En su homilía, monseñor José María Arancedo instó a trabajar por la unidad del pueblo, como fundamento de “una amistad que nos permite enriquecernos con la diversidad de sus miembros. Ni hegemonía de la unidad, ni anarquía de la diversidad -advirtió-. En esto juega un papel importante en la vida de la República la sabiduría y la magnanimidad de sus dirigentes, con su responsabilidad política y ejemplaridad social. ¡Cuánto nos cuesta a los argentinos, conjugar esta realidad de lo uno y lo diverso! Caemos fácilmente en la tentación amigo-enemigo, que nos puede dar una aparente seguridad pero que es signo de nuestra fragilidad como República”, planteó.
Sostuvo que la política, entendida como una expresión “eminente de caridad social”, reclama en un año electoral tanto al político como a toda la dirigencia “sentirnos servidores del bien común y testigos, llamados a orientar el camino de solidaridad”. Arancedo consideró “necesario valorar en estos temas el significado moral y ejemplar que tienen las virtudes del diálogo y la honestidad, como la austeridad y la magnanimidad de toda la clase dirigente, que permita recobrar la confianza en la palabra dada, junto al firme deseo de crecer en concordia y la amistad social de todos los argentinos”.
Finalmente, advirtió que “revisar actitudes y tender puentes no es signo de debilidad, sino expresión de sabiduría humana y madurez política”. Para ello, pidió a Dios “la sabiduría del diálogo y el compromiso por el bien común; un corazón generoso para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los más pobres, aborreciendo el odio y construyendo la paz”, concluyó.






