Lejos de los cruces entre funcionarios, de la desconfianza de los santafesinos y de las creencias sobre ellos, los conocidos como "chicos de la calle'' cuentan sus vivencias. Cómo piensan, sienten y sueñan los que necesitan una mano de todos.
Salomé Crespo
Son chicos como tantos otros que viven en la ciudad, les gustan las mismas cosas, se entretienen de igual forma, les encantan las computadoras, jugar a la pelota y escuchar música.
Como todo lo que no se quiere ver y molesta, la sociedad los encasilló y condenó, se los llama "los chicos de la calle'' y también están "la banda del poxi'' y `los de la terminal', pero es necesario revertir la mirada sobre personas que tienen nombre y apellido, que son sujetos de derechos y una responsabilidad de todos como comunidad.
Un día en La Casa de Juan Diego
A media mañana de un día como cualquiera los chicos de La Casa de Juan Diego, están en el taller de carpintería -mientras escuchan FM Cadena Tropical- y otros en el aula radial que funciona allí a cargo de la docente Elva. También está Gustavo Vogel, el director de la institución, que los observa paciente, es quien los contiene, los aconseja o pone límites.
La mayoría de los chicos que encontraron ahí un remanso en sus vidas de tormentos vive en la calle, literalmente. Son adolescentes o están por serlo, de modos turbulentos, impredecibles; miden y deciden la lejanía o cercanía que ponen con quien los interroga. Nunca bajan la guardia, están alertas y desconfían. Cuesta -y mucho- lograr mantener un diálogo con ellos, más si tienen frente a alguna "autoridad'' de la institución, por varias razones: por la edad en la que están, porque siempre es difícil hablar de uno mismo y porque lo que tienen para contar es tan interesante como doloroso.
Con sólo mirarlos un rato, se pueden advertir las causas de su comportamiento, día y noche mantienen una lucha entre lo que pueden y lo que deben ser para la mirada de un individuo que desarrolló su vida en las instituciones que transmiten pautas y conductas socialmente aceptadas.
Todo lo que son se los dio la calle, adonde llegaron siendo criaturas y por distintas razones no muy complejas de imaginar. Quienes pueden y quieren mantienen contacto con algún integrante de su familia, aunque estas relaciones no son sencillas ni estables.
Éstas son algunas de las historias de los chicos de La Casa de Juan Diego que le contaron a El Litoral.
Palomita y Dieguito
Durante la visita, estaban en la casa Gastón, César, Sergio, Adrián y NN -como eligió llamarse uno de los chicos con gesto burlón-.
César había salido del aula y se movía por la oficina del director buscando un libro, papel y lápices para dibujar; lo siguen sus compañeros, que después salen y vuelven a entrar mil veces. El hogar es una revolución permanente, un desafío para los nervios de quien allí trabaja.
Al rato, llega Sergio, le dicen "Palomita'', es tímido y, bajo la mirada de la docente, responde con monosílabos o con señas, a solas cuenta.
Según dijo, está en la calle desde que tiene cinco años o un poco más, vivía en barrio Yapeyú con su mamá, su abuela y sus hermanas, a su papá nunca lo conoció. Su mamá murió cuando él tenía 13. Dice, mirando el piso, que ahora se da cuenta lo que era tener una mamá, "después que se murió es como que la valoro más''.
Los días en la calle no son fáciles, "andábamos con otros chicos juntos, eran como mis hermanos que yo no tuve. Por ahí cuido autos''.
Explicó que se fue de su casa porque no se hallaba en el barrio, "pero de vez en cuando voy a ver a mi abuela''.
Según dice, cuando era más chico aspiraba pegamento, aunque con esas cuestiones nunca se sabe, pero es consciente de lo que eso le hace: "Te deja bobo el poxirrán, te mata las neuronas y te hace mierda los pulmones''.
-¿De dónde sacabas el poxi?
-De por ahí. Siempre tenés amigos que te dan, además, si vivís en la calle siempre conseguís plata, haces así -hace un gesto con la mano como pidiendo- y tenés. También tengo un amigo que siempre me da, pero poco, siempre encontrás a alguien que algo te da.
-¿Dónde dormís a la noche?
-Tenemos unos colchones acá a la vuelta -de La Casa de Juan Diego-, antes iba al refugio pero no me dejan entrar más por la edad. Anoche nos cagamos de frío porque nos sacaron todo, los más chiquitos van al refugio, por lo menos ellos duermen calentitos.
"A nadie le importa''
Sergio mira todo el tiempo al piso, tiene ojos tan negros como su pelo; después de un silencio incómodo se siente en la obligación de confesar: "Yo sé que me mandé un montón de cagadas, estoy arrepentido, en realidad hice quilombo en el refugio, pero me arrepentí. Pero a nadie le importa mi arrepentimiento''.
Es una mezcla de nene y hombre, dice a su manera que en La Casa de Juan Diego encontró apoyo, "no sé si a alguien le importa que venga acá, no sé si me escuchan pero a mí me hace bien, me descargo''.
Diego también va a La Casa de Juan Diego, tiene 14 años, habla bajito y lento. Vivía en barrio Santa Marta con su mamá y sus hermanos, vendía estampitas y hacía malabares en la calle.
"Me iba de mi casa por cabeza dura, dormía con "Palomita'' y otros chicos, en un garaje acá a la vuelta. Durante el día, limpio vidrios o hago malabares con tres o cuatro pelotitas, aprendí solo. Acá me gusta hacer todo, la escuela, venir a carpintería y a herrería, también aprendo a portarme bien, a no faltarle el respeto a los mayores'', cuenta serio Dieguito.
-¿Cómo es vivir en la calle?
-Me cagaba de hambre, andaba jalando -aspirando poxirrán- entonces empecé a venir acá y me gustó.
-¿Recordás tu primera noche en la calle?
-Fue en la Plaza del Soldado, tenía 12 años, me quedé porque jalaba con unos amigos, ellos se quedaron y yo me quise quedar para ver cómo era... pero no puedo pasar mucho tiempo sin ver a mi mamá, tengo que volver a mi casa, la extraño.
Como le pasaría a cualquiera, a Diego lo asusta la soledad de la calle y el rechazo de la gente: "Es feo dormir en la calle, te cagás de frío, además vos le pedís algo a la gente y se van, llaman a la policía, no sé por qué, a veces te dicen guacho de mierda drogadicto, no sé por qué dicen así, será porque tienen plata o están bien vestidos, la gente discrimina, sobre todo los más grandes y nos meten a todos en la misma bolsa''.
Muchos sueños por cumplir
Sergio, sabe lo que quiere, pero no es fácil, las puertas se cierran incluso antes de abrirse. Le gusta cocinar, siempre que puede y lo dejan colabora en la cocina de La Casa de Juan Diego.
"Fui a averiguar al IGA -Instituto Gastronómico Argentino- para ver cuánto sale seguir la carrera de Chef, y me dijeron que 200 pesos por mes. De dónde voy a sacar 200 pesos por mes durante dos años... así que ya sé que no''.
También disfruta de la música, su grupo preferido es Cali, "pero antes me gustaba más, también Sergio Torres y Coty''.
A Diego le encantaría estudiar y ser boxeador, conoce el camino, "así voy a poder ser alguien en la vida, si no me voy a arrepentir''. "Me gustaría ser como Baldomir'', dice Diego permitiéndose soñar.
El admirador de Baldomir tuvo un paso fugaz pero importante por Buenos Aires: "Vivíamos en Morón y yo iba a limpiar vidrios a Palermo, veía a todos los famosos, a Tinelli, a Susana Giménez, a Francella, a Nalbandian... a Diego Maradona lo saludé en un semáforo, pasó en un auto chiquitito y me dio una moneda'', contó Diego.
Antes de terminar su charla con El Litoral, Dieguito reveló un dato que le quita el sueño a más de uno: "a Susana la vi pasar en ese auto que tiene, atrás iban también otros dos autos con esos grandotes que la siguen, los de seguridad. Es gorda, no es tan flaca como aparece en la tele''.
-¿Cómo te ves en diez años?
-Me gustaría estar con mi mamá y mis hermanos en una casa, también quisiera un trabajo que me dé plata para ayudar a mi mamá. Me da miedo estar en la calle, me da miedo la policía... Me veo trabajando y boxeando, más que todo quiero ser boxeador, pero a mí no me gusta pelearme en serio con nadie.






