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La vuelta al mundo (*)

Los cien años de la revolución rusa

Rogelio Alaniz

El aniversario habilita la mirada histórica. Se recuerda la revolución y el fracaso de la revolución. Gloria y caída. Y sin atenuantes. El tema hoy interesa más a los historiadores que al común de la gente. En el campo intelectual y en el mundo estético sospecho que su importancia es mínima. Ironías de la historia con una revolución que en su momento, al decir de John Reed, conmovió al mundo y en particular a intelectuales y artistas que suponían que esa revolución daba respuestas a los interrogantes más nobles e ilustrados de la humanidad.

Cien años después de las jornadas de octubre (o noviembre, según el calendario disponible) de 1917, todo está puesto en debate, incluso el concepto mismo de revolución. ¿Revolución o golpe de Estado? Me inclino a sostener la versión clásica de revolución. Hay buenos argumentos de un lado y del otro, pero estimo que aquello que se inició en 1917 es lo más parecido que podemos conocer al concepto e incluso al mito que el mundo moderno forjó con la palabra revolución. Agregaría, además, que los hombres que la protagonizaron, e incluso quienes se opusieron a ella compartieron, desde perspectivas opuestas, la certeza de que las jornadas que se vivían eran revolucionarias.

El segundo debate, es acerca de si la verdadera revolución fue la de febrero o la de octubre. Para los bolcheviques no hay dudas: octubre es la verdadera revolución. Pero para liberales y socialistas tampoco hay dudas de que la verdadera revolución es la de febrero, es decir la que derrota al zar, pone fin a la autocracia y reconoce las libertades civiles y políticas de una república “burguesa”.

Octubre, para mencheviques y socialistas, para intelectuales de la talla de Mártov, Struve, Plejánov o Kautsky, es la negación de febrero y para algunos de ellos su versión totalitaria, cuando no la contrarevolución.

La izquierda leninista y troskista reivindicará en toda la línea el acto fundacional de octubre. Argumentará que la revolución de febrero fue democrática-burguesa y la de octubre, socialista. Que desde febrero a octubre ocurrieron acontecimientos extraordinarios protagonizados por las masas dirigidas por líderes dotados del conocimiento de las leyes de la historia y de la voluntad de hacer realidad aquella consigna de Marx de tomar el cielo por asalto.

El tercer debate, es acerca de las modalidades mismas de la revolución. Decía que quienes la hicieron estaban convencidos de disponer de los atributos de la razón y de la ciencia. Los revolucionarios -podemos suponer- creían sinceramente en la nobleza de sus objetivos y que esos objetivos estaban respaldados por las leyes de la historia. Asimismo, el escenario que los incluía como protagonistas era apenas una parte de un escenario mucho mayor, un escenario que sumaba al mundo, porque la revolución en clave marxista era internacionalista. Es más, su única posibilidad de subsistencia era su su extensión a toda Europa.

Otra fuente histórica de legitimidad ilustra a esta revolución. Octubre es la continuidad de la revolución francesa, revolución que contemplada desde el siglo veinte incluía como protagonistas virtuosos a los jacobinos, de los cuales los bolcheviques se consideraban sus auténticos herederos. La revolución rusa, por lo tanto, se inscribe a través de su relación con la francesa en la historia universal. Y lo hace exhibiendo sus más nobles pergaminos.

Los bolcheviques toman el poder con las convicciones fuertes que asisten a quienes poseen la certeza de la fe y la pasión del fanatismo. Lo importante a destacar es que logran convencerse ellos y convencer a la “humanidad”. Marx es Dios, Lenin su profeta, Trotski su apóstol y Stalin su verdugo.

Otro debate es acerca de lo que podríamos denominar los acontecimientos reales que hicieron posible el derrumbe del zarismo, la revolución de febrero y luego la de octubre. Ya en 1905 había estallado en Rusia lo que los marxistas calificaron como el ensayo revolucionario, con movilizaciones callejeras y la constitución de los primeros soviets, esa suerte de comités integrados por obreros y campesinos y dirigidos por intelectuales a los que luego esos mismos intelectuales le atribuirán roles de doble poder.

Pero sin duda que lo que precipita la caída del zarismo -además de su anacronismo, la incompetencia de sus monarcas y colaboradores- es la Primera Guerra Mundial y las condiciones de extrema pobreza que ocasiona en la población civil y en los cientos de miles de soldados que mueren como moscas en las trincheras y en los frentes de guerra. El gobierno que sucede a los zares no logra dar una respuesta a los dilemas de la guerra. Esa incapacidad para atender la crisis, es la que aprovecharán con maestría de conspiradores Lenin y Trotski.

¿Fue una revolución marxista? Lo fue en el sentido que quienes la hicieron así se declaraban. Pero el debate que se inicia en esas jornada y continúa hasta la actualidad, es si efectivamente era posible una revolución “proletaria” en un país atrasado y con con una base social campesina.

Lenin responderá a estas objeciones con un argumento clave. Sostendrá en “El imperialismo, fase superior del capitalismo” y otros textos, la teoría del eslabón más débil. Rusia es por lo tanto ese eslabón que los bolcheviques han logrado romper gracias a su decisión.

El otro argumento leninista será el de la construcción del partido, el partido de revolucionarios profesionales. El Partido, así con mayúscula, es para muchos el aporte decisivo del leninismo a la teoría y la táctica revolucionaria. Ese partido se llama Partido Comunista, dueño y señor de la historia y titular de una voluntad de poder que hubiera despertado el asombro y la envidia de Maquiavelo.

El principio de que a la revolución se subordina todo y que la iglesia de esa revolución es el partido explica lo demás: la supresión de las libertades, la disolución de toda oposición y el terror político.

A pocas semanas de la toma del Palacio de Invierno se disuelve la Asamblea Constituyente y se crea la Checa, la temible policía secreta que en pocos meses será sinónimo de terror. La Checa, antecedente de la GPU y la KGB. El instrumento del terror que hará posible, como dijera un jefe bolchevique, que así como durante el zarismo un puñado de terrateniente dominó y explotó a toda Rusia, ahora un puñado de revolucionarios podrá liberar a toda Rusia.

De aquella crispada pasión revolucionaria no quedó nada. O quedó lo único que merecía quedar: la policía secreta y sus titulares devenidos hoy en jefes de Estado. El experimento se derrumbó setenta años después agotado por sus insalvables contradicciones. El balance es desolador: millones de muertos ejecutados en las sombras, aniquilados durante las hambrunas colectivas y las traslados forzosos. La tragedia incluyó a los jefes de la revolución bolchevique, ya que también en este punto se cumplió con otra de las leyes de hierro de toda revolución: devorar a sus propios hijos.

A modo de conclusión, podría decirse que no por casualidad el exclusivo aporte que la revolución de octubre de 1917 le hizo a la humanidad no fue la igualdad, porque nunca murió tanta gente de hambre; no fue la libertad, porque ni en los tiempos de los zares las libertades estuvieron tan negadas; no fue la creación estética, porque sus artistas fueron ejecutados en los paredones, internados en los gulags o domesticados en las usinas del poder.

¿Cuál fue entonces ese aporte? Los servicios secretos, la policía política, el espionaje interno. En esas faenas fueron maestros. Y tal vez no sea casualidad que quienes desde 1989 dirigen los destinos de Rusia se hayan fogueado en las oficinas del control social, en los sótanos de los interrogatorios, administrando los campos de concentración y decidiendo acerca de la vida y la muerte de cada persona. Me refiero, entre otros, a Gorbachov, Yeltsin y Putin.

Triste, solitario y final, diría Chandler. O como escribiera Cadícamo; “Qué grande ha sido nuestro amor y sin embargo, ay, mira lo que quedó”.

(*) Con esta nota en “La vuelta al mundo”, me despido de los lectores de El Litoral, quienes tuvieron la paciencia de acompañarme durante veinticinco años y siete meses.



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La vuelta al mundo (*)
por Rogelio Alaniz
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