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Sábado 13.07.2019 - Última actualización - 19:53
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Peisadillas

Venite al pasado

Los clásicos no pasan de moda. Lugares que se disfrutaban de purrete y siguen siendo vigentes ahora. El pasado se representa en nuestras vivencias y se reinventa con el paso de los años. <strong>Foto:</strong> Archivo El LitoralLos clásicos no pasan de moda. Lugares que se disfrutaban de purrete y siguen siendo vigentes ahora. El pasado se representa en nuestras vivencias y se reinventa con el paso de los años.
Foto: Archivo El Litoral

Foto: Archivo El Litoral



Peisadillas Venite al pasado

Carlos Mario Peisojovich (El Peiso)


“Hágase la luz, y la luz se hizo”... A tientas apreté la perilla, y vi que la luz era buena, y separé las tinieblas del sueño de la claridad invernal casi somnífera. Volví a retozar, es que las Peisadillas de invierno se abrigan complacientes en el universo acolchado y esponjoso de la cándida y acogedora mudez de mi cama.


Al principio fue la luz, después vino el gas, el alquiler, las expensas, los intereses, la nafta... I.V.A. incluido y pagando ganancias ante tanta pérdida de sueño, mis sentidos encendidos me hicieron ver con claridad la realidad, tenía que despertarme, así que no tuve más remedio que levantarme, ordenar mis pensamientos en el desordenador automático de mi cabeza, computarizar, “virtualizar” para visualizar a fuerza de tecleo, y a lo sonso, y así desenmarañar mi inextricable despertar en otra nueva Peisadilla.


Crear los hilos conductivos que forman las redes que me unen a ustedes cada sábado es un maravilloso entrenamiento para mantener la cabeza vivaz, el foquito encendido que ilumina mis días con luz interior. Inexorablemente, cada sábado después de satisfacer mi ansiedad y viendo en las páginas de “El Litoral” mi sueño compartido, mi cabeza va desplegando nuevas alternativas, nuevos recuerdos, otras anécdotas, otras palabras. Domingo de meditación, lunes de recomienzo, martes de titular, miércoles de miércoles, jueves de desesperación, y viernes de articulista. Servilletas, y no las de Corach, suplen las veces de anotador, palabras huérfanas, sin sentido estético y aisladas de definición, se asilan en el escueto papiro posmoderno, collage de conceptos inconexos entre sí que a la larga, serán parte, o no, del texto que hoy, amigo cómplice y lector, tiene frente a sus ojos.


Tengo comportamientos repetitivos, mecánicos, procedimientos casi autómatas, no sé si están dentro de la definición de T.O.C. (Trastorno Obsesivo Compulsivo), más bien me gusta decir que tengo una “conducta tradicional, distributiva y repetitiva”, o sea, amo hacer lo mismo cada día, disfrutar de las mismas cosas siempre, repetir momentos felices a diario, como por ejemplo: tomar un café cortado, con medialunas tibias y agua fresca, un par de diarios y de cara al sol; poner un disco de los de antes, esos redondos hechos de vinilo; leer un viejo libro; mirar una película en blanco y negro. Disfrutar de lo que vengo disfrutando desde que era apenas un purrete mocoso, imberbe y curioso, disfrutar de lo que ya era clásico antes, y que sigue siendo vigente ahora.


¿Qué es lo que llamamos clásico? Según definición del mataburros es aquello que tanto en el arte como en la literatura es un modelo que es digno de imitar, también se hace referencia a todo lo que esté relacionado a la antigua Grecia o Roma, esa Roma que tanto le debe a Grecia, pues los romanos fueron los primeros que pusieron a los griegos de moda, porque fueron ellos los que imitaron en muchos aspectos a la cultura griega, copiaron y asimilaron sus formas y estilos, renombraron a casi todas deidades griegas y elevaron en sus altares y edificios un modelo a imitar, en consecuencia, los convirtieron en clásicos.


Me acostumbré a amar los clásicos, ese aroma a archivo, los dedos ásperos de polvillo en avejentadas y sepiadas hojas, la pantalla plateada que despliega rayos argentinos, el sonido de la música adornada de frituras, las esculturas de formas voluminosas y redondeadas, femeninas y masculinas, humanas de tanta humanidad


Mi encuentro sabatino con mis amigos, nuestra “mesaterapia”, es un clásico en un lugar clásico, y tan clásico es, que de su francesa arquitectura se desprende la tan francesa palabra que determina la carta, allí la rioplatense medialuna asume su origen gálico y se anuncia como “croissant”. En nuestra mesaterapia de “Las Delicias”, pasan los temas más diversos, y como ya tenemos nuestras décadas ganadas a la vida, muchos de esos temas son clásicos temas de café, pero el pasado está siempre presente... La esquina que quizás después del Puente Colgante es la más fotografiada de nuestra santafesina identidad, asume su condición de postal, o sea, clásica.


Por esa esquina desfilaron y siguen haciéndolo las más bonitas figuras del quehacer y del hacer santafesino y que ogullosamente alimentan el apelativo de “la Cordial”.


Los clásicos nunca pasan de moda, no importa si se copia, se calca, se recrea; a mi entender es el mejor homenaje que se le puede hacer a algo que estuvo bien hecho desde el principio, porque lo bueno y lo bello perdura, quienes caminamos lento tenemos más tiempo para mirar (admirar) la belleza que nos rodea. Los viejos tienen que ser bellos por lo que saben, esquivando así la decrepitud del cuerpo por el paso del tiempo. Los viejos somos los clásicos de la contemporaneidad. El pasado se representa en nuestras vivencias y se reinventa con el paso de los años.


Aquellas personas que hacen las cosas distintas, que rompen el molde en un determinado momento, les dicen locos, descolocados, desubicados. La historia nos ha demostrado que quien se diferencia de los demás en cualquier representación cultural, esos que son vanguardistas, están condenados a ser un clásico.


Lo bien avejentado, lo que fue pasado, lo que finalmente termina siendo clásico, nunca pasará de moda.


Ya lo dijo Coco Chanel: “Todo lo que es moda, pasa de moda”.




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