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Martes 04.08.2020 - Última actualización - 23:12
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La peste en mi pago

El coronavirus y los ladrones

 Crédito: Archivo El Litoral
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La peste en mi pago El coronavirus y los ladrones La peste en mi pago sirve para hacerse preguntas. La elemental es esta: qué destino empuja a estos humanos a un punto tan diferente. El enfrentamiento es de jauría.

La peste en mi pago facilita desvíos. Las noticias sobre el aumento de la delincuencia, acaso combinada con la desesperación, el descuido y la degradación de las leyes, el perdón, lo permitido y lo profundo, lo que se debe hacer y no se hace han convertido zonas enteras en sitios comarcales pintados de rojo peligro. ¿Alguien estudia el porqué de los ladrones, los descuidistas, el fondo de la sinrazón que no es tal y el pulso que guía a sectores grandes, indeterminados, no censados ni mensurados a cruzar una línea devastada por la desesperación? La peste en mi pago sirve para hacerse preguntas. La elemental es esta: qué destino empuja a estos humanos a un punto tan diferente. El enfrentamiento es de jauría.

 

Antes, en mi primera juventud, puedo recordarlo todavía, hasta la poesía describía los actos. La poesía no es el sitio para el juicio, pero da indicaciones tan elevadas que suelen perderse.

 

Siempre me atrajo Tuñón. Lo conocí. Lo admiré por dos razones. La conducta vital, su conducta de vida y sus poemas. Son una sola en Raúl. Su hermano Enrique murió antes de tiempo.

 

Contaba el “tata Cedrón” que, vuelto a Buenos Aires casi definitivamente, fue invitado a tocar lo suyo en Casa de Gobierno, Casa Rosada, en uno de esos infernales conciertos que el peronismo promovió en este siglo XXI con un clásico remedo de los músicos de las Cortes. El peronismo tiene modos atrayentes, plebeyos, de usar los artículos de la nobleza; los músicos de la corte en aquella Europa se convierten en los músicos populares. “El tata”, según creo, fue el primero. Se salva con su anécdota del caso. Otro que se salva con su vida, como Tuñón.

 

Decía en una actuación en Mar del Plata (“El tata”) que comenzó, en aquella función cortesana como en todos sus conciertos, con el poema “Los ladrones” de Raúl González Tuñón, hacía una pausa (“El tata”) se reía… comentaba en voz baja: “yo creí que ahí nomás me metían en cana”…

 

El poema es sustancia. Raúl describe a los ladrones sin adjetivos sucios, casi ascéticamente, si no fuese que se le resbala la ternura. Cedrón cantó esto que ahora se lee.

 

“Los ladrones: Los ladrones usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas. Algunos llevan una linterna sorda en el bolsillo. Por otra parte, se enamoran de robustas muchachas, coleccionan tarjetas postales y a veces lucen un tatuaje en el brazo izquierdo, una flor, un barco y un nombre: Rosita. Todos los ladrones están enamorados de Rosita y yo también. Los ladrones saben silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el vals. Aman, sobre todo, a la madre anciana y cuando ésta se les muere cantan un tango, lloran desconsoladamente y de los objetos dejados por la muerta, a repartirse entre los hermanos, eligen una virgen de plata y el canario. Vengan a verlos por la mañana con la gorra hasta las orejas. Han desvalijado a las viejas del Asilo de las Hermanas. Dilapidarán sus dineros con mujeres y malandrinos, en pocilgas y merenderos, en milongas y clandestinos. Oirán un tango de Pracánico y en lo del Pena, ole con ole, mientras sueñan con Rocambole las muchachas en el Botánico. Del Parque Goal el payador humedecerá sus mejillas cantando sombrías coplillas de sangre, de muerte y de amor. A la noche, con la mamúa, irán de pura recalada, a besar la crencha engrasada que cantó Carlos de la Púa. Y son humanos, inhumanos, fatalistas, sentimentales, inocentes como animales y canallas como cristianos. Ninguna angustia los desgarra. Cada cual vive como quiere. Cuando la madre se les muere le ponen luto a la guitarra”.

 

Además del poema hay algo ahí, en esos versos cercanos a los 100 años de creación, que indica la observación sobre un modo de vivir. Destaco “inocentes como animales y canallas como cristianos”

 

¿Cómo son, ahora, los ladrones que nos desvalijan en mitad de la peste? Son hijos, nietos, bisnietos de aquellos… “ninguna angustia los desgarra, cada cual vive como quiere” dice el poeta. Hay en esa certeza de sus versos una significación sobre la angustia de nosotros, los de este lado y las leyes (cada cual vive como quiere) que evidentemente han cruzado.

 

Pertenezco a una bohemia donde era un código de lectores y discutidores de madrugada la cita: ellos están enamorados de Rosita… y yo también. Ese cruce entre tercera persona y la confidencia en la más elemental primera persona: yo también estoy enamorado de Rosita, ese cruce divide aguas en estos días.

 

Donde los tienen y como son esos amores de los delincuentes…Donde sus merenderos y malandrinos (merenderos de las hambrunas, que de eso se trata) milongas y clandestinos (refiere a los quilombos, casas de citas, prostíbulos) que menciona con el mejor estilo: existe, lo cuento, no lo juzgo, prostíbulos, un mundo, submundo, inframundo que miro y cuento. Allí está.

 

La peste no le quita fuerzas a la policía, fiscales y jueces. Ese mundo que describía Tuñón para fijar un año, sobre 1930 tiene sus cambios, pero es la misma sustancia.

 

Un ruego: que el coronavirus no distraiga a la Justicia. Nos veríamos obligados a usar adjetivos. A salir de la poesía. Debemos recordar que siguen desvalijando el Asilo de las Ancianas. Que tienen sus canciones, sombrías coplillas de sangre, muerte y amor. Que eso es la vida, también para los ladrones.




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