De la redacción de El Litoral
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Como todos aquellos que hoy comienzan 1er. grado, el primer día de escuela primaria de Agustina Araya, 5 años, iba a estar cargado de simbolismo. La acompañamos hasta su casa desde el momento en que Evangelina, su mamá, le insistía en que terminara el vaso de leche.
El ingreso a primer grado está cargado de ilusiones y emotividad. Desde hace días que Agustina mostraba a quien se arrime por la casa los cuadernos forrados y la mochila nueva. “Mi nena tenía muchas ganas de ser grande, de comenzar la escuela. Desde enero, cuando le compramos sus primeros útiles, está esperando este día”, contó su mamá.
Medio dormida todavía, a las 7.15 de la nublada y húmeda mañana, la pequeña jugaba con sus trenzas y contaba a El Litoral que ya sabe contar hasta el 20 y que en la escuela iba a aprender “los otros números que faltan”. Sabía que en el salón iba a haber nenes nuevos, pero también esperaba reencontrarse con los amiguitos del jardín. A su lado, su hermano Santiago, ya más experimentado en cuestiones escolares, la miró sorprendido cuando Agustina confesó que haría las tareas “sin hacer tanto lío” como él. En el jardín de infantes, antes de finalizar el año pasado, la ayudaron a explorar el ámbito del edificio escolar y desarmaron las mesitas colocadas en ronda para ponerlas en hilera, como en la primaria. Fue para darles a los nenes la tranquilidad de lo conocido. La conversación seguía amena pero el reloj había avanzado. Faltaban 5 minutos para llegar a la escuela antes del timbre. Toda la familia -mamá, papá Rafo y los hermanitos Santi y Máximo- marcharon al primer día de escuela.
El cambio de Agus de las manos de mamá a las de la seño Justina fue todo un gesto. Selló la confianza que se deposita en la docente y en la escuela, donde la niña pasará de ahora en más gran parte de la jornada.
Ya en los patios del colegio La Salle, todo reluce y huele a nuevo: el uniforme bien planchado, los cabellos impecables, la prolijidad de los cuadernos aún sin “orejas”, los colores nítidos de las mochilas nuevas. La ansiedad se notaba en cada estallido de risas, en cada grupo de amigos que se reencontraba. Los primeros grados formaron en el aula e ingresaron triunfales al patio donde fueron recibidos por el resto del colegio con un aplauso. Otro gesto.
Para Agustina hoy sólo es el comienzo pero lo más importante está por venir: adaptarse a nuevas relaciones, respetar reglas y empezar a incorporarse al mundo de las letras y los números.
“Instituir la vida”
“El primer día de clases hay como una mezcla de ansiedades, alegría, gratificación, deseo de reencontrarse con los pares, de alistar el material didáctico”, aporta la psicopedagoga Rubí Fiorino.
Según dice, si los niños conocen el ámbito escolar, no van a tener miedo, sí ansiedades que “tendrán que ser trabajadas por el docente, que llevará al chico con expectativas al lugar de aprendiz, que lo hará desear lo que viene a traerle. Los miedos son más de los padres que de los chicos, pero, si todo está dado, el primer día de clases se tramita bien”.
Fiorino considera que “la educación ocupa un lugar muy importante en la vida de los niños y adultos, va a tener una implicancia directa en la salud mental de los infantes. La inserción del niño al ámbito escolar debería ser un lugar donde hacer circular la palabra, sus deseos, sentimientos y pensamientos”.
“Un lugar donde los niños puedan producir conocimiento y apropiarse de los bienes culturales que la escuela debe ofrecer. Un espacio donde ellos armarán los vínculos y lazos sociales, que empiezan a constituirlos subjetivamente.
“La pedagoga Graciela Frigerio en un texto denominado “Lo que queda de la escuela’ hablaba de recuperar el sentido antiguo de la palabra “institución’, que en latín se escribe vitam instituer, que quiere decir, “instituir la vida’. Mirá en qué lugar está poniendo a la escuela”, culminó.
Acompañamos a una niña en su ingreso al colegio
Primer día escolar, primer grado

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