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Viernes 17.07.2020 - Última actualización - 20:50
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La peste en mi pago

La estufa del coronavirus

 Crédito: Guillermo Di Salvatore
Crédito: Guillermo Di Salvatore

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La peste en mi pago La estufa del coronavirus Con el encierro el mandato es oficial. En este invierno al refugio y allí estamos, apretados en el pequeño espacio fraternal. Buscando el calor. No importa el precio, han prometido quitarle costos al gas y la electricidad, como también a la nafta y el gasoil.

Este mes de la peste en mi pago, el mes de julio, tiene una base de termómetro que cualquiera la sabe. Fin del otoño y arranca el invierno. Mas allá de caprichos e indecisiones el frío llega seguro, primero un poco, después mucho. Llega y se queda. Nada que no se sepa.

 

Con el frío las diversas formas de cubrir el pecho y las piernas, las orejas y el viento, que siempre dobla en la esquina y nos enfrenta de esternón a esternón. Agreguemos, nos gana. Con los años ganamos una sola y minúscula batalla, la de los sabañones, solo vestigios de esa tortura invernal.

 

Después de lo conocido vienen las contingencias, lo inesperado. No esperábamos la peste. No por descreer de la biblia o de la historia del antiguo Egipto, sino porque el humano se sabe Superman hasta que cualquier verdura es Kryptonita.

 

En mis pagos, peste sí o peste no, el invierno trae sus propias plagas estacionales. El resfrío, la tos y las narices, el más tos/tos y el más bronquios afectados. El frío y lo suyo, las complicaciones.

 

El asunto se complica, se insiste, no por el frío y la tos, sino por la pobreza. Un caldo caliente, una hornalla prendida, un verdadero fuego amigo, quita fuerzas al enemigo que ya sabemos que se ensaña en lo del haragán. También en el pobre pero, el pobre, cómo consigue su calor de hogar… no por falta de afecto, sino por falta de calorías que el afecto remplaza, remplaza un poco pero, ay, no alcanza. Conseguir las calorías lleva a la ingesta, esa es una parte, acaso la que da vida, sobrevida, mala vida y mortandad. Le suma el calor de la leña, del carbón, del gas encendido, de la electricidad brindando lo suyo.

 

Cuando la primera niñez a dos calles de mi casa estaba la Panadería El Sol y, por el costado, la entrada a la cuadra, el horno siempre encendido y la diferencia tremenda entre el verano y el invierno.

 

Cuando la Gran Depresión Argentina, en el 2001 al 2003 (términos redondos) con unos amigos “salvamos” una panadería de barrio, salvamos el horno y, para que no se apagase, conseguíamos la leña especial y el crédito para la harina, fabricaban los amigos pan barrial, de pocas piezas el kilo y al costo, cooperativa de panadería de muchos para el pan de todos los que podían llegarse. Al costo del calor, los 900 gramos de harina para el kilo, salmuera y lo dicho, pizca de levadura. El “pan cooperativo” es de bajo costo e inmensa afectividad. Además un símbolo.

 

Recuerdo ese horno porque lo mantuvimos encendido y era eso, un símbolo del calor y la fraternidad. Harina, agua, sal, pizca de levadura y maestro panadero de la larga pala.

 

El calor es señal y llamador, se ha dicho en varios libros de historia y ensayo, de narraciones y cuentos, el calor manda, es el instinto puesto a juntar gente y podría decirse que los humanos crecieron por unas ganas de conseguir comida, calor y mejor todos juntos y amontonados que desperdigados, desperdiciados, perdidos en la fronda, la arena, la escarpada montaña y la lejanía de los bosques. Juntos vencimos al frío y la soledad. La cueva el fuego. Eso somos.

 

La peste trae otra vez la primera bestia mansa y sociable, lo retorna al animal que tenemos guardado, apenas un poco más comunicativo, retorna el hombre que necesitaba calor y lo pone en las vísperas de la peste a que decida. Afecto o lejanía.

 

Recuerdo una casilla miserable donde se refugiaba una larga familia, con el cable viniendo del enganche de la electricidad y atado a una rueda de bicicleta, que al rojo vivo daba calor, claro, pero también el peligro de quedarse electrocutado y no importaba, no se sabía, se capitulaba, ese peligro si y el del frío no. Toda la vida nos la pasamos en el jardín de Borges. Permanentemente estamos en la opción.

 

Con el encierro el mandato es oficial. En este invierno al refugio y allí estamos, apretados en el pequeño espacio fraternal. Buscando el calor. No importa el precio, han prometido quitarle costos al gas y la electricidad, como también a la nafta y el gasoil.

 

Nadie preveía la peste incidiendo en las tarifas y ahí está. Con la leña es diferente. Con el pan también.

 

Tan rara durante la peste tanto la sociedad como el Estado, que parecen pero no son lo mismo. La promesa de permitirnos el calor, fabricar calor y sostenerlo contra todo tipo de tos y esternón gélido es válida y sucede, eso es el Estado. A la vez impiden el beso y el abrazo con cualquiera y en cualquier sitio, eso es la sociedad.

 

Se insiste, tan rara la sociedad de la peste, calor a bajo costo sí y abrazos con cualquiera no, porque el contagio viene de la pequeña licencia social, el vaso común, el beso, la bombilla y el abrazo. Del costo del kilovatio hablamos después, cuando llegue la primavera.

 

La verdadera contradicción de la peste es que en el invierno debemos elegir entre calores inventados y abrazos prohibidos. Somos tan raros…





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