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Sábado 29.06.2019 - Última actualización - 9:40
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Vejez y soledad en un hogar del norte de la ciudad

La triste espera de abuelos santafesinos por un abrazo que nunca llega

En el Hogar Amor y Esperanza de la capital provincial viven 30 abuelos. De ese número, sólo 8 reciben la visita de algún familiar. El resto ninguna, y desde hace años. La esperanza de un último abrazo y un beso con un ser querido es lo que los mantiene vivo.

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EN FOTOS. Miriam tiene a sus hijos en portarretratos, al lado de su cama. Los mira todos los días, aunque falta la foto de uno y le duele. Foto: Guillermo Di Salvatore




Vejez y soledad en un hogar del norte de la ciudad La triste espera de abuelos santafesinos por un abrazo que nunca llega En el Hogar Amor y Esperanza de la capital provincial viven 30 abuelos. De ese número, sólo 8 reciben la visita de algún familiar. El resto ninguna, y desde hace años. La esperanza de un último abrazo y un beso con un ser querido es lo que los mantiene vivo. En el Hogar Amor y Esperanza de la capital provincial viven 30 abuelos. De ese número, sólo 8 reciben la visita de algún familiar. El resto ninguna, y desde hace años. La esperanza de un último abrazo y un beso con un ser querido es lo que los mantiene vivo.

 

Hoy estoy de paso con mis versos
en una casa sin el ruido de vajillas,
sin el llanto de un niño,
sin la risa de un niño.
Donde se pone a la vejez o se la archiva...
Si vieras hijo que tristeza de fragancias,
el perfume del jazmín y la arvejilla...
Cuántos ojos jubilados de alegría.
Cuánta ausencia del nieto en las rodillas...” (*)


Cuatro camas perfectamente tendidas, y en todas osos de peluches de los más diversos tamaños. La habitación parece vacía, pero no lo está. En dos sillas, separadas por muebles, están sentadas de piernas cruzadas y acurrucadas para recibir el sol de las 10 de la mañana que entra por una ventana, Miriam y Marita. Ambas tienen la mirada a un punto fijo. Parecen imperceptibles. No hablan, pero sus ojos lo dicen todo. Viven la tercera edad en soledad, como casi todos los abuelos del Hogar Amor y Esperanza que está ubicado en Gobernador Leiva 8300, en el norte de la ciudad.

 

Jorge Libra, director de la institución de puertas abiertas que aloja a 30 abuelos —14 mujeres y 16 hombres— jubilados y pensionados de la Ley 5.110, señala que, en promedio, sólo 8 ancianos reciben la visita de algún familiar. Algunos de manera esporádica, y otros, que son los menos, semanal. “La verdad es que si no fuera por la gente de la Cruz Roja o de parroquias que vienen a visitarlos, nuestros abuelos pasarían los días en soledad. Son muy pocos los familiares que vienen a ver a su viejito, y muchos los que no reciben a nadie”, cuenta.


La realidad de este hogar se replica en muchos otros; aunque hay excepciones y familias que tienen muy presente a sus abuelitos y por diferentes circunstancias alojan en hogares.

 

 


“Mis hijos, en fotos”


Miriam Chamorro tiene 63 años. Al lado de su cama, sobre una cajonera, tiene tres portarretratos que mira a diario cuando se levanta, se acuesta y/o necesita ver: son sus hijos. “El 22 de diciembre se cumplen 6 años de que vivo acá. Tengo 4 hijos, pero sólo veo a tres, los que están en las fotos. Tienen 42, 38, 32 y 30 años”, cuenta la abuela.


Miriam fue personal de maestranza del Sindicato de Asoem hasta que se jubiló. Tenía su casa, pero debió irse de ella cuando uno de sus hijos se la pidió para vivir con una nueva familia. Con los ojos brillosos, cuenta que ve a dos de sus hijos y a parte de sus nietos cada quince días y al tercero “cuando tiene tiempo” porque vive en Rafaela. 


Sin embargo, Miriam no hace reproches públicamente. Aunque reconoce dolerle no tener contacto con uno de sus hijos y poco con los otros tres, asegura conformarse con las fotos que están en los portarretratos y que mira con frecuencia.

 

 


“Muero por un abrazo”


La historia de María del Carmen Santa Cruz es una de las más duras del hogar. Reside allí desde hace 4 años, cuando llegó gracias a la ayuda de una trabajadora social que la encontró en San Justo en un estado desesperante. Y es una de las más duras porque no recibe la visita de ningún familiar desde el mismo momento en que pisó el lugar.


Sus ojos se ven tristes, jubilados de alegría como dice el tema de Horacio Guaraní “Viejos Olvidados”. Un peluche, que le obsequió hace muchos años una persona ya fallecida, es a quien se aferra con fuerzas cuando se detiene en su presente y ve que está completamente sola.

 

“HIJO, TE ESPERO”. Marita es oriunda de San Justo. Hace 4 años de que ningún familiar la visita.Foto: Guillermo Di Salvatore

 


“Hace 4 años tuve una discusión muy fuerte con mi único hijo. Y tras ella me quedé en la calle. Durante meses estuve deambulando por lugares peligrosos, por casas donde vivía llorando... Hasta que di con una asistente social que me habló de este lugar y me vine. Acá me gestionaron la pensión y les estoy muy agradecida a todos, porque nos contienen, cocinan... Pero a mi me falta el abrazo de mi hijo”, dice Marita, como la llaman en el hogar. Y agrega: “No tengo más lágrimas. Tengo un dolor muy grande que no se va... puntadas en el pecho. Lloro y me desahogo apretando fuerte mi oso de peluche. Puedo tener todo acá, pero lo que quiero y no tengo es el abrazo de mi hijo. Todos los días que me levanto espero verlo entrar por esa puerta... pero no”.

 


María del Carmen intentó varias veces charlar con su hijo, pero no es posible. “Me corta el teléfono. No quiere saber de mi”, dice. Marita tiene 4 nietos -de 11, 8, 4 y 2 años-. A los dos más chicos no los conoce, y le duele. Al igual que su amiga de habitación, Miriam, no hace reproches. Sólo quiere verlo y abrazar a su hijo, dejar atrás el motivo que los distanció y arrancar el vínculo de nuevo.

 

 


“Es duro al principio pero te acostumbrás”


Rodolfo Pedro Gaetani, conocido por todos como “Chiche”, tiene 74 años. Es uno de los abuelos de mayor antigüedad en el hogar, que define como su casa. Lleva allí más de 20 años.


“Yo ya me acostumbré. Es duro al principio pero después te acostumbrás, que se yo. Yo acompañé a mi madre hasta el último día de su muerte, y no espero que conmigo suceda lo mismo”, dice. Y agrega: “Pero así es la vida”.


El reloj ya marca las 11. Los abuelos se empiezan a preparar para almorzar. Es que muchos caminan lento. Algunos deben dejar la cama calentita, otros salir del patio donde tomaban un poco de sol para no sentir frío y otros trasladarse desde el Salón de Usos Múltiples donde jugaban a la lotería.

 

EMOCIÓN A FLOR DE PIEL. Chiche se emociona al hablar de su mamá, a quien acompañó hasta el último día de vida.Foto: Guillermo Di Salvatore

 

Una sopa bien caliente y un guiso los espera. Así transcurren los días de una vejez que tal vez no imaginaron pero de la que sin embargo no reniegan. En todos, se nota un brillo especial en los ojos. Un brillo que espera, en algún momento, convertirse en lágrimas al ocurrir lo que más desean: que por la puerta del hogar entre quien tanto esperan. 

 

 

“Y si algún día molesto tus urgencias
y no razono más o estoy cansado...
Tenme paciencia hijo,
no me dejes en un archivo
de recuerdos olvidados”. (*)

 

(*) Párrafos de la canción “Los Viejos Olvidados” de Horacio Guaraní.

Autor:

Mónica Ritacca




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