Salomé Crespo

Quedan expuestas y a merced de los delincuentes que, en ocasiones las intimidan con armas, las golpean y hay casos de abuso sexual. ¿Cómo retomar la rutina después de atravesar un hecho tan traumático?

Salomé Crespo
[email protected] Según un relevamiento periodístico del Observatorio del Centro Comercial, en lo que va del año en la ciudad de Santa Fe se produjeron 121 asaltos y robos a comercios de todos los rubros, y estos son sólo los casos en los que hubo intervención policial, porque ocurren muchos otros que no se conocen ni denuncian. Del informe se desprende que ocurrieron 20 robos a panaderías, 13 a heladerías y a 10 farmacias. Estos comercios, son en su mayoría atendidos por una o varias mujeres que al momento de ser abordadas por un delincuente, también son blanco de violencia extrema verbal y física, una situación que a consideración de los especialistas no es otra cosa que violencia de género. Las agresiones van desde un “hija de puta te voy a matar”, golpes con consecuencias físicas y psíquicas difíciles de superar o irreversibles, y amenazas con armas blancas y de fuego. En ocasiones, los delincuentes simulan que disparan el arma frente a las víctimas para intimidarlas, aunque se presenten en un estado de completa indefensión. “La condición de mujer genera una situación de vulnerabilidad, esto está planteado en la definición de violencia de género”, puntualizó respecto de los casos la psicóloga Laura Manzi, del Centro de Asistencia a la Víctima de la Defensoría del Pueblo de la Provincia. El caso de Belén (24 años) fue emblemático. El 11 de abril del año pasado fue abusada por un joven dentro del local de ropa donde trabajaba, en plena peatonal San Martín. El hecho se produjo al mediodía, minutos antes del horario de cierre. Hace pocos días, María Esther Paolín fue brutalmente golpeada por un hombre que entró con la intención de robar en la panadería Santa Catalina de barrio Sur, donde la joven mujer trabajaba. El delincuente no llegó a abusar de ella ya que, justo cuando la tenía casi dominada a golpes, entró un cliente y la salvó. Literalmente, le salvó la vida. “Creo que en un segundo más, me mataba”, le dijo a El Litoral horas después del robo. Por estos días la joven ya no habla con la prensa por indicación de su médico personal, debido a que se encuentra en un fuerte estado de conmoción. El año pasado, Fernanda Gianastasio y Mariana Gauna corrieron la misma mala suerte. En las sucursales de las panaderías Polo Norte y Franco Colella, respectivamente, fueron abordadas por sujetos que, además de robarles, las insultaron o golpearon de manera demencial. Actualmente, así como no se cansan de agradecerle a Dios que sobrevivieron, reconocen que sus vidas no volvieron a ser las mismas. En el caso de Fernanda, ocho meses después del robo, no logra ver las fotos que reflejan cómo le quedó la cara por los golpes.
Consecuencias de alto impacto
Para la psicóloga Laura Manzi es claro que las manifestaciones de machismo violento no se evidencian solamente en los casos de mujeres agredidas en sus hogares a manos de sus parejas y en ocasión de delito por los delincuentes, sino también en aquellos cuya modalidad suele tener un mayor ensañamiento. Particularmente los que pueden terminar en un abuso sexual, considerado como la forma de agresión a una persona que conlleva una mayor humillación y “obsesividad” sobre la víctima. “Que se considere a la mujer vulnerable y, por lo tanto, como una presa fácil para ser dominada, parece que facilitaría el hecho de convertirse en víctima de asaltos”, reforzó Manzi.
Ser víctima de un robo se constituye posteriormente en un hecho traumático, de fuerte impacto en las personas, con efectos inmediatos y otros que pueden perdurar más tiempo. “Durante los primeros días el hecho capta totalmente a la persona, cambia la vivencia acerca de sí misma, del mundo y de la vida. Se sienten vulnerables e indefensas y que no tienen control sobre su vida, sino que están a expensas de vicisitudes externas”, precisó la psicóloga.
Asimismo, para el “afuera” pasan a ser “la chica abusada o la chica que asaltaron”, produciéndose una absorción de la identidad de la persona. En tanto, físicamente se muestran decaídas, padecen recuerdos intrusivos y, emocionalmente, tiene connotaciones somáticas: sensación de angustia, aceleración del pulso, imposibilidad de conciliar el sueño y una gestualidad corporal de defensa
Para la recuperación de la persona, es importante contar —si es necesario— con una asistencia terapéutica y, fundamentalmente, el acompañamiento de la familia y el entorno. “De a poco la víctima logra visualizar que logró sobrevivir”, señaló Manzi, y es en ese momento cuando quienes acompañan el proceso deben aportar desde la empatía y no mostrar lástima, “porque esa mirada influye en la que la víctima hace de sí misma, y si considera que la situación puede ser reparada, el efecto es diferente”.
Y sobre todo, es imprescindible evitar realizar conjeturas respecto de lo que la persona agredida hubiera tenido que hacer para que el hecho violento no se concrete: “Si hubiera cerrado la puerta, gritado más fuerte o amenazado con un cuchillo”.
Que no vuelva a suceder
Casi la mata. A María Esther Paolín un hombre, que ya fue detenido por la policía, la golpeó tanto que le prodigó heridas externas e internas. Un cliente ingresó al local y la salvó.
Foto: Danilo Chiapello
“Para nosotros, lo que le pasó a María Esther fue volver a vivir lo que le pasó a Belén”. Lorena, la mamá de la joven que fue abusada en la peatonal San Martín, comparó los casos y, aunque sabe que el de su hija tuvo un final diferente, sintió alivio al saber que María Esther no fue violada. “Le quiero decir que la vida continúa, que tenga coraje porque seguro hay gente que la quiere y que para adelante hay proyectos. Belén puede día a día”, contó.
Actualmente, la joven está bajo tratamiento psiquiátrico, con la contención de su familia y amigos y planea para el año que viene, iniciar la carrera de maestra jardinera. “Tiene días buenos y otros malos. A veces le preguntan por lo que le pasó y llora. Nos marcó como familia, aunque no nos rendimos”, afirmó su mamá.
Si bien Belén no accedió a hablar con El Litoral, Lorena una vez más lo hizo por ella: “Tenemos que pelear todos y sobre todos nuestros gobernantes para poder vivir en una ciudad más segura. Donde podamos salir a tomar un colectivo o a trabajar y que no nos roben, maten o violen un hijo”.
El dato Para pedir ayuda
Otros antecedentes
Fernanda Gianastasio dice que el miedo queda
“Es muy feo no poder confiar en la gente”
Cómo seguir. Tiene 30 años y es empleada de la panadería Polo Norte. Fue asaltada y golpeada en noviembre de 2012, en la sucursal de Juan del Campillo y Marcial Candioti. Foto: Guillermo Di Salvatore
A veces cuando camino por la calle con mi hija de 4 años, me tenso tanto que le aprieto muy fuerte la mano. Ella me dice “mamá me estás haciendo mal”. Trato de no salir a la calle, en el colectivo no saco el celular porque tengo miedo que me roben y le digo a mi marido que me vaya a buscar a la parada. Mis compañeras también tienen mucho miedo. Para nosotros, que trabajamos en un comercio, es muy feo no poder confiar en la gente.
Es algo que me sigue, que perdura. Si entra un cliente con las manos en los bolsillos ya creo que va a sacar un arma para hacerme algo. En ese sentido, el “volver a empezar” también es pensar todo el tiempo en qué me va a pasar hoy, así lo vivo. Pero a la vez, también necesito trabajar, no me puedo quedar encerrada en mi casa por el temor y lo cierto es que, hoy en día estamos todos, en todos lados expuestos y vulnerables.
Mi familia está muy pendiente de mí, me cuidan. Y eso me ayuda mucho a seguir, todos los días. También tengo que estar bien por mi hija que me necesita. Y creo en Dios.
Cuando me enteré lo que le pasó a la chica en la Santa Catalina de barrio Sur (María Ester Paolín) fue revivir todo, ví sus fotos y parecía mi cara cuando me golpearon durante el robo. Hoy quisiera decirle que no viva en ese momento horrible, que no se quede ahí y que tiene que seguir adelante.
Mariana Gauna cuenta cómo fue asaltada
“Estamos a merced de los delincuentes”
En primera persona. Esta empleada de la panadería Franco Colella tiene 38 años. Fue asaltada en julio del año pasado en la sucursal de calle San Jerónimo y Eva Perón. Foto: Mauricio Garín
Eso es desesperante porque nunca se sabe cuándo va a pasar a mayores, a lastimarte o algo peor, porque nunca están tranquilos. Y da más miedo cuando son menores, porque la mayoría de las veces están muy drogados. Además si lo denunciás y lo agarran, hoy entra a la comisaría y mañana sale. A partir de ahí, es una persecución constante porque sabe dónde trabajas.
La vida no vuelve a ser igual. Si entra alguien al local con una gorrita creo que me va a robar, se pierde la confianza en la gente. En la calle me pasa todos los días, tomo mil precauciones, es realmente horrible vivir así. Ya no salgo con cartera, me meto el celular entre la ropa y a la mañana cuando salgo en la moto miro para todos lados. Después del robo no podía dormir y ahora me cuesta mucho quedarme sola en el negocio, me siento en constante peligro. A todas mis compañeras le pasaron cosas similares o mucho peores.
Una compañera del susto que pasó durante el robo se orinó, a otra la quisieron violar, a otra de una sucursal de Santo Tomé la golpearon tanto que no pudo volver a trabajar. Es que estamos solas y cuando estamos trabajando no hay nadie que vea o escuche. Estamos a merced de los delincuentes.