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Miércoles 31.12.2014
19:56

Crónicas de la historia

La revolución radical de 1933



Crónicas de la historia La revolución radical de 1933 Por Rogelio Alaniz

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por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Entre el jueves 28 y el viernes 29 de diciembre de 1933 los radicales protagonizaron una asonada revolucionaria cuyos alcances pretendieron ser nacionales. Para mayor precisión habría que decir que los insurrectos fueron los radicales yrigoyenistas y, con más detalle aún, corresponde expresar que de ese movimiento participaron algunos, no todos. La revolución fue derrotada, pero como se dice en estos casos, los radicales ganaron en mística y en folclore. Refiere a esta gesta el famoso poema de Arturo Jauretche, prologado por un Jorge Luis Borges que en aquellos años todavía prefería ser radical.

Desde el punto de vista político, estas revoluciones no afectaron en nada al régimen conservador, y mucho menos pusieron en apuros al presidente Justo, un militar y político astuto, camandulero e intrigante, capaz, entre muchas habilidades, de valerse de la fuerza del adversario para anotarse los porotos a su favor.

Habría que agregar a continuación que el régimen de Justo no se sostenía sólo con los fusiles; también contaba con un interesante consenso social vertebrado políticamente a través de una coalición denominada Concordancia, una de las experiencias de coalición política más exitosa en términos de ejercicio de poder.

En la ciudad de Santa Fe, la revolución radical tuvo sus propios bemoles. Unos días antes habían llegado a la ciudad las principales autoridades de la Unión Cívica Radical, con Marcelo Torcuato de Alvear a la cabeza. Las crónicas de los diarios El Litoral y El Orden dan cuenta de las expectativas que despertaban para una ciudad que todavía no conocía la televisión y apenas tenía noticias de la radio. Una multitud se hizo presente en el puerto para presenciar la llegada de las principales espadas de la UCR: Pueyrredón, Güemes, Cantilo, Guido, Rojas, para mencionar a los más conocidos. La estrella de la jornada fue Alvear, dueño de su encanto y su pinta, de su fama y su prestigio. Dicen que se alojó en el Hotel Ritz, y alguna vez los fotógrafos lo descubrieron tomando un aperitivo con sus correligionarios más cercanos en Los Dos Chinos.

En esos años, la provincia de Santa Fe estaba gobernada por Luciano Molinas, demócrata progresista, que apenas asumió el poder puso en vigencia la constitución provincial de 1921 anulada por los yrigoyenistas como consecuencia -dijo Lisandro de la Torre- de una conspiración clerical. Se trataba de un gobierno prestigiado pero asediado por los conservadores que esperaban el primer error para intervenir la provincia.

El jueves 28 de diciembre, y en horas de la tarde, Alvear se hizo presente en la Casa de Gobierno para saludar a Molinas, quien lo recibió con todos los honores. Abundaron las fotos y las declaraciones de buenas intenciones. Alvear se retiró de la Casa de Gobierno acompañado por los radicales, y en la puerta del palacio gubernamental se dedicó a saludar a sus seguidores que lo vivaban como si fuera un prócer.

Esa tarde, los radicales estuvieron reunidos para decidir las posiciones a asumir ante el gobierno conservador. Ya para entonces se discutía si la abstención era una estrategia válida; pero más allá de los debates, lo que predominaba era el rechazo y, en más de un caso, el desprecio y la furia contra el gobierno de Justo.

A la noche, abundaron las reuniones y las tertulias. También las roscas y los debates de un partido que ya en aquellos años vivía con singular intensidad sus refriegas internas. Seguramente, las personalidades más destacadas se fueron a dormir a una hora prudente, porque al otro día había que sesionar temprano. Alvear y su entorno más íntimo estaban convencidos de que todo terminaría en paz y que antes de fin de año estarían en sus casas, lejos de una Santa Fe calurosa y con sus despiadados mosquitos al acecho.

Sin embargo, a la misma hora en que los radicales sesionaban en su sede partidaria, otros radicales alentaban la rebelión armada. Entre los dirigentes se destacaba Alejandro Greca, oriundo de San Javier, abogado egresado de La Plata, periodista, militante reformista universitario, yrigoyenista rabioso y conspirador a tiempo completo.

Se dice que en el levantamiento también estaban comprometidos varios radicales que acompañaban a Alvear. El dato se supo porque en el vapor que trajo a los correligionarios desde Buenos Aires, también venían los mozos de servicio, algunos de los cuales eran agentes de Justo dedicados a escuchar detrás de las puertas. Los operativos de inteligencia deben haber sido eficaces, porque para el 28 de diciembre Justo sabía lo que Alvear ignoraba, es decir, que en la madrugada del día siguiente sus correligionarios iban a alzarse en armas en sintonía con radicales de Corrientes, Rosario, Cañada de Gómez y otros puntos del país.

La balacera comenzó a las tres de la mañana. El Litoral puso en tapa que los tiroteos se iniciaron a las 2.30 de la madrugada. Según el diario El Orden, los radicales alcanzaron a tomar las comisarías primera y cuarta, y los principales dirigentes alzados se acantonaron en la segunda. A la quinta intentaron tomarla, pero sin éxito. El mismo resultado tuvieron en la Jefatura de Policía, con una vuelta de tuerca trágica: la muerte de los hermanos Madeo, Emilio y Domingo.

La orden de los revolucionarios era tomar la Jefatura. La policía estaba al tanto de la maniobra, por lo que los emboscadores fueron emboscados. Los dos hermanos Madeo murieron acribillados a balazos en las escalinatas de la Jefatura. Emilio, de oficio peluquero e hijo de italianos, había sido presidente de la seccional segunda de la UCR, y durante los gobiernos radicales se había desempeñado como comisario. Hoy, una calle de la ciudad los recuerda con su nombre.

El levantamiento radical fue sofocado y los principales cabecillas huyeron o fueron detenidos. No concluyó allí la bronca. El presidente Justo aprovechó la circunstancia para declarar el Estado de Sitio y ajustar cuentas con los radicales, con todos los radicales, los insurrectos y los concurrencistas, los alvearistas y los yrigoyenistas. Logró, en definitiva, fortalecer sus posiciones.

El primer paso consistió en detener a la primera plana radical reunida en Santa Fe. Todos fueron presos y en pocas horas trasladados a Ushuaia. Ni Alvear se salvó de la redada. Primero fue detenido y luego, atendiendo a su investidura y a un apellido que en aquellos años gravitaba de manera decisiva, le ofrecieron la posibilidad de irse del país, propuesta que el jefe radical aceptó en el acto, motivo por el cual se marchó a Europa por unos meses.

De más está decir que Alvear estaba que trinaba, no sólo contra el gobierno de Justo sino contra sus correligionarios, quienes de alguna manera lo usaron de pantalla mientras preparaban la asonada que, dicho sea de paso, jamás tuvo posibilidades de triunfar.

Ese mismo viernes 29 de diciembre, Alvear impulsó una declaración de la convención radical en donde con la firma de todos los convencionales se afirmaba que las autoridades del partido eran ajenas a lo sucedido. Por supuesto no le creyeron, entre otras cosas porque los conservadores no iban a dejar de pasar la oportunidad de embadurnar a toda la UCR con un levantamiento armado sin destino.

Pero no sólo los conservadores estaban decididos a facturar en contra de Alvear. También lo estaba Luciano Molinas, para quien el comportamiento de los radicales era un agravio al PDP que gobernaba la provincia y una excusa servida en bandeja a los conservadores para intervenir la provincia. Alvear, por su parte, convocó a los periodistas y dio las explicaciones del caso. Las dio en su tono y con su inexcusable perfil de clase, pero las dio. “No me consideraría un hombre de honor -le dijo a los periodistas- si luego de haber ido a saludar al gobernador de la provincia por la tarde, urdiera poco después un complot para derrocarlo”.

No sabemos si Molinas le creyó o no, pero de todos modos quedaba claro que Alvear efectivamente era inocente, que no había tenido nada que ver con la asonada y que, más aún, tenía motivos para estar enojado, muy enojado con ese grupo de correligionarios que detrás de su quimera no habían vacilado en dejarlo políticamente a la intemperie.

El presidente Justo aprovechó la circunstancia para declarar el Estado de Sitio y ajustar cuentas con todos los radicales.




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