerarse autobiográficas, o dicho de otra manera, si leemos su biografía podríamos decir que estamos ante una novela a la que escribió viviéndola.

Su producción es profusa, conocida y también suficientemente divulgada como para describir en este espacio, ya que escribió para niños y para adultos, abarcando todos los géneros. Sus biógrafos reconocen que varios de sus escritos fueron rechazados por periódicos y editoriales, unas veces porque no tenían suficiente calidad, otras porque los temas no interesaban.

Recibió críticas adversas, en especial hacia la poesía (Los arrecifes de Coral), por lo que Pedro Orgambide dijo que “la poesía fue para Quiroga un refugio, no una morada, un refugio demasiado frágil como para albergar su vida”. El género en el que se destaca, donde encuentra morada, es el cuento y así lo expresa: “Luché porque el cuento tuviera una sola línea trazada por una mano sin temblor desde el principio al fin. Ningún obstáculo, adorno o digresión debía acudir a aflojar la tensión de su hilo. El cuento era, para el fin que le es intrínseco, una flecha que, cuidadosamente apuntada, parte del arco para ir a dar directamente al blanco”.

Es admirador de Edgar Allan Poe, en algunos textos hasta ha hecho imitaciones deliberadas, también de Guy de Maupassant, Rudyard Kipling, y Anton Chejov, y muy amigo de Leopoldo Lugones. “Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo”, dice en el primer punto su “Decálogo del Perfecto Cuentista”.

Fuera de sus cuentos ambientados en el espacio selvático misionero, abordó los relatos de temática parapsicológica o paranormal, al estilo de lo que hoy conocemos como literatura de anticipación.

Entre sus libros más celebrados podemos mencionar “Cuentos de Amor de locura y de Muerte”, “Cuentos de la Selva”, “Anaconda”, “El desierto”, “Más Allá”, y “Los Desterrados”, este último -sin duda- su obra más compleja y equilibrada.

“Regreso al paraíso” es un imaginario viaje de retorno de Horacio Quiroga a la casa de Misiones, después de su muerte acaecida en Buenos Aires. Liberado de sus tormentos físicos vuelve para vivir la eternidad en ese lugar que lo cautivara e inspirara gran parte de su obra y a reencontrarse con su amigo, vecino del lugar que había fallecido unos años antes.

“El camino rojo y angosto viborea hacia adentro. Las sombras de los árboles se arrojan sobre la figura del hombre que avanza seguro, superando piedras sueltas, a paso muy lento. Finas corrientes cruzan como venas abiertas llevando un agua tan roja como la tierra, indicios de un reciente chaparrón. Corre un venado, vuela espantado un dormilón. Dos ojos lo siguen desde un costado con la mirada encendida, el hombre también lo mira como preguntándole si lo reconoce. El animal huye. Cerros con capuera, por allá un rozado, perfiles de yerbales, magníficos pinares, tabacales. Un cachapé con bueyes guiado por un polaco se detiene para preguntarle si quiere subir, mientras le advierte que tenga cuidado porque ayer vieron al yacíyateré merodeando por esos lugares. El caminante le agradece y sigue, el yaciyateré ya no le puede anunciar nada. Su propósito es volver pisando cada metro de esta tierra entrañable y de la que nunca debió haberse ido. Y menos para morir. Es la hora en que las sombras invaden, el momento en que la luz blanca de la luna llena y los restos de la claridad de la tarde ofrecen la extraña sensación de estar iluminados por una lámpara estelar. Se está yendo otro día de febrero, aunque para él eso ya no importa.

“Baja el cerro más alto, llega a un puentecito que todavía conserva dos de los cuatro travesaños originales que alguna vez él puso para hacer su camino. En partes la picada se cierra, no le cuesta abrirse paso entre la maraña de lianas, helechos y troncos secos o verdes entrelazados en nudos inextricables. De pronto pisa algo blando, un recuerdo lo estremece mientras su brazo enérgico y hábil se descarga sobre una víbora que se yergue de repente, venciéndola. Episodio vivido una vez, en otro regreso cuando al matar una yarará, mató al hombre de ciudad que había sido para que renaciera en él el ser del monte y de la tierra brava. Se le acelera el corazón porque en ese reino todo palpita, todo late, y a partir de hoy, infinitamente.

“Bordea la casa de un vecino, por este cerro hay varios. Ve la escena en un crescendo a medida que avanza, pero si estuviera detenido vería lo mismo en una sola: casa de madera sin color, techos a dos aguas, tarros con helechos, malvones, paletas de pintor. La yunta de bueyes esperando el día, gallinas y patos en envidiable convivencia con algún coatí. En el rectángulo pequeño de una ventana apenas iluminada se recortan siluetas, inconfundibles perfiles de rasgos europeos, esos desterrados que sumieron sus raíces en el mismo suelo que él eligió.

“Nuevamente un corto trayecto de monte y plantaciones con su dibujo de encaje en las penumbras, más ojos brillosos que lo siguen, murmullos enigmáticos, suaves voces indescifrables. Por fin la meseta, el río, su río por todos lados. A pesar de haber hecho varias veces este camino, nunca sintió la dicha de ahora; la visión lo impacta, no puede dejar de conmoverse y estar exultante. La oscuridad ya casi total, el brillo incomparable de las estrellas y un silencio casi infinito sólo interrumpido por anónimos silbidos que llegan desde el monte, son parte de un paisaje de ilusión donde reina absoluta armonía y que aguarda el estallido de los colores del día.

“Es el fin del viaje, el fin de una vida. Llega despojado de tormentos físicos y de los otros, despojado de equipajes, despojado de todo, porque todo está aquí, en su paraíso. La casa de la meseta lo espera con sus rosales, jazmines y glicinas. Palmeras, alcanforeras japonesas, orquídeas y flores exóticas, especies de otras tierras pero que prosperaron en la suya. Árboles raros albergan a los chingolos, tijeretas, zorzales, tórtolas, tordos y pirinchos que por ahora están en un profundo silencio. Él trata de no alterar la paz del momento. Su llegada es silenciosa, prudente.

“Le sorprende ver la ventana iluminada y un pájaro extraño picoteando el vidrio; es el mismo que otras veces lo visitara mientras leía en su rincón favorito, decían que anunciaba tormentas. Se le acerca lentamente, feliz por el reencuentro. Demora el ingreso deleitándose con el juego de penumbras y estrellas, ojos brillosos y sonidos del monte, murmullos, aleteos y cascabeles. Un sapucay lejano le arranca una sonrisa pensando en la alegría de ese paisano. Camina hasta el río, deja que su mirada serena lo recorra, salta fugazmente un dorado rompiendo el cristal de la superficie y unas gotas llegan hasta su cara. Reacciona. Se dispone a hacer los pasos que restan hasta la casa.

“La puerta se abre sin que él la toque, las ventanas también. Escucha de repente el canto de los pájaros. Entra sintiendo que cada partícula de su ser es esa casa y ese jardín, que palpitan juntos. Es la plenitud, es la gracia de estar en el paraíso.

“Apareció en el living la imagen del carpintero artesano, un amigo del lugar, hombre sencillo y humilde que lo ayudaba en el taller, y al que una vez lo picó una cascabel.

‘- Buenas noches, Horacio. Por fin llegaste. Te estaba esperando’ ”.

REGRESO AL PARAÍSO: UN HOMENAJE

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LA OBRA

Para conocer más sobre Horacio Quiroga se puede consultar “Genio y Figura de Horacio Quiroga”, de Emir Rodríguez Monegal, (Editorial Universitaria de Buenos Aires-1969), que analiza profundamente al escritor en todos sus aspectos.



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