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Jueves 21.05.2020 - Última actualización - 21:23
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La peste en mi pago

Demoliendo la belleza

 Crédito: Archivo El Litoral
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La peste en mi pago Demoliendo la belleza El coronavirus se está llevando todas las costumbres. Todas. Resiste el pelo lavado, perfumado, con cuerpo, con una caída en cámara lenta que las filmaciones muestran como lo que es, indispensable para pasar del ayer al mañana, donde creemos que permanecerá.

La peste en mi pago, con el encierro de todos que provocó como mejor defensa ante el posible contagio, ha hecho estragos en costumbres tradicionales; el comportamiento cambió. El individual y el colectivo. Se supone que algunos hábitos sociales y decisiones personales seguirán. No todas. Tampoco se sabe cuáles.

 

El futuro es una cerrazón impredecible por una cuestión fáctica. Nunca un hecho así, con el universo comunicado en directo. Las Torres fue un hecho en un sitio transmitido en directo a todos. Fue / es diferente. Aún la exclusiva de una guerra en directo por un solo canal en exclusiva (Ted Turner, fin de Saddam Hussein) era allá lejos y por la tele.

 

Tal vez deba señalarse que esta permanencia y la simultaneidad de la aflicción, el encierro y las notas del desastre en la sociedad, no eran tan comunes. No había constancia ni conocimiento de una cuestión así, tan igualitaria.

 

El mismo tema: los muertos, los contagiados, los respiradores, la vacuna como un flautista de Hamelin seduciendo en todos los medios del mundo, transportando una ilusión o una mentira, según se mire con optimismo o realidad, al vacío de la desazón (nada es rápido y milagroso para las ciencias duras, el paso a paso y la falibilidad como advertencia permanente) el mismo tema de la peste obligó a diversas creaciones publicitarias apuradas, pero imprescindibles. Vender es la consigna.

 

La mayoría de los canales televisivos, aún los de mínima adhesión, como las radioemisoras, aun las bajísima frecuencia y recepción, sostienen dos mensajes básicos.

 

Los mensajes publicitarios enfatizan en la solidaridad y los conceptos básicos de lavado de manos, encierro y aguante. Cada tanto agregan un referente. Lo pide una empresa de Seguros o un organismo estatal. Cómo se resolverán las cuotas de las empresas es algo tan misterioso como los dineros del Estado recaudados sin impuestos al día porque se sabe, en mitad de la pandemia una especie de jubileo impositivo se ha convertido en un clásico de los privados esquivando al señor Recaudador de Impuestos. Ni Los Beatles pagarían.

 

El otro mensaje, con una frecuencia que asombra, refiere al cuidado del pelo, acaso se extiende en alguna crema corporal. Los dos elementos, en ese orden. La cabellera y la calidad de la piel ocupan el mismo, acaso más segundos de emisión, que los imprescindibles consejos sanitarios.

 

Nada, en el campo del mensaje publicitario incitando a la compra, tiene capricho o azar. Se estudia el comportamiento humano tomado como lo que es, un compulsivo comprador de aquello que lo seduce. Seducirlo es el asunto.

 

Tal parece que los estudiosos del tema, esto es, la pandemia y el encierro, tomaron informes de las cárceles, los grupos cerrados y las primeras ventas masivas, cuando suponían que nadie saldría y llegaría el desabastecimiento. Junto con la compra de los insumos básicos (fideos secos, azúcar, latas, etc.) apareció el “barrido” de las góndolas de los artículos para el cuidado del pelo.

 

Así como todo el mundo (todo, eh, todo) está geolocalizado y saben dónde vamos, de dónde venimos y con quien conversamos, en el universo del supermarket ninguna compra queda escondida.

 

Al parecer el último refugio de la belleza y la coquetería femenina, a la que ningún colectivo puede atropellar, ninguno, chicos… ninguno, es el del lavado del cabello. Eso en estos pagos, antes, durante y tal vez después de la peste, como una constante territorial. El territorio de la coquetería está en el pelo. Variante: desodorantes de partes pudendas y de las otras. Imposible esquivarlos.

 

Los avisos publicitarios exacerban un punto clave. Las diversas formas de la mejora en el cabello, por el uso de tal o cual detergente refinado, perfumado, hipervalorado y verdaderamente mágico, apunta al bastión final, la columna que el coronavirus no tomó.

 

La cuarentena ha impedido el traslado a las peluquerías y salones de belleza, ha decretado el suspenso por “la hora de Pilates”, el stand by del fitness y el ahogo del natatorio y el gimnasio. Help. Todos engordamos un poquito. Las articulaciones se entumecen y los líquidos sinoviales se quejan por laburar sin compensación posible, los secretan en demasía.

 

Como la bandera de la foto (trucada) de la epopeya yanqui de la toma de la colina, los champús y “champuses” resisten. Para decirlo mejor, la coquetería demolida, la “chancleta”, la ropa de “entrecasa”, el descuido de la melena y las canas que afloran en las raíces son, están, allí se quedarán hasta que se declare el teñido y el recorte del pelo actividades esenciales. No falta mucho. Mientras tanto preparamos habeas corpus, habeas data, denuncia para encontrar paradero de la coquetería, la que distinguía a unas de otras en aquella vida perdida. El coronavirus se está llevando todas las costumbres aquellas. Todas. Resiste el pelo lavado, perfumado, con cuerpo, con una caída en cámara lenta que las filmaciones muestran como lo que es, indispensable para pasar del ayer al mañana, donde creemos que permanecerá.

 

Dice Lukacs que “la belleza, el criterio estético, lo impone la clase dominante”, pero conviene contestarles con rigor intelectual: “son embelecos tejidos en La Boca”. El coronavirus está demoliendo la belleza. No creemos que sea para tanto. Se siguen vendiendo los frascos, potes, botellas, tubos, sachets de shampoo (diga champú) y los avisos no mienten. No en el mercado de consumo (dicen). Si no le creemos al mercado… a quién creerle. ¡¡Por favor!!




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