José Luis Pagés - [email protected]
Ayer a la tarde, un nene apenas siete años entró en una remisería, pidió un vaso con agua y se negó a aceptarlo en la puerta de calle como le sugirió la operadora de radio que lo atendió en el mostrador.
“Al agua la tomo acá”, dijo el chico, mientras con ojitos inquietos pasaba revista al lugar. “En la puerta”, insistió la empleada de la empresa Radar, “porque afuera hay un remisero que si te ve se va a enojar”.
Entonces el pibe torció la boca y soltó: “El remisero no está porque se fue a la peluquería de la esquina, yo lo vi”. La observación aterró a la empleada, que de pronto sintió la necesidad de poner en la vereda al pequeño visitante.
Fue ese el momento -cuando la operadora lo tomó del brazo y el nene hizo un rápido movimiento para librarse de ella- en que un objeto metálico, una larga y afilada faca tumbera, cayó y tintineó sobre el piso.
El pibe ya en retirada recuperó el arma y la mostró desde la calle mientras amenazaba con regresar.
Segundos más tarde, el mismo chico entró en un negocio vecino de la remisería donde dos mujeres jóvenes, embarazada una de ellas, atendían a los clientes que habitualmente llegan desde el hospital de Niños para hacer sus compras.
El chico se mezcló entre la gente y sin más empezó a llenar los bolsillos con juguetes y golosinas, pero al rápido aprovisionamiento puso fin la policía. “Los agentes lo trataban bien -refirió nuestra entrevistada-, pero le decían que devolviera lo robado y me dio lástima, les pedí que le dejaran llevar algún juguete.
“Esto -dijo después-, este estado de locura y nerviosismo vivimos todas las tardes todos los comerciantes que trabajamos frente al hospital Alassia, y no sólo por un nene armado con cuchillo, sino porque aparecen patotas formadas por chicos de siete años o un poco más.
Los pibes ya andan con cuchillos y hasta con revólver, alguna vez”.
Otras personas contaron cómo tratan de congraciarse, de ser amables con ellos, “con los chicos que vienen con olor a poxirrán” y cómo tratan de conquistarlos, de tenerlos por amigos para no llegar a situaciones límite o tan desgraciadas que no se puedan reparar, pero nada.
“Les damos facturas, les damos gorros, les damos medias, les damos juguetes, pero no: día tras día vuelven más agresivos y cada vez quieren y exigen más”, dice otro de los entrevistados.
“Mi hijo tuvo que correr a un grupo que días atrás arrebató algunas cosas de mi local”, pero, cuando él los alcanzó, ellos se volvieron y lo enfrentaron en la esquina del hospital. El muchacho se tuvo que volver porque la situación se había puesto muy peligrosa”, dijo otro.
De todos modos hay un común denominador en la queja de los entrevistados, y ése es un hogar para chicos en situación de calle y en conflicto con la ley penal, el Centro de Atención Inmediata, que funciona en calle Mendoza.
“Fuimos a reclamar al Centro, para que no permitan que los chicos anden por ahí haciendo estragos, pero es como si nada”, aseguran.
Otros recuerdan que tiempo atrás ese establecimiento fue asaltado y tiroteado por una madre que, al frente de un grupo de amigos, fue al rescate de sus hijos retenidos por la Justicia; ésa, entre otras calamidades enumeradas al voleo, como un intento de quemar el edificio ocurrido a fines de 2008.




