Mariano Murphy y Ale Mac Laughlin (Ole.com.ar) El gendarme abre el paso. Indica dónde está la cancha. Con casco, fusil al hombro y chaleco antibalas, parece que custodiara la Franja de Gaza. Pero no custodia la Franja de Gaza. Custodia la entrada a Fuerte Apache, a apenas cuatro cuadras de Capital Federal. Acá, en este barrio marginal que para bajar la delincuencia hoy es patrullado por más de 100 gendarmes, se juega el clásico de los clásicos: Fuerte Apache ante Ciudad Oculta, partido, como diría el Bambi, de clima tropical. "La cancha está allá, entre los edificios", indicó el gendarme así que ahora el auto avanza entre los monoblocks, calles oscuras y humildes viviendas. Luego de algunas cuadras está el club Santa Clara Esperanza. El remisero que nos trajo dice que nos espera en la puerta del lugar, que no baja porque "acá el auto no lo dejo solo ni en pedo". En el club está todo el barrio. Nadie se quiso perder el clásico del que se hablara no sólo el fin de semana, y hasta los balcones de los monoblocks están copados. Entre los hinchas hay muchos de la barra de Chicago y corre la cerveza y los cantitos se ponen cada vez más picantes. Hay que reconocerlo: es inevitable no asegurarse dónde guardamos la billetera y ver para qué lado corremos en caso de que se caldeen los ánimos y los gendarmes se pongan nerviosos. Pero por lo pronto todo eso queda en prejuicio. Nos reciben la sonrisa y la cordialidad de María Graciela Chirino. Ella, junto con la producción de Blog, el programa de Daniel Tognetti que va los lunes por Canal 9, organizaron el partido. "Es a beneficio de dos comedores nos cuenta María Graciela. Uno de Ciudadela y otro de Ciudad Oculta. Los chicos que juegan están en los vestuarios, ¿quieren ir a verlos?". Vamos. En los vestuarios hay adrenalina, hay "vamos, carajo", hay más botellas de Quilmes vacías que jugadores. Los chicos de Ciudad Oculta cantan contra Tevez, orgullo del local. Mientras, "que salgan ellos primero", se escucha en el vestuario de Fuerte Apache. Pero el que sale primero es Elizondo. Sí, el árbitro mundialista pita en este clásico y se lleva todos los aplausos. Dirigió a Zidane, a Cannavaro, a la Cobra Wanchope. Ahora está acá, en los mismísimos vestuarios de un clubcito de Fuerte Apache, diciéndoles a los chicos que jueguen tranquilos, que "yo vengo acá porque me gusta dirigir, espero que ustedes se respeten". Finalmente salen los equipos. "Ellos son chicos buenos nos comenta María Graciela, no son cómo los diarios los quieren hacer ver. En cuanto les dije del partido, enseguida colaboraron. Y ojo que además son buenos jugadores avisa. Lo que pasa es que para llegar se necesita plata, ¿viste?". Vemos. Ahí están, entonces, los que no llegaron. Son chicos de 20 años promedio. Potenciales delincuentes para los Blumberg, potenciales pasajeros de sus micros para D''Elía. Pero ahí están. Se rompen el alma en la cancha, una cancha de cemento, despareja, llena de pozos y de charcos. Juegan por nada y por todo. Ciudad Oculta, chiste fácil, sin muchas luces en ataque y Fuerte Apache domina. Lo tiene a Enrique Ibarra, Pitu, que juega a lo Barrientos y hace dos goles: 2-0 para Fuerte Apache. "Si hubiera tenido más apoyo, hoy tal vez sería un Tevez", nos codea María Graciela. Hablando de Tevez, por ahí anda Guillermo Tevez, el tío de Carlitos, una celebridad. Todo el mundo lo señala, todo el mundo nos dice "¿sabés quién es ése?". "Sí, soy el tío de Carlitos", dice él, mientras se peina para las fotos. A Tevez lo apodaron Apache porque nació acá pero hay que aclarar que el barrio no se llama así: en verdad, se llama Complejo Habitacional Ejército de los Andes, nombre que le pusieron los militares en los 70, cuando lo terminaron de construir como un plan de erradicación de villas. Lo de Fuerte Apache nació por el periodista José de Zer, aquél que en Nuevediario perseguía gnomos asesinos y desprevenidos alienígenas. Lo bautizó el día en que cubrió un tiroteo frente a la comisaría atrincherada. Ahora el que está atrincherado es Fuerte Apache. Tan atrincherado que Ciudad Oculta mete el 1-2 y se va arriba a quemar las naves. Al costado de la canchita lo que queman los muchachos no son precisamente las naves. Fuman un porro tamaño extra-large y qué duda hay: al clásico vinieron también el Caño Ibagaza y el Tano Fazzini. Ya no hay tiempo. Elizondo pita el final. Todo Fuerte Apache entra a la cancha. Hay abrazos, festejos, un robo. En la euforia, alguien le manoteó la muñeca a Elizondo y le robó el reloj con el que dirigió ¡la final del Mundial! "Devuélvanlo, ¿qué van a pensar de nosotros?", dice María Graciela. "Es una vergüenza", se multiplican las voces. Entonces, apenas minutos después, una mano se lo pasa a otra y otra a otra y el reloj aparece. Todo el mundo aplaude. Nosotros también. Y ya no tanteamos dónde tenemos la billetera.




