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Jueves 04.07.2019 - Última actualización - 13:40
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Día Nacional del médico Ruralista

El otro Maradona, el desconocido universal

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Foto: Archivo El Litoral




Día Nacional del médico Ruralista El otro Maradona, el desconocido universal

Por Dr. Eduardo J Wagner *

 

El 4 de julio de 1895 nacía un ser humano excepcional, al cual quería recordar. Por estos días este apellido tiene una vigencia notoria, debido a la Copa América de Fútbol, pero sería bueno también recordar al otro Maradona, me refiero al Dr. Esteban Laureano.quien fue fue acreedor de numerosos vocablos, médico de los pobres, médico naturista, médico abnegado y generoso, maestro, científico, escritor, investigador, filósofo, un prócer sin estatua, un modelo único.

 

Haciendo un poco de historia se puede decir que sus ascendientes fueron prominentes figuras de la administración pública y la Iglesia, ocupando cargos de: gobernador, obispo, diputado.

 

Su padre llamado Waldino era un político respetado. Fue delegado provincial en la localidad de Barrancas, Santa Fe, donde contraería matrimonio con la Sra. Villalba Encarnación y fruto de esa unión nace uno de sus 14 hijos, llamado Esteban Laureano. Nació en Esperanza el 4 de julio de 1895 y murió en Rosario el 14 de enero de 1995.

 

Criado en Barrancas, cursa allí sus estudios primarios, en tanto que los estudios secundarios los realizó en el Colegio Nacional Mariano Moreno, hasta cuarto año y realiza el quinto año en el Colegio Simón de Iriondo de la ciudad de Santa Fe.

 

A los estudios universitarios los realiza en la Facultad de Medicina de Bs. As., recibiéndose de médico en el año 1926.

 

Alterna su actividad médica con compromisos políticos. Enrolado en una corriente política opositora al gobierno de la década del ‘30, es perseguido y obligado a huir de Buenos Aires. Se traslada al Chaco donde se radica y establece su consultorio. Desde allí trabaja en la colonia de leprosos de la Isla del Cerrito; asesora a obreros de una empresa que tenía una planta industrial de purificación y fabricación de plomo, que generaba gases nocivos para la salud humana (Saturnismo), y los ayuda a hacer valer sus derechos establecidos por la ley 9.688 de accidentes del trabajo. Esta acción le vale la reacción persecutoria de los dirigentes de la empresa y el gobierno, por lo que decide exiliarse a la República del Paraguay, donde ofrece sus servicios y es nombrado director del hospital militar en el momento de la guerra paraguayo-boliviana. Terminada la guerra, y cuando iba a ser premiado por sus invalorables servicios en un acto público, renuncia y se va antes del acto para volver a la Argentina.

 

Buscando conocer el norte argentino y encontrar a su hermano Juan Carlos Maradona, por entonces intendente de Tucumán, toma el tren en la ciudad de Formosa. Dicho tren contemplaba una parada llamada Guaycurú, junto al río homónimo en el departamento Estero Patiño, con el objetivo de aprovisionarse de agua y leña para seguir hasta Salta.

 

Este paraje actualmente conocido como Estanislao del Campo, contaba por entonces con tres o cuatro casas y una población nativa de indios nómades.

 

En esa ocasión, un grupo de personas se aproxima a la estación buscando un médico. Necesitaban atender a una joven criolla llamada Mercedes Almirón, que estaba en trabajo de parto. El doctor se trasladó al lugar, atendió a la señora y a su beba. La atención del parto significó la pérdida del tren -un tren de frecuencia posiblemente semanal- y el contacto con una necesidad, con un desafío, con un paisaje y un trabajo para mitigar dolor y restañar heridas.

 

Allí estaba todo lo que él necesitaba y estaban todos los que necesitaban de él. La magia del monte se lo ganó, y su gente, sus pájaros, sus plantas, sus insectos, sus misterios lo retuvieron cincuenta años.

 

Cuenta la historia reciente que en 1986, el doctor “se sintió morir” y que deseó hacerlo en Barrancas donde naciera 91 años antes y con tal motivo se fue a la ciudad de Formosa.

 

Pero el destino quiso que fuera a Rosario, donde tras una fugaz internación para alimentarlo -presentaba un preocupante grado de desnutrición-, se alojó en casa de sus sobrinos. En un marco de afecto familiar y cuidados prodigiosos, en medio de alegres bullicios de sus sobrinos nietos, revivió y permaneció ocho años más lamentándose no tener tiempo para contestar tanta correspondencia, para corregir sus manuscritos, sus estudios botánicos, zoológicos e históricos. Siguió con su costumbre de levantarse al alba, de leer con la luz del sol “para despuntar el vicio de la lectura” y garantizar su buena vista. Escribió, dibujó y leyó sin lentes hasta su muerte.

 

Haciendo un resumen de su vida, se puede decir lo siguiente: fue un hombre que se sumergió en la pobreza absoluta para ofrecer todo al enfermo, al olvidado, al desnutrido. Pregonaba el reconocer a la persona como el principal actor en el sostén de la salud y no como material pasible de enfermarse y susceptible de curarse por una ciencia médica aplicada por el médico. En su modelo no ingresaba el concepto de salud como el estanco compartimiento de enfermedad.

 

Capaz de modificar sus escalas de prioridades técnicas para aprender alternativas terapéuticas de bajo costo para que la salud no fuera privilegio de pocos.

 

Tenía una firme coherencia entre el decir y el hacer, tan poco frecuente en nuestros días. Hacía ciencia con la gente, para la gente con vocabulario propio, raro, para adaptarla a cada realidad.

 

Sólo el indio incivilizado, sufriente y postergado valoró su increíble labor recordándolo a su muerte con la frase: “Doctor Maradona extrañar mucho”. Lo bautizaron como Prognack: El Doctor Dios.

 

Cumplió con exageración la tarea que Dios ha pretendido y deseado de un hombre: “amar”, “sentir” y “servir”.

 

Algunos de sus dichos son: “El sabio debe ser un vago, porque el que no anda vagueando por ahí, no tiene la oportunidad de la observación necesaria para el descubrimiento”; “Siempre me gustó hacer gauchadas; de alguna manera quise que la gente tuviera derechos sobre mí”; “Si algún asomo de mérito me asiste en el desempeño de mi profesión, éste es bien limitado, yo no he hecho más que cumplir con el clásico juramento hipocrático de hacer el bien a mis semejantes”.

 

Bibliografía consultada:

Historias de la Argentina. El otro Maradona, un prócer sin estatua.

Caminos, Julio: Maradona, un civilizador de provincia. Edit. Castellví.

Wikipedia.org


 

*Medico. M P 3012




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