Agustina Mai - [email protected]
En Brasil, como en Argentina, los niños y adolescentes en la calle constituyen una problemática social. En 2005, la Municipalidad de Porto Alegre tomó el toro por las astas: censó 637 niños de entre 6 y 16 años e implementó un programa para sacarlos de la calle. En 2007, casi 400 habían vuelto a sus hogares. Hoy sólo quedan 70 jóvenes, vinculados al paco, que constituyen uno de los mayores desafíos para el municipio brasileño.
Carlos Fernando Simões, el coordinador de las políticas públicas para niñez y juventud de Porto Alegre, visitó Santa Fe -invitado por la Municipalidad- y dialogó con El Litoral sobre este programa que revirtió la situación de casi 600 niños.
—¿Cuál era la realidad de los chicos de la calle?
—En 2005, teníamos 637 chicos y adolescentes, de entre 6 y 16 años, que buscaban dinero en las calles de Porto Alegre. Todos tenían familia, pero les faltaba una figura paterna, según una investigación de la Universidad Federal de Río Grande del Sur. El 90 % eran varones, cuidaban autos, hacían malabares, pedían con rostros tristes... Algunos tenían a sus padres que los mandaban a pedir. Pero llega un momento en que estos chicos se dan cuenta de que no hay necesidad de volver a sus hogares. ¿Para qué volver a una casa donde hay que entregar el dinero a un padre que maltrata y que se lo gasta en alcohol? Entonces el chico se queda en la calle y establece un vínculo con el crack (paco), no porque produzca una buena sensación, sino porque corta el frío y el hambre, y le da coraje para enfrentar los problemas diarios.
—¿Cómo fue el primer acercamiento?
—Desde la Municipalidad empezamos a ofrecerles -a contraturno escolar- actividades interesantes, como fútbol, voley, básquet, teatro, danza, música... de 2007 a 2012 implementamos el proyecto “Acción en las calles”, con profesionales de servicio social, psicología, pedagogía, y equipos en todos los distritos de Porto Alegre, que trabajan mañana, tarde y noche. Somos la única ciudad de Brasil que trabajamos con redes de protección, a través de profesionales de distintas disciplinas. Estamos teniendo un éxito muy efectivo: no tenemos más niños ni adolescentes en las calles.
—¿Cómo consiguieron sacarlos de la droga?
—A partir de la oferta de actividades interesantes y con acompañamiento de profesionales para establecer vínculos de forma creativa y recreativa. Cambiamos el “estar en la calle” por un espacio de protección. Tenemos convenio con 300 organizaciones no gubernamentales (ONG), muchas de cuño religioso como La Salle, los salecianos, los maristas. ¿Por qué? Porque ya tienen la estructura en territorio y los profesionales; lo que les faltaba era un proyecto de gobierno. Si una organización se suma a este programa, recibe dinero mensualmente y es monitoreada por la Municipalidad. Cuando ocasionalmente aparece un niño en la calle, es atendido por estas instituciones: se busca su familia para ver por qué está en la calle, si hay consumo de drogas, si se puede conseguir un subsidio. Es un trabajo focalizado. El chico es sacado de la calle y las instituciones se responsabilizan por él. Esto implica un costo cinco veces menor para la Municipalidad porque si tuviésemos que establecer este trabajo en todos los distritos, necesitaríamos crear nuevos impuestos. Por otra parte, el gobierno le ofrece subsidios a estas familias para garantizarles una mínima supervivencia. Si un niño tiene un turno en la escuela y un contraturno en las ONG, y en los dos recibe alimentación, no tiene por qué buscar la calle.
—¿Se tomó alguna otra medida para combatir las drogas?
—Nuestra política es fortalecer a esos adolescentes para que puedan terminar la escuela e ingresar al mercado de trabajo. Además, esperamos que la policía efectivice su trabajo contra los traficantes.
—¿Cuál fue el resultado de este programa?
—En 2005, la Universidad censó 637 niños y adolescentes en las calles. En 2007, había 245 chicos. En 2012, ya no había niños en la calle, todos habían vuelto con sus familias. Sólo quedan 70 jóvenes, de entre 16 a 18 años, que consumen paco y no tienen vínculos familiares.
Hay un sector de la ciudad, que se llama “Crackolandia”: es la zona más insegura, donde los jóvenes usan paco y hay conflictos entre traficantes. Es uno de los temas pendientes, junto a la inseguridad y la alta violencia y asesinatos por la droga.
—¿Recorrió la ciudad de Santa Fe?
—Sí, y pude ver muchos niños y adolescentes con rostros tristes en las calles de Santa Fe. En el centro vi bastantes chicos pidiendo, algunos con sus padres cerca... lo que pasaba en Porto Alegre. Santa Fe puede enfrentar esta cuestión de los niños en la calle ahora, está a tiempo. Pero si se permite que pasen los meses, estos niños se convierten en adolescentes y en jóvenes, y entonces ya no vuelven a sus casas: se quedan en la calle y los problemas para poder sacarlos son mayores.






