Crónicas de la historia

San Martín en España y la batalla de Bailén

17-BAILEN.jpg

La batalla de Bailén de Augusto Ferrer Dalmau.

por Rogelio Alaniz

[email protected]

Bailén es una ciudad española ubicada a unos 250 kilómetros de Madrid. Son ciudades antiguas con sus leyendas y sus tradiciones, pero para nosotros los argentinos su importancia reside en que allí, el 18 de julio de 1808, se libró una batalla entre españoles y franceses que incluyó la participación destacada del joven oficial José de San Martín, un militar que para esa fecha tenía por lo menos más de diez años de antigüedad y entre sus experiencias personales se jactaba de haber saludado en su condición de soldado del célebre Regimiento de Murcia a Napoleón, en los tiempos, claro está, en que los franceses eran aliados de los españoles.

Objetivamente hablando, la batalla de Bailén ganó su lugar en la historia por razones mucho más amplias que la participación de San Martín. Fue una batalla en la que participaron alrededor de cuarenta mil hombres, duró casi nueve horas y los soldados pelearon bajo un solazo que levantó la temperatura a más de cuarenta grados. Bailén fue la primera derrota de las tropas de Napoleón en campo abierto. La leyenda dice que cuando Napoleón se enteró de la noticia se puso furioso y decidió meterse él mismo en España, una mala noticia para los españoles porque una cosa era derrotar a los generales Dupont o Vedel y otra, muy diferente, vérselas con el propio Corso en el campo de batalla.

Bailén significó entonces que los franceses podían ser derrotados y que la resistencia española a la ocupación no era broma. Sus oficiales y sus tropas peleaban con coraje e inteligencia, pero además sumaron a la estrategia de los combates tradicionales un aporte absolutamente novedoso en las luchas de resistencia contra las ocupaciones extranjeras: la guerra de guerrillas, es decir, el empleo de comandos armados y partidas ágiles y móviles que eluden el enfrentamiento abierto, pero se valen del conocimiento del terreno, la solidaridad de la población y el coraje para tender emboscadas, debilitar y desmoralizan a un enemigo que no está en condiciones de pelear contra atacantes que golpean de sorpresa y huyen.

Repasemos algunos hechos. Como consecuencia del tratado de Fontainebleu firmado en 1807 entre Godoy y Napoleón, se permite que los franceses puedan ingresar a España para ocupar Portugal, aliado estratégico de Inglaterra. Napoleón aprovecha las circunstancias para quedarse con España, una maniobra que incluye la deposición -la vergonzosa deposición- de la corona española.

El 2 de mayo de 1808 el alcalde de Móstoles inicia con su célebre llamamiento la resistencia de España a la ocupación francesa. Mientras la monarquía capitulaba en toda la línea, el pueblo español se levantaba en armas en Madrid y luego en todas las ciudades y pueblos del país. Murat, el mariscal preferido de Napoleón, reprimió sin asco y las imágenes históricas más elocuentes las brindó Goya con sus célebres cuadros en los que se registran los fusilamientos de los resistentes y las luchas callejeras en el centro de Madrid, refriegas que se libraron puerta por puerta y casa por casa.

La literatura también es una excelente auxiliadora de la historia, como lo testimonian los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Precisamente el tomo tercero “El 19 de marzo y el 2 de mayo” y el cuarto, “Bailén”, aluden a estos episodios de resistencias con su principal protagonista, el joven gaditano, valiente y enamorado como un D'Artagnan, Gabriel de Araceli. Por su parte, Espronceda, Alarcón y, en los últimos años, Pérez Reverte se han referido a estos acontecimientos. “Un día de cólera” de Pérez Reverte merece leerse.

Que nadie se alarme: no me salgo de la historia hablando de las pinturas de Goya o las novelas de Pérez Galdós, por el contrario creo que el arte enriquece a la historia, la puebla de imágenes, establece una relación más vívida, más intensa con el pasado. Estuve en Bailén hace un par de años. Saludé la estatua a San Martín levantada por nuestra embajada y presté atención al escudo de la ciudad en el que se destacan las armas y un cántaro, un cántaro agujerado por un disparo, el cántaro que la historia asegura llevaba María Bellido para asistir con agua a los soldados españoles. También cuando estuve en el Museo del Prado aprecié el cuadro “La rendición de Bailén”, de José Casado de Alisal y el cuadro de Ferrer Dalmau que ilustra escenas de la propia batalla de Bailén.

Controlado Madrid a sangre y fuego, las tropas napoleónicas del mariscal Pierre Antoine de Dupont avanzan rumbo a Cádiz con el objetivo de rescatar la escuadra francesas de Rosily, la escuadra cuya permanencia en la zona motivó las escenas salvajes protagonizadas por un populacho enardecido y que concluyeron con el linchamiento del general Solanas, el ilustrado jefe militar que tenía como ayudante a un San Martín que por primera vez contemplaría horrorizado lo que era capaz de llegar la multitud irracional y salvaje.

Dupont marcha hacia el sur de España al frente de alrededor de veinte mil hombres. En Valdepeñas, descubren que el pueblo español le puede llegar a hacer la vida imposible. Allí, deciden dejar de lado los llamamientos diplomáticos y aplicar mano dura contra los resistentes. “Pueblo tomado, pueblo arrasado”, será la consigna que aplicarán al pie de la letra. El 8 de junio sus tropas saquean Córdoba y diez días después se instalan en Andújar a la espera de la llegada del mariscal Honoré Antoine Marie Vedel, una espera que por el azar o el destino luego será clave en el desenlace de la batalla.

En Sevilla, Cádiz, Granada, los españoles se movilizan para organizar la resistencia. El jefe militar de las tropas será el general Francisco Javier Castaños, monárquico, conservador. La victoria de Bailén lo transformará en uno de los militares clave del ejército español. Veinticinco años más tarde la monarquía española le otorgará a este solterón introvertido y fernandino el título nobiliario de duque de Bailén.

El ejército español se formará con milicianos voluntarios; predominará la infantería, el entusiasmo, el coraje y en más de un caso, la improvisación. En estas condiciones se logra organizar un ejército de alrededor de veinticinco mil hombres distribuidos en tres divisiones a cargo de Antonjo Malet, marqués de Coupigny, cuyo ayudante de campo será el capitán José de San Martín, prestigiado por el coraje y la iniciativa desplegada en el combate de Arjonilla; la segunda división estará a cargo de los generales Félix Jones y Manuel de la Peña; la tercera división estará dirigida por el oficial suizo Teodoro Reding, más una columna volante de siete mil hombres a cargo del coronel Juan de la Cruz.

En la última semana de junio y las dos primeras de julio columnas de los ejércitos sostienen enfrentamientos esporádicos, pequeños combates. Precisamente, el combate de Arjonilla se librará el 23 de junio. San Martín, al frente de unos veinte soldados muy bien montados, ataca a cincuenta coraceros franceses y los hace huir. Fue una atropellada de sorpresa, muy efectiva porque murieron diecisiete coraceros. Y no hubo más bajas porque a San Martín le ordenaron que cesara la persecución.

Un dato curioso para los amigos de las casualidades o los caprichosos juegos del destino. En este combate el caballo de San Martín fue herido y los soldados franceses se precipitaron contra él para liquidarlo. Allí, un soldado andaluz, de quien la historia no registra su apellido pero sí su nombre, Juan de Dios, lo defenderá espada en mano, defensa a la que se sumará Pedro de Martos, otro soldado.

San Martín salva su vida a duras penas gracias estas intervenciones que de alguna manera fueron providenciales. ¿Como en San Lorenzo cinco años más tarde? Como en San Lorenzo. En Arjonilla, Juan de Dios y Pedro de Martos anticiparon a Juan Bautista Cabral y Juan Bautista Baigorria.

Para fines de junio, las tropas españolas dirigidas por Castaños se instalan en la localidad de Porcuna; las tropas francesas de Dupont levantaron sus campamentos en Andújar, población ubicada a 28 kilómetros de Bailén, el escenario definitivo de la batalla, aunque los soldados todavía no saben que será allí donde se confirmará la cita con la Historia.

(Continuará)