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Miércoles 08.04.2020 - Última actualización - 23:25
21:03

La peste en mi pago.

Una siesta matinal

 Crédito: Pablo Aguirre
Crédito: Pablo Aguirre

Crédito: Pablo Aguirre



La peste en mi pago. Una siesta matinal Dormirse vestido, adormilarse en esas siestitas matutinas, un bonus track, un plus del encierro en el hogar, que se reduce al lecho, el baño, el lugar para escribir y poco más. Falta para terminar la cuarentena. Falta.

Anoche soñé, bah, mejor, en una siestita matinal después de mirar los diarios en internet, algo muy odioso porque soy hijo del papel y del libro, de casualidad y por hastío llego hasta el libro objeto, que me gusta mirar pero es eso y listo, chau, pero leer en Tablet es peor que el sexo a distancia, sí, sí,  mucho peor porque yo hablaba con una novia lejana y nos contábamos qué hacíamos con nuestro cuerpo mientras hablábamos y no era feo, lo hacíamos por aquellos teléfonos de cables y lugar fijo de la casa, pero el diario por internet es otra cosa; es un inacabado displacer que solo se aprende refregando contra la foto del mas frío papel celcotte lo más caliente del cuerpo y bueno... soñé.

 

La peste en mi pago trae esas cosas, soñar en directo. Digo, con todas las cosas que trae un sueño, como lo que vale, lo poderoso que es aquello que queda y baila ahora, que tomo mates y recuerdo. Si del sueño queda y queda es que se trata de un sueño diferente. Yo lo califico: soñar en directo. No se sale. Allí se queda. En la vigilia.

 

Recordar un sueño es doblemente extraño, extraño porque los sueños, es cierto, muy cierto, lo que dice Rafael Alberti, “el sueño va sobre el tiempo flotando como un velero”, es cierto por esa extrañeza de cruzar los tiempos con los relojes de Dalí, esos hechos mantequilla coloreada con las agujas torcidas. Así se entienden. Son extraños. Con el día se diluyen, se aguachentan, se desperfuman, se deslíen. Adiós. Bueno, entender… así se acomodan en el día, el sol y los saludos, la rutina y el disimulo por eso, por acomodar los pensamientos que no quieren quedarse allá, en el sueño. Soñar en directo elimina el antídoto del sol y la tarjeta de débito.

 

Soñar es como saber que es cierto el país de Alicia y ese jardín. Sueñitos puede ser que se tengan, como las abluciones nocturnas, abrazar a la almohada y levantarse sudando. Juntos o separados los resabios, las resacas de un sueño son efectos de la dormidera después de la televisión. No miro noticieros, solo series de detectives. Policiales sí. Aventuras no. Romanticismo fuera, fuera y lejos. Es una discusión para zanjar con dos televisores. Fin de la discusión.

 

Soñé en la mañana, una minisiesta que me tiene de protagonista después que airean el cuarto donde duermo todas las noches y todas las siestas regulares en estos días de encierro y sobresalto. Sobresalto por si vendrá o no vendrá el coronavirus. El coronavirus acomodó los días al encierro pero no los tiempos del cuerpo y las preferencias por las fantasías. Discutimos por eso y aconsejo: dos televisores bien lejos. Desdichados los que tienen un solo televisor, una sola cama, desgraciados los que no tienen el poder del control remoto. Las desgracias no vienen solas. El coronavirus trajo ese espejo que deforma: nosotros día tras día. Los que tienen hambre son una desgracia fabricada por el hombre. Yo hablo de otra cosa.

 

Soñé con mi madre. Hablaba con ella. Vieja, tengo 76 años, cuántos años tiene el viejo si yo tengo 76 y vos estás bien, estás ahí, vieja y el viejo, entonces, cuántos tiene... Mi vieja con una camperita liviana, de lana negra, sobre una blusa blanca, una falda hasta debajo de la rodilla, medias de muselina, zapatos de taco bajo negro y las trenzas, los anteojos y esos ojos verdes pero grises, manchados de un verdoso con pintas de mostaza, no subía la mirada, yo seguía hablando. Vieja a los cuántos años me tuvieron porque el viejo no está tan viejo y vos decime entonces... Mi madre, lo recuerdo perfectamente, no sonreía ni miraba donde yo estaba parado sino que escuchaba, sonreía, parece que decía el cálculo es sencillo, ella no hablaba y yo me enojaba. Cómo va a ser sencillo si yo tengo 76, si él me tuvo con 20 tiene 96 entonces, vos me tuviste de verdad y en años tuyos... y vos por ahí... como hicieron para llegar así de vivos, de lúcidos, como hicieron... el viejo debe tener más de 100, no sé, vos también...

 

La casa era en Santa Fe, sobre calle Vera, en esa galería mitad cubierta, mitad al cielo, con todas las macetas y las plantas y no era ni invierno ni verano ni nada... y allí estábamos. Hacia atrás la cocina y una olla hirviendo, se oía el borboteo. Un perfume de choclos en el puchero.

 

Dormirse vestido, adormilarse en esas siestitas matutinas, un bonus track, un plus del encierro en el hogar, que se reduce al lecho, el baño, el lugar para escribir y poco más, y para qué más, implica acomodar la ropa que se arrugó, lavarse los dientes, darle al jabón cantando el feliz cumpleaños dos veces para que se mueran los virus grasosos. Levantarse de nuevo. Sin el perdón que encierra el despertar.

 

Falta para terminar la cuarentena. Falta. Cuento los días por este diario que me permite desatarme. El viejo era un sonido por detrás de mi vieja, preparando algo, no se qué.

 

Hoy, si me preguntan, deseo que la cuarentena siga y yo pueda volver a soñar uno de esos, de los sueños en directo. Siempre queda algo para hablar con la vieja. O con el viejo, que tantas veces me decía: “sea hombre m’hijo, diga la verdad, los hombres no mienten”...

 

Muchos me dicen que uno, cada tanto, según lo que ha comido, tiene pesadillas. Puede ser. No sé. No lo creo. En todo caso lo mío fue en mitad de la mañana de este encierro. Los sueños en directo no son frecuentes. Si sucede otra vez le diré la verdad, como corresponde, los hombres no mienten, le diré viejo: estamos en cuarentena, la pesadilla recién empieza. Me quedaré esperando lo que acotará mi vieja. Si el sueño es en directo de ella será la última palabra.

 




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