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Domingo 22.11.2020 - Última actualización - 19:22
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Cafetines de la ciudad

Bares. Barcos anclados en tierra a orillas del Paraná

El músico Fito Páez en un bar típico de la ciudad. Crédito: InternetEl músico Fito Páez en un bar típico de la ciudad.
Crédito: Internet

El músico Fito Páez en un bar típico de la ciudad. Crédito: Internet



Cafetines de la ciudad Bares. Barcos anclados en tierra a orillas del Paraná

Álvaro Javier Marrocco

 

¿Cuál debe ser el destino de los antiguos bares o de los bodegones de la ciudad de Rosario? La pregunta tiene más interrogantes que certezas, lo que abre la puerta a que en nombre del progreso se arrase con la cultura de una ciudad.

 

Como bien señala Dante Taparelli, por momentos pareciera ser que “la barbarie de la picota”, es uno de los caminos en pos de avanzar de nivel, y bien sabido es que los tradicionales bares de nuestra ciudad, no van a ser impedimento de ello.

 

A principios de este 2020, se conoció la noticia del cierre del histórico bar “Rosario City Café, ubicado en Santa Fe y Entre Ríos, que en los años ‘70, se llamaba “Saudades” y era el lugar de reunión de los músicos rosarinos que luego formarían la movida conocida como La Trova, que supo reunir en sus mesas a Fito Páez y Rubén Goldín. “Saudades” estuvo hasta alrededor del ’86, después tuvo otros nombres. Más tarde se llamó “Luigi” que fue predominantemente un bar nocturno, luego “City Café”, y la última gestión fue con “Café City Rosario”.

 

Varios años atrás también se conocía la noticia del cierre de otro tradicional bar “La Buena Medida”, ubicado en Buenos Aires y Rioja, que bajaba sus persianas debido a que sus nuevos propietarios, reabrirían el local pero con reformas, siguiendo los preceptos posmodernos en cuanto a cómo repensar lo urbano aggiornándose a los tiempos.

 

Preservación histórica

 

Desde la Secretaría de Planeamiento de la Municipalidad de Rosario, desde hace varios años se busca encontrar un punto de equilibrio, entre aquellos que quieren reformas y esos otros que no quieren ninguna reforma en los bares antiguos que tiene la ciudad. Lo cierto es que si no se los acondiciona, la gente no va más y terminan abandonados.

 

Por esa razón, desde la Secretaría se apunta a la política de preservación, no tanto a la conservación que se hace fundamentalmente en los monumentos, y que es como un virtual congelamiento del tiempo. La idea es darle vida, renovarlos manteniendo, en lo posible su espíritu.

 

A principios del año 2010 en la ciudad, se lanzó un programa tendiente a rescatar los viejos bodegones de la ciudad. En una primera etapa la idea era hacer un relevamiento, formar un catálogo de los bares antiguos que funcionan no sólo en el centro sino también en los barrios.

 

Según la opinión del ensayista frances Olivier Mongin, estamos ante la mundializacion (…) hoy en día si vemos los mapas a escala mundial encontramos tendencias que son comunes en todas partes. Ya no hay ciudad Europea, ciudad china o ciudad árabe (…) lo vemos aquí o en Buenos Aires, una ciudad que debe salir de su etapa industrial (…). Es un tema central ahora porque se nos presenta súbito. “La ciudad se terminó, es el caos” dice Rem Koolhaas, profesor de arquitectura. Estamos en un mundo posurbano, a menudo tenemos la nostalgia de la ciudad (…). Porque la ciudad siempre es lo soñado, el imaginario.

 

La discusión en sí no pretende alejarse demasiado de lo que circunscribe a la problemática de los bares. Y por tal motivo, nada mejor que dejar de lado las consideraciones de los entendidos respecto del deterioro de las grandes urbes y los factores producidos por la mundialización y retomar las opiniones de aquellos que se identifican con el bar, me refiero a los escritores, para quienes el solo hecho de modificar el espíritu de los bares tradicionales, es más que una traición.

 

El periodista Reynaldo Sietecase abordó el proyecto y quedó registrado en su libro: "Los bares. Barcos en tierra a orillas del Paraná".Foto:

 

 

 

Escritores de bares

 

El escritor y músico porteño Alejandro Dolina, en su libro “El bar del infierno”, dice que los parroquianos están condenados a vagar permanentemente por los mismos lugares (…) porque el cafetín es un laberinto (…) pero ellos no lo saben (…) aunque algunos presienten una verdad aún más temible: no se puede salir del bar no por la falta de puertas, ni por la disposición caprichosa de sus instalaciones, sino porque no hay otra cosa que el bar. El afuera no existe.

 

Otro escritor rosarino que suele incluir a los bares en sus escritos es el poeta Jorge Isaías, en cuyos textos los cafés aparecen como escondite, oficina, punto de encuentro o trabajo. Los bares son espacios que suelen relacionarse con la bohemia y la tertulia literaria y desde ese lugar, la función simbólica de estos espacios/bares tiene que ver con la necesidad de escapar de una masa anónima. La musa inspiradora es tal vez otra manera de nombrar esa sensualidad colectiva que el bar posee: ese estar entre muchos.

 

Quien en su momento hizo un catálogo de los históricos bares rosarinos fue el periodista y escritor Reynaldo Sietecase, quien abordó el proyecto y quedó registrado en su libro: “Los bares. Barcos en tierra a orillas del Paraná”, incluyó un recorrido por un puñado de bares tradicionales y simbólicos de la ciudad -de esto hace diez años- vale la pena ver el destino que corrieron algunos de ellos: “El Cairo” (Santa Fe y Sarmiento): reciclado. “El Viejo Abasto” (Sarmiento y Pasco): sigue abierto. “Olimpia, los 20 billares” (Maipú casi Santa Fe): cerrado. “El Olimpo” (Mitre y Urquiza): reciclado. “Café de la Ópera” (Mendoza y Laprida): sigue abierto. “El Ancla” (San Juan y Maipú): sigue abierto. “El Savoy” (San Martín y San Lorenzo): abierto.

 

Sin lugar a dudas, habitué histórico de los bares e hincha del bar “El Cairo”, es el escritor y dibujante Roberto "El negro" Fontanarrosa, quien en un texto preliminar formidable del libro “Los Bares. Barcos en tierra a orillas del Paraná” (Reynaldo Sietecase-Mario Laus, 1997, Editorial Fundación Ross) se despachó con una suerte de prólogo, más que sublime. Allí dice: “Me gusta ir al café porque ahí nunca se habla de cosas importantes. Siempre de pavadas (…). Usted se encuentra allá con los amigos, entonces. Y esa es otra buena. No hay cita previa. No hay que llamar a nadie por teléfono para saber si estará o no estará en el boliche. Usted, mi amigo, va al boliche sabiendo positivamente que allí encontrará, uno, dos, cinco o catorce miembros de la mesa, llueva, truene, garúe o caigan rayos (…). Y se hablará de fútbol, o de política, o de cine, o de mujeres. Largamente, distendidos, sabiendo que nada de lo que se diga allí podrá ser usado luego en contra suyo (…). Al día siguiente (…) el mismo caso. La charla informal, reírse un poco, comentar las noticias, sacar mano. Un cable a tierra. Un recreo. Sentirse más flojo, más liviano. Sentirse bien. Sentirse en casa”.


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