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Sábado 24.08.2019 - Última actualización - 8:23
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El adiós interminable al gran Cococho

La importancia de llamarse Ernesto

El autor de la nota trabajó varios años con Ernesto Juan Alvarez y entabló una relación de mutuo respeto y amistad.

 <strong>Foto:</strong> Archivo El Litoral
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El adiós interminable al gran Cococho La importancia de llamarse Ernesto El autor de la nota trabajó varios años con Ernesto Juan Alvarez y entabló una relación de mutuo respeto y amistad. El autor de la nota trabajó varios años con Ernesto Juan Alvarez y entabló una relación de mutuo respeto y amistad.

Rubén Rossi *

 

“Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo”. (O. Wilde).
Cuando retorné a Colón a desempeñarme en sus divisiones del fútbol infanto juvenil me encontré con una grata sorpresa, la última “Leyenda Viviente del Cementerio de los Elefantes” me esperaba para entrevistarse conmigo. Y de solo pronunciar su apodo algo se movilizó dentro de mi: “Cococho” me estaba esperando.


Ni bien nos presentaron percibí, en él, algo que me recordó a mi viejo, a mi querido y entrañable “Pato”... No sé si fue a primera vista, por sus canas bien blancas, acomodadas a la vieja usanza, o sus palabras tan claras y sus ideas tan contundentes en lo futbolísticoà Pero lo cierto es que me pareció por unos instantes que volvía a charlar con amor de esa “religión sin ateos” (parafraseando a Vázquez Montalbán) del cual mi padre me hizo el mas devoto en la más tierna infancia y que depuré en la adolescencia con el “Flaco” Menotti en esas interminables sobremesas en donde el “jugar bien”, indefectiblemente, goleaba al “ganar como sea”...


En cada gesto de Cococho hay una anécdota, una historia que revela cuánto ha transitado por los caminos del fútbol y de la vida, como esta última lo ha cacheteado más de una vez, con golpes que serían de nocaut para cualquiera de nosotros y que, sin embargo, ni él ni nadie de su entorno siquiera se animó a tirarle la toalla... Porque el “perdiendo todo aquello” por lo que mucha gente lucha toda una vida, “ganó en eso otro” que la muerte jamás logra arrebatar.


Sus inicios en su Gualeguaychú natal, son sinónimo de cómo fue su juego, como el de los brasileños de carnaval y comparsea, con esa alegría suya para jugar y vivir, sin renunciar jamás al triunfo (de hecho fue campeón del mundo con Estudiantes de la Plata en la década del sesenta) se fue desarrollando como futbolista, siendo además integrante de aquél ya mítico equipo de Colón que se mantuvo invicto por 19 fechas y que representó como nadie la idiosincrasia y el estilo que siempre se está tratando de recuperar para bien de la Institución y del fútbol en general.


Sus andanzas por los senderos interminables de este “Mundo Fútbol” lo llevaron en busca “del Dorado” a Colombia, país donde dejó estampada para siempre su “HUELLA DE JUGADOR”, así con mayúsculas, de quién todavía hoy se habla y a quién se lo pone como ejemplo de ese fútbol exquisito que luego desarrollaría la selección colombiana de Pacho Maturana.


Siempre fue un “jugador de casino”, porque arriesgó todo a un pleno, sin especular con “ganar de a poquito”, porque así también ha vivido, a todo o nada, comprendiendo que siempre es mejor arriesgar para salvarse que salvarse sin riesgo alguno, porque en ese vivir sin riesgo, para él sería como estar “muerto en vida”. Y como le gustaban todas, en realidad “no le gustaba ninguna”, tiene por “buen amigo” al “maldito cigarrillo”, y su dieta se componía de todo lo no recomendable, pero como vivía de la felicidad, su “reserva de vida” nunca se le agota.


Una tarde en ese maravilloso e incomparable predio del club, mate de por medio, me contó cómo fue su despedida del fútbol. Sin partido de homenaje (como ahora se estila), sin público, sin tribunas repletas que lo aclamaran y le agradecieran tantas tardes de lujos, amagues, caños y goles olímpicos que tan hondo calaron en el sentimiento de todo sabalero de leyà Fue una tarde en cancha de Los Andes, luego de una derrota, saliendo en la oscuridad de un pasillo, debajo de las tribunas, apareciendo de las sombras, cuando un joven aspirante a periodista, mi amigo Quique Cruz lo interceptó para que le diera su parecer sobre el encuentro. Cococho sólo atino a decirle “no juego más, hoy fue mi último partido”... Y así se fue, como había llegado, con ese silencio de los grandes de verdad que no necesitan de la fama, ni del éxito fácil, para acurrucarse en esa gloria, esa que ya se había ganado por el simple hecho de saber jugar...


Estuvo a mi lado, como “ladero” y “baqueano” a la vez. Y fue mi permanente órgano de consulta, como lo fue en mi paso por River Plate, don José Curti. Cada vez que podía lo exprimía, porque sé que tenía muchos conocimientos escondidos que por vergüenza no se atrevía a descubrir.


Me molestó mucho cuando alguien lo miraba o escuchaba con desdén porque ignoran quién es, en realidad me da mucha lástima por quién así procede, pues desperdiciaba la oportunidad de aprender mucho de fútbol con él, pero fundamentalmente, por restarle relevancia, se perdía la oportunidad de conocer el por qué de para quienes nos consideramos sus amigos, el futbolista Cococho tiene la importancia de llamarse Ernesto...

 

* Ex campeón del mundo en Japón 1979, ex jugador de Colón y ex Director del Departamento Infanto Juvenil de la institución.


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