Rogelio Alaniz
Decididamente los historiadores revisionistas no lo quieren. Dicen que fue un pavo real, un snob, un oportunista que supo conquistar a los muchachos de Buenos Aires con su supuesta sabiduría romántica parisina y, por supuesto, un enemigo de la causa nacional. Como si estas objeciones no alcanzaran, le imputan ser un pésimo poeta. A mi modesto criterio la única acusación más o menos precisa, porque sus poemas son malos, incluso para quienes lo apreciamos y le reconocemos talento. Efectivamente fue un mal poeta, pero uno de los mejores cuentos de la literatura nacional lo escribió él. Se llama “El matadero” y se divulgó muchos años después de su muerte, gracias a las gestiones de Gutiérrez. El cuento es tan bueno, está tan bien escrito, que más de un crítico ha llegado a preguntarse con asombro cómo un poeta tan mediocre pudo escribir un relato de esa calidad.
Echeverría debe su fama a su genio, pero sobre todo a sus contemporáneos quienes no vacilaron en reconocerlo como su maestro. Sarmiento, Alberdi, Fragueiro, Gutiérrez, Mitre, ponderan su talento. No deja de ser sintomático que las personalidades políticas más relevantes de la segunda mitad del siglo XIX se consideren discípulos de ese joven de ojos oscuros, mirada afiebrada, pálido y siempre vestido de negro como correspondía a un romántico a tiempo completo.
Echeverría nació en Buenos Aires en 1805 en el seno de una familia que hoy denominaríamos de clase media. Su juventud fue borrascosa y poética. Se habla de su afición a las mujeres y su gusto por la vida nocturna. En esos años aprendió a tocar la guitarra y se relacionó con orilleros, compadritos y jóvenes calaveras. La leyenda habla de un lance amoroso y de una amenaza de muerte. A los veinte años viaja a Francia escapando de sus enemigos o de algún marido celoso. Ya en aquellos años París era la capital cultural del mundo. El Sena, el Barrio Latino, los cafetines de Montmatre, los tugurios del bulevar Saint Michel, eran leyenda. A esa ciudad llega el joven Echeverría con sus inquietudes y sus sueños. Se dice que en París descubre la ideología vigente entre los intelectuales: el romanticismo. Para ser justos, habría que decir que Echeverría se encuentra con el romanticismo en París, porque de alguna manera él se venía preparando para ese encuentro.
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