Por Mónica Ritacca
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Son odontólogos. Se conocen hace varios años, cuando comenzaron una gran amistad y se dieron cuenta de que compartían el mismo espíritu aventurero. Así, varias veces escalaron el Cerro Champaquí, el más alto de la provincia de Córdoba, y el Volcán Lanín, en la Patagonia. Sin embargo, llegar a la cumbre del Aconcagua, la montaña mendocina de 6.962 metros de altura donde se registran temperaturas bajo cero, fue desde siempre uno de sus mayores deseos. Y lo cumplieron.
“Hace años que estamos en el tema de las montañas. Sabíamos que en algún momento íbamos a estar en el Aconcagua, pero queríamos que sea por un fin solidario”, manifestó Alejandro Welschen, de 30 años. Y agregó: “Fue entonces que tomamos la experiencia de un amigo nuestro que se vino desde Ushuaia hasta Santa Fe en bicicleta recogiendo pañales, Ulises Luna, y se nos ocurrió juntar cepillos dentales dado a nuestra profesión de odontólogos”.
Durante varios años, estos jóvenes profesionales llevaron su propuesta a diferentes empresas. Pese a ser insistentes, ninguna de ellas les respondió favorablemente. De todas maneras, no bajaron los brazos y continuaron buscando hasta que la Facultad de Odontología de la Universidad Nacional de Rosario, donde ellos se graduaron, los contactó con Colgate, quien se comprometió a donar una cierta cantidad de cepillos por cada metro del Aconcagua subido. “Todavía no se cerró la cantidad, podrían llegar a ser 5 por cada metro. De todas maneras, por más que sea uno, son alrededor de 7.000 cepillos los que vamos a tener para repartir porque hicimos cumbre, una muy buena cantidad”, refirió Gonzalo Solá, de 33 años.
Consultados sobre el destino de los cepillos, los odontólogos dijeron que “la idea es que lleguen a lugares con poco acceso a ellos y que no estén incluidos en planes de salud bucal”. “Hogares de ancianos, de niños, en definitiva quienes los precisen, podrán tener sus cepillos”, manifestaron.
Expedición Aconcagua
El 25 de diciembre, Alejandro y Gonzalo partieron desde Santa Fe a la provincia de Mendoza. Al día siguiente, por la tarde, ya estaban en Puente del Inca, a 2.800 metros de altura.
“Para hacer cumbre hay dos cosas fundamentales: la aclimatación y la hidratación. De ahí es que permanecimos dos días en Puente del Inca, que está a 2.800 metros de altura, para después ingresar en el Parque Provincial Aconcagua, a 2.900 metros”, explicó uno de los odontólogos. Y agregó: “El primer día son aproximadamente 2 horas y media de caminata, hasta llegar al primer campamento que es Confluencia, a 3.200 metros de altura, donde te hacen una serie de controles médicos, te miden la presión, la saturación de oxígeno...”.
A 4.300 metros de altura está Plaza de Mulas, donde “comienza verdaderamente la expedición Aconcagua”. “Plaza de Mulas marca un quiebre. Está a 45 kilómetros de la civilización, o sea de Puente del Inca, y es ahí donde empieza el mayor desafío. El ascenso es lento porque es fundamental aclimatarse en cada lugar y que el cuerpo genere una mayor cantidad de glóbulos rojos para que transporten más oxígeno. La hidratación también es clave y hay que tomar entre 5 a 6 litros de agua por día, ni más ni menos. Ocurre que como uno respira más veces larga más vapor de agua y, sin darse cuenta, podría deshidratarse”, explicó Alejandro Welschen. Y agregó: “Para evitar eso, y teniendo en cuenta que se está a temperaturas bajo cero, nosotros derretíamos la nieve con un calentador a bencina y tomábamos litros de té y jugo” .
Tres "C" fundamentales
“El Aconcagua es diferente a todo. No importa que hayas ido 10 veces al Champaquí o corras todos los días durante un año. Tenés que estar muy bien de la cabeza”, manifestó Gonzalo Solá, aclarando que para hacer cumbre “hay tres C que deben estar de manera alineada: cuerpo, cabeza y clima”.
Por razones de costos, los jóvenes decidieron hacer la travesía sin guía y por la ruta más transitada. De todas maneras, aclararon que fueron con un equipo GPS electrónico, es decir un sistema de posicionamiento global, y con un sistema de comunicación VHF, más conocido como handy, que les brindó la Facultad de Odontología de Rosario. “A través del handy estábamos comunicados con ‘papalima’, nombre con el que se conoce a la policía local de montaña, con los guardiaparques y con diferentes empresas que nos pasaban el pronóstico del tiempo”, remarcaron.
"La cumbre más difícil"
Gonzalo y Alejandro llegaron juntos hasta Plaza Cólera, el último campamento antes de llegar a la cima del Aconcagua que está a 6.100 metros de altura, a tan sólo 862 metros del objetivo final.
“Llegamos a Plaza Cólera el día que se desató la tormenta donde se perdieron los italianos y el guía argentino, que estaban a muy pocos metros de nosotros. Eran más de las 15, hacía mucho frío y la tormenta era de nieve con vientos a 100 km por hora. Como pudimos, armamos la carpa y nos comunicamos con ‘papalima’, que nos dijo que los dos días siguientes iban a ser peores. Además, en el lugar había otras dos expediciones cuyos guías nos habían dicho lo mismo”, comentó Gonzalo Solá. Y agregó: “Pasamos una noche de terror. Al otro día, como pudimos, descendimos a Plaza de Mulas, o sea a los 4.300 metros. Fueron como 7 horas de caminata, donde no encontrábamos el camino porque la nieve lo había borrado. En ese trayecto, nos cruzamos con dos policías de montaña que iban al rescate de los chicos perdidos”.
Cuando las condiciones climáticas mejoraron, Gonzalo decidió no regresar. “Los motivos fueron varios. El sólo hecho de pensar en volver a subir, con la nieve que había y el frío que hacía, me quitaba fuerzas. Y para subir tenés que estar 100% seguro de que vas a resistir. Además, mis familiares estaban muy preocupados y pensé en ellos, sobre todo porque los cepillos iban a ser muchos igual”, dijo.
Alejandro, por su parte, optó por regresar y el 12 de enero, a las 13.30, llegó a la cima del Aconcagua. “Los diez minutos que estuve justifican los 18 días para ascender. Cuando llegué lo único que hice fue llorar, tal vez por desahogo, cansancio, dolor corporal, frío... Encima, en el sector de la canaleta, la recta final del Aconcagua, se me rompieron las uñas metálicas de una de las botas que sirven para prenderte al hielo. Gracias a los códigos de colaboración que existen en la montaña, unos guías me las ataron con alambre y llegué”, manifestó.
Por último, consultados sobre si volverían a repetir la experiencia que vivieron, Gonzalo Solá refirió que no. Alejandro Welschen, muy por el contrario, dijo que sí y junto a un hijo. “La emoción es increíble y no se compara con nada”, finalizó.







