Martín Bonetto nació en Olavarría en 1975. Es fotógrafo y diseñador gráfico criado en La Plata. Ha documentado la escena del rock en sus libros “Fotorragia” (2012), “Babasónicos” (2016) y “La Pandemia en Cadena Nacional” (2021). Trabaja en medios gráficos nacionales e internacionales. Su obra ha sido expuesta en Argentina, Estados Unidos, España y México, y en 2021 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura platense. Vive en Villa Elisa junto a su mujer Agustina y sus hijos, Josefina y Joaquín.
Los hermanos Bonetto edificaron un libro-arte para estar junto a sus padres
Martín y Ana Julia publicaron un libro-objeto que reconstruye la historia de una pareja desaparecida por la dictadura cívico-militar: José Roberto Bonetto y Anna María Mobili.

Ana Julia Bonetto nació en 1976 en La Plata, donde también estudió. Se crió en Olavarría, donde se recibió. Es profesora en Artes Visuales, técnica ceramista, actriz titiritera, acompañante terapéutica y arteterapeuta. Le encanta escribir, leer, dibujar y ensayar Imperial Ruso. Vive en Buenos Aires con sus tres amores: Benicio, Tomás y Pancho.
“Hubo una vez un patio” (2026, Planeta) es el libro-casa que encontraron estos hermanos (hijos de los detenidos-desaparecidos José Roberto “Beltra” Bonetto y Anna María Mobili) para hacer confluir sus vínculos sanguíneos y recomponer una historia amputada por la dictadura cívico-militar de 1976-1983.
Cómo contar
-¿Cuándo les cayó la ficha de que estaban construyendo un libro-casa, un hogar para esos dos niños que fueron?
Ana Julia Bonetto: -Yo siempre fui muy inquieta de querer saber, buscar, encontrar. En la casa que me criaron, eran muy nostálgicos, guardaban cada fotito. Yo renegaba de eso porque de adolescente me asfixiaba. Necesitaba seguir como sigue todo el mundo. Pero de grande, uno se pone viejo. Hoy agradezco haber tenido todos esos recuerdos, papelitos, cositas y detalles hacen que hoy podamos tener este libro.
En 2019 nos cayó la ficha... A mí me gusta escribir, a Martín le gusta escribir, Mamá escribía poemas y Papá tenía una oratoria muy interesante que se notaba en sus cartas. A los cuatro nos gustaba dibujar. ¿Y si nos juntamos en un libro desde el arte? Entonces le propuse a Martín que volvamos a casa. A esa casa de 64, en La Plata, de la que fuimos arrancados.
En el libro te entra todo: la historia, la imagen, las voces, los relatos, la música (vía QR). Hay un montón de habitaciones, puertas, ventanas, donde incluso sigue entrando gente. Porque nos siguen escribiendo, nos siguen trayendo relatos, anécdotas y recuerdos. Es volver a un lugar decidiéndolo nosotros cuando fueron otros los que decidieron por nosotros.
-“Hubo una vez un patio” comienza con un poema escrito por Anna María que titula, desde el primer verso, el libro y cierra con un dibujo hecho por Ana Julia (“Libro Casa”). El principio titula, el final categoriza. ¿Cómo fue el ordenamiento del material incluido en el libro?
Martín Bonetto: -El libro tenía cierto caos. Yo iba haciendo la curaduría de lo que me parecía que estaba bueno entre las cosas que teníamos de calidad y de información. Más allá de lo que le cortaban a Julia, también lo que yo decía que tenía que ir era un montón.
AJB: -Tardamos seis años. Hubo momentos de la nada misma, momentos de conexión, hubo peleas, hubo dispersión, hubo un ir y venir, un poner y sacar. Había material de sobra. Tuvimos que buscar una forma de contar desde las imágenes y desde el texto más organizada, más clara. Yo quería poner todo porque era la primera vez que iba a tener un libro y, además, íbamos a estar los cuatro. Pero no se podía poner todo. Porque abruma, aburre, complejiza. Tiene que ser pensado para un otro que va a leer la historia y que no la conoce.
MB: -Cuando Roly (Villani) armó el texto, faltaban conexiones para poder entender quién era quién. Sentimos que Nora (Lezano) podía ayudar, sobre todo con las imágenes. Pero después se copó leyéndolo y veía cosas que nosotros no habíamos visto. O que para nosotros, que conocemos la historia desde adentro, eran obvias. Y ella decía: ¿Qué hace el tío Cholo acá con Cacho? Nora lo fue ordenando, después nos juntamos e hicimos el boceto. A Álvaro Caldelas, el diseñador, lo volvía loco a las 3 de la mañana. Así se fue armando y quedó bueno. Igual si haces un random también funciona porque cada capítulo tiene imágenes que son muy contundentes.

El cuerpo
-¿Qué sintieron en el cuerpo después de estar en el “Pozo de Banfield”, eslabón de la red represiva “Circuito Camps”, donde estuvieron detenidos sus padres? ¿Qué les quedó como postal, como huella?
AJB: -Al no haberme criado con Abuelas o Madres de Plaza de Mayo, yo siempre vi todo como una película. O una novela. Me crié con “Celeste siempre Celeste”, Verónica Castro, Grecia Colmenares... Yo idealizaba eso.
Cuando pude entrar al “Pozo de Banfield” yo ya estaba preparada para poder entenderlo y transitarlo. Fue una experiencia espantosa y hermosa, a la vez. Necesitaba estar ahí. Bajar todo lo que uno tiene en la cabeza, tocar tierra. Estar en el último lugar donde ellos estuvieron. Mirar cómo eran el calabozo, los camastros, el piso rojo que mencionaban. En cada pedacito que recorría me venía la voz de Adriana Calvo, la persona que más habla de mi papá y de mi mamá en el libro. Sentía su relato contándome: “acá dormíamos”, “acá se hizo la barricada cuando me quisieron sacar a Teresa”, “esta era La Maternidad”. No es que vas cerrando, pero tu cuerpo te pide hacer algo con las pocas cosas que tenés de ellos. Tenés lo lindo que te contaron y todo esto feo también.
-Y luego de haber publicado “Hubo una vez un patio”, ¿qué sensaciones afloran?
MB: -Ana Julia siempre fue un poco más mandada con la historia nuestra. Si bien yo siempre la tuve presente, me costó mucho más. Por eso me pone contento este libro. Lo hice cuando me tocó. Siento un alivio, pero también siento orgullo por conocerlos mucho más a mis viejos y darme cuenta de lo importante que fue lo que hicieron. Lo que hicieron fue más allá de pensar en nosotros, pensaban en algo más grande.
Me gusta cómo quedó armado el libro, súper cuidado y original. Me parece buenísimo que pueda traer a un montón de gente que no tenga nada que ver o a la que no le interese ser lectora de lo que pasó en los ‘70. Entrarles por otro lado, con una historia contada por dos que realmente la vivimos. Porque en un momento no va a quedar nadie que haya vivido esos años. Solo van a quedar los libros y lo que se cuente. Por lo menos, me deja tranquilo que nuestra historia y la historia de nuestro país están contadas, sin justificaciones insensatas ni negacionismo. Todo eso le hace honor a la causa del libro.
AJB: -El vínculo que tengo con Martín es como de primo hermano. Nosotros nos criamos separados y hay algo de ese vínculo que no se pudo reconstruir. A partir del libro estamos casi en un contacto diario que desconocíamos y del que renegábamos. Siento que, de a poco, se va derribando esa pared y nos vamos pudiendo encontrar. Pero nos encontramos como dos adultos con diferencias muy marcadas. Por suerte, hablando de casas, siempre hay una ventana, una puerta, una habitación en la que podemos entrar y juntarnos a tomar una birra, un vino, un mate o un café. Y el libro generó ese espacio.

Arte-terapia
-Para ambos, el arte ha sido, además de una manifestación estética, una terapia, una tabla de salvación. ¿Cómo se fueron acercando a las distintas disciplinas que terminaron siendo, junto a personas clave, un sostén y un refugio ante el dolor y la incertidumbre?
MB: -La sensación de la espera, de que no están, dónde están, qué pasó... Todo eso estuvo siempre adentro, aunque no era algo que yo hacía pensando sino que me salía por todos lados: por la fotografía, por la pintura, por escribir, por donde podía. Sin estar pensando en que soy hijo de desaparecidos. Yo creía que estaba alejado porque no hice nada por mi viejo ni averigüé, pero por otro lado hacía cosas, como la pirámide.
Nunca me metí de lleno en hacer ni aprender música porque la toco de oído y las letras que hago hay de todo tipo, pero hubo un par que me salieron con la temática. Así armé un tema con bandas platenses de amigos (Crema del Cielo, La Selva de Miguel, Norma y Tano Caccavo) a partir del informe forense de mi viejo. Después tengo tres temas que había hecho una noche así, todo punky. Estuvo buenísimo que se pueda poner la parte musical en el libro. Y en algún momento quiero meterle realidad aumentada, como un libro vivo.
AJB: -La terapia es fundamental. Arranqué a los 16 y no paré. Tuve interrupciones, pero no concibo la vida sin esos apoyos. Tampoco sin la ayuda de los amigos de la primaria y el secundario, hasta la maternidad. Mi prima Lula estuvo siempre: ella filmó mi casamiento, me acompañó a la primera entrevista con Adriana Calvo y estuvo hasta cuando fuimos a buscar los restos de papá. Hicimos el secundario juntas y no nos separamos más.
Los amigos ven cómo te va atravesando, cómo te va destruyendo y doblegando en un momento, fortaleciendo en otro, cómo te va pasando de todo a medida que vos vas creciendo y vas superando la edad de ellos. Yo después de los 34 empecé a crecer y no paro más. Vos ves la fotito de ellos y están ahí, congelados. Preciosos en esa edad. Todo el tiempo, eso se va modificando y lo que me acompañó siempre fue el arte, el dibujo, la escritura. En diferentes épocas tuve más acercamiento a una forma que a otra. Me gusta muchísimo escribir, pero también actuar y las artes visuales. Hice la carrera de títeres, muchos años de cerámica... Es una necesidad constante de estar contando. Y, por supuesto, cuando raspás un poco, siempre voy a lo mismo: estoy hablando de la que me crió, de mis viejos que no están, o de una nostalgia, un vacío, una ausencia.
En relatos que parecen cómicos, hay un momento en que te doy un hachazo porque es lo que siento yo. Soy muy optimista, pero detrás mío hay hacha, hacha y hacha. Y no concibo no estar cerca de escribir, de leer, de dibujar, de pintar. Es la forma universal de diálogo con nosotros. Si vas a un jardín con un títere o vas al secundario y empezás a rapear, entrás como piña. A veces, yo no me doy cuenta pero me gusta tanto jugar con las palabras que los alumnos me dicen “Profe, estás rapeando”. Tener a mano el juego o la música,es la mejor forma de encontrarte con el otro, de entrar a su universo y que el otro entre al tuyo. La docencia para mí es un juego. Trato de que sea un espacio de taller, de total libertad y de expresión.
-¿Y el humor?
MB -Todo el tiempo, la gente se queja de que no puedo hablar en serio. Y capaz que es para hacerme el boludo no terminar dando a conocer nada. Me pasa también en algunas discusiones en mi casa. Qué sé yo... es mi manera de afrontar la vida haciéndome el gracioso, el boludo.
AJB: -Yo soy muy irónica, estoy con el humor negro. No es que me chupe un huevo todo, pero siempre estoy como buscándole la otra parte. Conectás al toque desde ahí, hasta con el horror. Cuando leés o escuchás testimonios de detenidos en centros clandestinos, marcaban la importancia del humor en esos momentos más horrorosos. A los torturadores les enfurecía escuchar que estaban desafiando toda esa mierda, esa mugre, esa violencia. La risa es también algo ganado, decidido y puesto ahí a pesar de todo. El humor tiene que estar bajo cualquier circunstancia porque justamente es con el otro, es la mano que soltás y que te agarra el otro.

Transmisión
-El libro termina siendo, a la vez, una memorabilia de voces cercanas a Anna María y Roberto, voces que estaban a punto de apagarse...
AJB: -El testimonio más importante fue el de mi tía Ale (Mobili, hermana de Anna María). Kela (hermana de Roberto), la que me crió a mí, murió en el año 2014. Ella era una bitácora impresionante de memoria, de historia. Hizo un trabajo de archivo sin saberlo: tenía recortes, todo aclarado con birome: qué era, de qué se trataba, para quién era, por qué era importante. Kela me llenó de paisajes y de sensaciones. Yo digo que el libro es para conocer la historia de Anna y Roberto, pero sobre todo es un homenaje a estas dos viejas, a Kela y a María (madre de Roberto). Atravesadas por el dolor por la desaparición de un hijo, ellas tuvieron que cargar al hombro mi crianza y todo lo que conlleva ser familiares de desaparecidos en un pueblo.
Hubo personajes que fueron claves en nuestra vida que hoy ya no están, como el Flaco Godoy. Fue ese puente que muchas veces llevaba y traía a Martín de La Plata a Olavarría. Era uno de los mejores amigos de mi papá. Se iba a ver a mi abuela, a mi tía y a mí, me llevaba todo el tiempo juguetes, regalos. Estuvo cerca todo el tiempo. Pienso también que es importante que este libro nazca ahora.
-¿Por qué?
AJB: -Hace poco estuve en Pigüé, cerca de Bahía Blanca. Fuimos a presentar el libro a unas escuelas primarias y secundarias. Lo bueno del libro es que tiene entradas para diferentes edades: cuentos, relatos más naifs, testimonios duros. Quise transmitirles la importancia de escuchar los relatos de los mayores, el relato del otro. Más allá de un relato histórico o teórico, es importante conocer la propia historia. También te das cuenta que hay varios lugares en los que no se sabe todavía en profundidad acerca del tema o se contó de una forma errónea. Uno cree que ya no pasa, pero sigue pasando en muchísimos lugares. Pasaron cincuenta años pero todo sigue vigente. Se avanzó en muchas cuestiones, pero hay tantas otras por continuar. La forma es esta: encontrándose con los otros, escuchándolos primero. Los chicos tienen tanto para contar y preguntar. Hay un montón de necesidades, de ganas, de preguntas y de ahí se va surgiendo. Si no, es muy difícil.
Convengamos que no abundan las narraciones de las infancias. Y en cada casa donde iban a secuestrar había un niño, una niña o varios. Siempre se toma en cuenta qué pasó con los cuerpos de los desaparecidos. Pero, ¿qué pasó con nuestros cuerpos también? ¿Qué nos hicieron? ¿Cómo estábamos nosotros? Eso nos quedó impregnado. Y ahora también se lo está tomando en cuenta en los juicios, en los testimonios y en las reparaciones. Porque en ese momento pasó de todo. También pasaron los pibes que estaban afuera mirando, los vecinos. Nos pasó a todos.

Run run
El que sigue es un relato improvisado por Martín. Él no sabe que terminará tomando esta forma lo que dijo hace un rato y que luego fue desgrabado. Digamos que el combustible de la cultura rock (menciones cruzadas a Calamaro, Dárgelos y Moretti, intertextos de Guasones, la dedicatoria a “La izquierda de la noche”) habilitó el texto en cuestión. Originalmente estaba incluido en el libro, en la parte final, pero “ya era mucho de los Baba”, cuenta riendo MB. Un texto que nos hemos tomado el atrevimiento de editar levemente:
“La canción dice: ‘He llegado hasta aquí’. Creo que es la letra de ‘Run run’, de Babasónicos. No, dice así: ‘Solo he venido hasta aquí / a enmendar mis errores’. Se me puso la piel de gallina. El libro era eso. El error que siento por no haber estado presente con la historia. O haber estado presente de otra manera. Yo no iba a las marchas, no me gustaba militar. Me fui de HIJOS cuando empezaron a estar comprometidos con otras historias políticas. ‘Solo he venido hasta aquí a enmendar mis errores’. Eso”.








